Se volvió hacia el puente. El muslo se le trabó en una soga tensa y se trastabilló. De no ser por los refugiados que lo rodeaban, se habría caído al suelo.
Se percató de que había tropezado con la cuerda que enlazaba a una madre y su hijo que avanzaban en dirección contraria, hacia Birmania.
– ¡Cuidado! -dijo el niño. Su voz resonó en el aire; una vibrante nota de ferocidad en mitad de aquel silencio fantasmal.
Li Ang le miró a los ojos. Era un niño enjuto y pequeño para los diez años que debía de tener, con una cara huesuda y triangular y unos ojos perspicaces. Llevaba el pelo corto y se le veía el cuero cabelludo, de color verdoso. Su fatigada madre tenía un pañuelo rosa en la cabeza. Li Ang reparó en sus bolsas vacías y cayó en la cuenta de que debían de cruzar el río todos los días, para venderles mercancías a las hordas de refugiados que ya habían llegado a la otra orilla, tras lo cual regresarían a este lado sólo para cruzar nuevamente con más productos, siempre atados por la cintura para no extraviarse entre la multitud.
– ¿Qué pasa? -dijo Mao a su espalda-. No se detenga.
Li Ang se hizo a un lado para dejar pasar a la madre y al hijo.
– Por aquí -gritó Mao, señalando a la derecha, donde la multitud había formado un remolino.
Li Ang se abrió paso a empujones hacia el pequeño espacio vacío.
– Tenemos que volarlo -gritó Mao. Escupió y aguardó a que Li Ang respondiese-. Hay que esperar a que llegue el enemigo, tal vez incluso mientras lo cruzan, y dinamitarlo; que salte por los aires.
– Pero seguirá abarrotado de civiles -dijo Li Ang.
– ¿Qué se cree, que podemos invitarlos a que crucen ellos primero? Que llamen a Chang.
Chang era muy poquita cosa -Li Ang apenas lo veía acercarse entre la muchedumbre- pero muy espabilado y se le daban bien las armas y los explosivos. Mandó a sus hombres que colocasen cargas de dinamita en el puente y que instalasen el detonador en el puesto de control del lado chino.
Fue pasando el tiempo. La multitud avanzaba premiosamente, callada y ansiosa. Vio cómo los hombres de Chang colgaban la dinamita de los pilones desde la orilla birmana. Una vez terminada la faena, treparon hasta el puente. Ellos dos -Li Ang y Mao- fueron los últimos de su grupo en cruzar el río.
Sano y salvo en la orilla china, Li Ang oyó el remoto eco de la artillería. Desde el puesto de control, de pie junto a Chang, contempló los desfiladeros bañados de sol y, más abajo, el río oscuro que discurría entre las sombras. No lograba quitarse de la cabeza al chiquillo y a su madre. Los labios finos del niño, la barbilla puntiaguda y las orejas grandes le habían resultado extrañamente familiares: se parecía a su hermano cuando tenía esa edad.
– Eh -dijo Chang-, mira aquel fulano de allí.
– ¿Qué fulano?
Li Ang le cogió los prismáticos.
– Aquél, el del blusón azul.
Li Ang buscó entre la multitud. De pronto lo vio: un hombre menudo que cruzaba el puente. Se figuró que habían sido esos andares los que habían puesto en alerta a Chang. Bajo aquella indumentaria de campesino, reconoció el ritmo rígido e implacable del enemigo.
– Japoneses vestidos de campesinos -dijo Chang-. Están cruzando. Ya están aquí.
Y sin decir ni media palabra más, hundió la palanca hasta el fondo. Más tarde, Li Ang recordaría una especie de pausa -un instante en el que no sucedió nada- y luego una súbita explosión. Por un momento el puente pareció flotar ingrávido en el aire. Entonces la sección intermedia se combó -la estructura de madera se tambaleó, se rompió, cayó hacia un lado- y un millar de gritos les taladró los oídos. A través de los prismáticos de Chang, Li Ang vio al hombre vestido de azul dar un último paso rígido, inclinarse hacia delante, caer de rodillas y resbalar al vacío. Alrededor de él, hombres y mujeres se precipitaban braceando frenéticamente, unos de cabeza, otros en las más extrañas posturas. Una mujer con una blusa añil que colgaba aferrada a un madero resbaladizo, dejó caer su hatillo -un bebé- y saltó al agua tras él.
Más próxima a la orilla china, cerca ya de la salvación, la pequeña figura de la mujer del pañuelo rosa en la cabeza se escurrió, cayó hacia atrás y quedó suspendida sobre el precipicio. Su bolsa, esta vez repleta y enganchada a los hombros y a la cintura, la arrastraba hacia abajo. Pero estaba amarrada a algo que continuaba en el puente: otra figura que forcejeaba asida del pasamanos de madera. Entonces, lentamente, bajo la atenta mirada de Li Ang, la mano del hijo se soltó. El chiquillo resbaló y se precipitó detrás de la madre.
En el lado chino, la gente salía en tropel de la carretera. Resonaban los gritos de los pisoteados, de los extraviados.
Li Ang se quedó donde estaba. Era uno de los pocos que habían gozado de la protección de saber lo que iba a ocurrir. Ese hecho le remordía la conciencia y no le dejaba dar un solo paso. Se hizo cargo de que no era un tipo con suerte ni mucho menos. Jamás lo había sido. Llegaría a viejo y recordaría hasta el último de sus actos.
Más tarde, uno de los soldados recogió un perro abandonado y se negó a soltarlo. Lo alimentaba con trocitos de comida, le daba de beber valiosa agua, lo mimaba. Li Ang y Pu Sijian comentaban en privado si el general Kwang no haría mejor en deshacerse del perro. Eran veintiocho supervivientes, incluyendo cuatro heridos, y todos ellos padecían diversos grados de agotamiento, pánico y fiebres palúdicas. Se habían despojado de todo menos lo imprescindible. ¿Cómo podían estar desperdiciando valiosa comida en un perro?
Las carreteras eran atroces. Por todas partes veía Li Ang el detritus de un imperio: aguamaniles, ropas, jaulas que todavía tenían dentro cacatúas y loros muertos. Marmitas vacías. Un oso de peluche tirado boca abajo en el polvo. Vendas manchadas de sangre. Polvo. Carcasas de vehículos abandonados que yacían como fósiles en la carretera, incendiados por otros que habían pasado por allí antes que ellos y que trataban de impedir que les diese alcance el enemigo. Los japoneses les seguían los pasos a un ritmo, según dijo alguien, de más de treinta kilómetros al día. Li Ang y Pu Sijian estaban a cargo de la vigilancia de retaguardia y del cuidado de los rezagados. Dos de los heridos murieron a los pocos días. Los otros dos aguantaban renqueantes. Li Ang tenía que desandar el camino constantemente para llevarlos junto al grupo. Le faltaba valor para dejarlos atrás. Pero la abulia, el miedo y la desilusión le fueron bajando los humos. Sin saber cómo, se hizo un corte en el pie izquierdo. Tenía los dedos enrojecidos e hinchados, y no podía doblarlos.
A Mao lo había aplastado el tropel que huía del puente en estampida. Pu Sijian estaba demacrado y tiritaba a causa de la malaria. Al general Kwang lo picó una serpiente. Li Ang era el único oficial lo bastante sano como para ocupar su lugar. Luchó denodadamente para no perder los hombres que le quedaban, pero casi todas las mañanas alguien amanecía muerto o había desaparecido. Algunos morían de un catarro, arropados con harapos a pesar del buen tiempo. Otros se internaban en la selva en busca de privacidad y terminaban dándose por vencidos en medio de los árboles empapados, de los monos y los elefantes, de las moscas, los mosquitos, las hormigas y las termitas. Sucumbían a sus heridas tumefactas, rezumantes y purulentas, a la sarna, a la disentería y al beriberi. Una noche desapareció el que cuidaba del perro. Otro soldado le pegó un tiro al animal y lo asó a la brasa.