Lo más probable era que Yinan hubiese encontrado a otro. Esperaba que así fuese. Con todo, tenía sus dudas, que eran como un dolor fantasma. Volvía a ser de nuevo un niño, con la marca orgullosa de sus leves cicatrices y las miras puestas en sacarse un dinero fácil en una timba de paigao en casa de un mercader del barrio. Era un joven en su noche de bodas, con una confianza a prueba de balas y grandes ilusiones, que atisbaba por las ventanas con el corazón desbocado. En la habitación contigua lo esperaba su destino ataviado con un rutilante traje de novia. En cambio, se quedó mirando por la ventana a una niña vestida con un pijama del color de las polillas.
Ella le había arrebatado algo. Tenía en sus manos un trozo de su deseo. Y sin eso, era un inválido.
Junan escribió avisándole de que pronto se reunirían con él en Taiwán. De tan flemática misiva dedujo que la situación en Shanghai se había agravado. La ciudad no tardaría en caer en poder del enemigo. Por fin estarían juntos, decía Junan.
Bebió más de la cuenta para celebrar el Año Nuevo Lunar. Se quedó tumbado en su cuarto, desorientado, escuchando la algarabía de la calle, unos jóvenes de parranda. Puede que fuesen sus propios soldados, que quizá no se imaginaban que los habían arrancado de sus hogares para siempre y que ya habían emprendido una vida de emigrantes.
– ¡Li Ang! ¡Li Ang!
El rostro de Hu Mudan volvía, una vez más, a flotar ante sus ojos.
– ¿Qué pasa?
– Vamos, borracho idiota, debes darte prisa. Todavía tienes oportunidad de encontrarla.
– Yinan está en el continente. Muy lejos.
– Sabes que los tuyos perderán el país. Como no vayas a verla ahora, los comunistas te cerrarán el paso.
Hu Mudan había envejecido en los últimos años. Sus pequeños ojos almendrados se le habían hundido y tenía arrugas más profundas en las comisuras. El tiempo la había desgastado, como habría de desgastarlos a todos.
La semana siguiente cogió un avión a Shanghai. Un estadounidense que había conocido en Kunming, piloto de las viejas líneas aéreas nacionales, iba a sacar del país a unos amigos. Li Ang lo arregló todo para volar con él. No se lo contaría a Junan. Tenía previsto enviar un telegrama a la iglesia metodista de Hangzhou. Luego, cogería el tren a Hangzhou y, una vez allí, iría a la iglesia y preguntaría por la americana. Ella conocería el paradero de Yinan. No ensayó lo que iba a decirle cuando la viese. Ni siquiera tenía claro el propósito de la visita. Quería verla, eso era todo, y esta necesidad reemplazaba cualquier cosa que pudiera decir.
El avión se aproximó al Yang-Tsé, siguiendo el ancho delta que se adentra en el continente. Li Ang divisó las huestes del Octavo Ejército Comunista. Había miles de soldados concentrados en la orilla norte, a la espera. Eran tantos que ennegrecían la tierra. En el propio río había reunidas unas pocas docenas de juncos y gabarras. Al sur del río no vio nada.
Mientras veía congregarse al ejército que habría de tomar la ciudad, le vino a la memoria la historia, oída años atrás, de Wu Shao, el niño que le había robado el almuerzo a Wang Baoding en el colegio. Recordó la imagen de Baoding inclinado hacia él, con aquella cara de amargado veteada de manchas vinosas, los ojos alargados y astutos, y los labios descoloridos. «Era un niño sin una familia como Dios manda, sin educación, sin ninguna posesión, sin dinero…» Ahora Li Ang cayó en la cuenta de que Baoding se estaba refiriendo a él. Qué pensaría Baoding si lo viese ahora, se preguntó. Pero Baoding llevaba mucho tiempo desaparecido, muerto o desterrado por los mismos japoneses cuya importancia había minimizado.
Sintió un dolor punzante en el pie. Había sufrido lesiones en los vasos sanguíneos y cuando llevaba un rato sentado sin moverse, le dolía. Sentía un hormigueo en los dedos amputados y tenía ganas de restregárselos, de rascárselos. El aire estaba enrarecido; le temblaban los párpados; se quedó dormido. Volvió a ver, esta vez desde lo alto, la mesa del banquete. Vio a su hermano, que observaba atentamente. «¿Sabes, jovencito, lo que más me llama la atención de las componendas que se trae tu ejército con el Partido Comunista? Que no parecéis daros cuenta de que en cuanto cese la amenaza japonesa, los comunistas no dudarán en apuñalaros por la espalda.»
Y entonces se alejaba de la boda. O igual es que sus pensamientos sencillamente lo abandonaban y se internaban por una senda vagarosa que la malaria había desbrozado. Hacia el norte, la infantería comunista seguía formando en grupos bien disciplinados y los juncos y gabarras se congregaban en el río. Más cerca de Shanghai, el terreno, abancalado a conciencia, albergaba verdes y exuberantes arrozales. Vio filas de campesinos vestidos con harapos azules y pardos que cavaban trincheras y levantaban empalizadas de bambú en torno a la ciudad. Dentro de la ciudad, vio almacenes y embajadas, islotes sitiados en medio del caos. Vio el humo de las pequeñas lumbres de carbón con que la gente se calentaba las manos y bancos asediados por muchedumbres que pedían oro a gritos.
El peligro de todo eso radicaba en que a uno le hacía pensar. Mientras miraba desde las alturas, Li Ang se asombró del derrotero que había seguido su vida. Si se hubiese quedado en la comarca donde nació, ¿se habría unido a los nacionalistas? ¿O estaría en el otro lado, apiñado al norte del río, esperando a irrumpir en la ciudad como una exhalación y tomarla para entregársela a las gentes del campo que la alimentaban? Recordó a su hermano apretujado contra el muro de la residencia de estudiantes, la curva de su oreja, la forma de la cabeza apenas visible en la luz del amanecer.
Horas después, ya en tierra, Shanghai desfilaba ante sus ojos como una sucesión de vívidos fogonazos, trágicos y absurdos, mitad conocidos, mitad extraños. Vio una joven esbelta, vestida con unos pantalones viejos y una blusa suelta, que le resultó familiar. Se fue hacia ella corriendo pero cuando la chica se dio la vuelta, vio la cara de una desconocida.
– ¿Tiene algo para vender? -le ladró.
Li Ang le cambió una moneda de oro por un buen fajo de dólares suaves como el jabón. Los habían lavado y planchado para que valiesen más al cambio. Pasó por delante de una pequeña papelería y entró. El consabido olor a papel y tinta hizo que le temblasen las manos.
– ¿Dónde puedo mandar un telegrama?
El tendero se limitó a fruncir el ceño; tal vez hablase otro dialecto.
Salió de la tienda y de nuevo se echó a deambular por las calles. La ciudad rezumaba malestar: gente destrozada, caras destrozadas. Se planteó qué hacer a continuación.
Fue entonces cuando le pareció oír que alguien lo llamaba por su nombre.
– ¡Li Ang! ¡Li Ang!
Sintió un escalofrío y apretó el paso.
– ¡Li Ang!
Más cerca. Li Ang se dio la vuelta muy despacio.
Un hombre menudo y de mediana edad llegó corriendo hacia él, haciendo caso omiso de semáforos y de los demás peatones. No era un militar: el gesto ansioso y la actitud abierta lo delataban. Cogió a Li Ang de la mano.
– Chen Da-Huan -dijo-. Soy yo, Chen Da-Huan, de Hangzhou, hace mucho, antes de la ocupación. No me extraña que no te acuerdes de mí. Han pasado más de diez años.
Poco a poco, el nombre ascendió a través de los estratos de los años transcurridos. Los Chen habían sido vecinos de la familia de Junan en Hangzhou. El padre, el viejo Chen, había estado presente en aquella partida de paigao y fue el testigo de su boda. Ahora que tenía a Chen Da-Huan delante, visualizó al viejo, un hombre bajito enfundado en un traje cruzado inglés perfectamente planchado, que exhibía los palillos al llevarse un huevo de paloma a la boca.
– Chen Da-Huan -dijo Li Ang.
– Han pasado muchas cosas. Oí que te habían herido. Tienes aspecto de haber sufrido lo tuyo. Pero sigues sano, con vida.
– Me manejo bastante bien.
– Pues teniendo en cuenta lo que oído, eso significa que eres un tipo con suerte.