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Li Ang tenía el pie surcado de vetas rojas. Iba escudriñando los cadáveres al pasar, por si veía una bota más grande. A todo esto, Pu Sijian se hundía cada vez más en la fiebre. Se desplomaba y se quedaba tirado con la Biblia metida en el bolsillo de la guerrera y las huesudas manos tiritando a causa del delirio. Antes de que la fiebre le hurtase el raciocinio, le recordó a Li Ang que cuidase de su esposa e hijo, y éste le prometió que así lo haría. Trató de mantener a su amigo con vida, turnándose con los doce hombres que quedaban para transportarlo en unas parihuelas improvisadas con bambú y trapos. La fiebre le trabucaba los huesos y lo agitaba con tanta violencia que las varas de bambú de las parihuelas vibraban en las manos de los porteadores.

En sus últimos días, la marea del delirio inundó la ordenada mente de Pu Sijian. Creía que lo habían capturado y que era el enemigo quien lo acarreaba. Creía que pronto lo rescatarían a cambio de un avión. Dejó de citar pasajes de la Biblia y empezó a gritarle a Li Ang que lo rescatase, bregando desesperadamente con sus captores. Sin embargo, llegó un momento en que esas fuerzas maníacas lo abandonaron. Se consumió hasta los huesos y quedó hecho un guiñapo en el camastro.

– ¡Li Ang! -gritó con voz ronca y angustiada.

– Estoy aquí.

Pu no dio señales de haberle oído.

– ¡Li Ang! ¡Ven conmigo!

Entonces lo estremeció un último y vasto escalofrío, y se fue.

A Li Ang lo llevaron a un hospital de Kunming donde no conocía a nadie. Le amputaron cuatro dedos del pie y las enfermeras lo trataban como si le hubiesen extirpado los testículos, canturreándole cancioncillas ñoñas mientras le acercaban las gachas a la boca y le daban la vuelta en el catre. Su amigo estaba muerto; su hermano, perdido. No podía dormir. Los dedos que le faltaban le dolían, luego le picaban, luego le volvían a doler. Aunque le daban quinina, la malaria persistía, y flotaba en la cama como una hoja en el agua, fluctuando alrededor de un surtidor de imágenes. Vio la cara de un niño que lloraba. Una mujer con el pelo todo alborotado dando de mamar a un bebé. Una madre y su hijo, unidos por una cuerda, cayéndose de un puente.

– ¡Li Ang!

Era Hu Mudan. Su rostro menudo flotaba ante sus ojos.

– Vete -le dijo.

– ¡Li Ang! Sé que estás despierto.

– Déjame en paz. Estoy tomando quinina.

– Escúchame, tonto.

No le caía bien a esa mujer. Desde el primer día.

– ¿Me oyes, Li Ang? Cuando vuelvas a Chongking tienes que ir a ver a Yinan.

El torbellino cesó al oír ese nombre.

– Yinan -dijo él.

– Es importante.

– No puedo -dijo-. Hicimos un pacto.

Por fin se marchó la mujer. No volvió más, y Li Ang lamentó haber deseado que se fuera.

Los pies le dolían y le picaban. La fiebre le subía y le bajaba, dejándolo mareado y con los ojos vidriosos por la extenuación. Mil ecos resonaban en su mente. Todas las noches soñaba. Estaba con Li Bing en el puente. Alrededor de ellos, el mundo se hacía pedazos. Entonces el puente se resquebrajaba entre ambos y Li Bing desaparecía sin dejar rastro.

Junan fue a verlo al hospital. Le puso una fotografía enmarcada de sus hijas junto al cabecero. Se negaba a llevarle el periódico, pero le leía poesía y novelas de kungfu. Siempre que le volvía la fiebre, se la encontraba sentada a su lado, fuerte y serena, enjugándole la frente con un paño húmedo.

Una tarde trató de explicárselo.

– Es como si me faltase algo.

– El pie se te curará enseguida. Te pondrán una almohadilla en el zapato y podrás caminar con toda normalidad.

No volvió a mencionarlo.

El viento de la historia le pasó por encima. El general estadounidense Joseph Stilwell asumió el mando de los regimientos que habían logrado escapar a la India. Allí, él y el general Sun planeaban una nueva ofensiva para romper el cerco japonés desde el oeste y coger al enemigo por sorpresa. A todo esto, el ejército nipón se acercaba por el este. Una vez más, contaban con tanques, artillería y bastimentos. La infantería china no tenía vehículos, sólo un batiburrillo de armas de antigüedad y procedencia indefinidas. Cada soldado marchaba con una ración de arroz colgada del cuello. Los trenes iban llenos hasta los topes de refugiados que viajaban agarrados hasta del quitapiedras y dormían encima de los vagones. Cuando Guilin cayó en poder del enemigo, las puertas de los edificios vacíos, tabicadas con tablones, aparecieron empapeladas con carteles rojos y negros que llamaban a la resistencia.

Li Ang se encontraba entrenando tropas en Kunming cuando los estadounidenses bombardearon Hiroshima y Nagasaki. Tras la rendición japonesa, lo ascendieron a general y lo recompensaron por su extraordinario valor. Pero no tuvo mucho tiempo para celebrarlo. La derrota de los japoneses dio paso a una nueva guerra. A Li Bing y a sus camaradas les había ido bien en el campo y el país estaba a punto de caer en manos de los comunistas. Li Ang recibió órdenes de entrenar a soldados del ejército nacionalista. Procurarían mantener el control del país el máximo tiempo posible. Pero la probabilidad de la derrota, de la huida, se hizo inevitable. En la primavera de 1948, Li Ang fue trasladado «temporalmente» a Taiwán. Hasta allí le llegaron con regularidad mensajes de Junan y a veces de sus hijas. De Yinan o de su hermano, ni una palabra.

Fue durante su estancia en Shanghai cuando cobró plena conciencia de que le faltaba algo. Esta evidencia no se debió a ninguna crisis. Se trató más bien de un período de calma durante el cual el mundo se volvió diáfano y ligero, y sus percepciones paulatinamente más lúcidas. Se percató, una vez más, de su singular dilema. No echaba de menos su antigua convicción de que saldría ileso de este mundo. Ésa la había perdido junto con su paso firme y su vigor irreflexivo. Eran dones que nunca le habían pertenecido. Lo que le habían hurtado era otra cosa, algo más esencial.

Siempre que evocaba Chongking, con su calor y sus escaleras empinadas y atiborradas de gente, con sus calles y sus casas, destruidas con la misma rapidez con que habían sido levantadas, esos recuerdos se le hacían más vívidos y precisos que el mundo exterior. En esa época había estado presente, vivo, en posesión de un entendimiento que ahora se le ocultaba. Se pasaba el día y la noche acordándose de Chongking; sus recuerdos eran como una enfermedad que sumía en un mundo de ensueño cuanto le rodeaba.

Ella le había dicho que lo amaba. Supo que lo decía de corazón, pero aquella actitud alerta, aquel candor lo habían desconcertado. Una vez hecha semejante declaración, ya no había forma de ignorar lo ocurrido.

«No podemos volver a vernos», le dijo, y él no fue tras ella; su alma, en cambio, sí que la siguió, en cierto modo por lealtad a un vínculo que él no había identificado. No sabía a ciencia cierta cuándo había empezado a obsesionarse por ella. Lo que ocurría, sencillamente, era que, con el paso de los años, había terminado por contemplar el período posterior a su aventura con Wang Yinan -la época en que se marchó de Chongking rumbo al frente y todo lo que aconteció después- como una especie de secuela. Nada de lo sucedido aquellos años le merecía el menor interés, ni siquiera el ascenso a general. Sólo le importaba un período concreto: los meses que Yinan y él habían pasado juntos en Chongking.

Escribió a Junan preguntándole si había tenido noticias de su hermana. Era lo más que se atrevía a hacer. Recibía respuestas desenfadadas y repletas de noticias -de la casa, de sus dos hijas, de la viuda de Pu- pero ni la menor mención de Yinan. No había habido reconciliación.