Li Ang asintió con la vista fija en Chen. Él también había sufrido: no había más que ver aquellos ojos avejentados prematuramente, parecidos a los de los soldados, aunque sin el hastío vital que aflige a quien ha presenciado, cuando no causado, una muerte violenta.
Chen seguía hablando en el dialecto de Hangzhou que le resultaba tan familiar…
– … hermano y yo fuimos a la universidad de Lianda. Después, durante la guerra, pude finalmente mandar a buscar a Yang Qingwei y casarme con ella en Kunming.
Sí, Li Ang lo recordaba: Chen Da-Huan se había enamorado de una amiga de Junan llamada Yang Qingwei, de la cual había tenido que separarse a raíz de la ocupación.
– Celebro oírlo -dijo-. ¿Qué estás haciendo en Shanghai?
– Hemos venido a ver a un especialista. -Hizo una pausa-. Está embarazada. Pero ha sufrido una recaída de la tuberculosis. Me temo que se va a morir.
Li Ang meneó la cabeza. Apenas recordaba a Yang Qingwei, una niña dulce de sonrisa nostálgica. Nunca habría imaginado que pudiese sobrevivir a la ocupación, al viaje hasta Kunming y a la guerra.
– Me sorprende verte aquí. Me habían dicho que estabas en Taiwán -dijo Chen Da-Huan.
– He vuelto… por poco tiempo.
– Vaya momento más extraño para volver, amigo mío.
– Es por trabajo -dijo Li Ang.
Chen Da-Huan asintió con la cabeza. Parecía extenuado, con aquella cara gris y la mirada atormentada.
– ¿Cuánto llevas viajando? -preguntó Li Ang-. Deberías descansar.
Chen Da-Huan sacudió la cabeza.
– Tengo una cita. Voy a visitar a una persona… a ver si saco un dinero para ayudar a Qingwei.
– ¿Quién es?
– Un hombre influyente. Estoy tratando de comprar oro al precio oficial para venderlo en el mercado negro. Estos años, con tantos problemas, terminamos perdiendo la casa de Hangzhou y la que teníamos en el campo. La de Shanghai la vendimos al terminar la guerra. La habían saqueado y ya no podíamos mantenerla. Además, los precios estaban bajos… y no paraban de caer. Teníamos unas fincas al norte, en el campo. Pero los campesinos… -Paró de hablar-. Se avecinan tinieblas, unas tinieblas que jamás me habría imaginado. Ya no somos nadie, no tenemos nada. Pronto estaremos perdidos. Y Qingwei… Ha empezado a toser sangre… Algún médico hay -a uno lo he conocido aquí- que todavía podría servirnos de ayuda. Pero con esta inflación… Cuando salimos hacia aquí tenía cuatro millones de yuanes. Pensaba que con eso nos llegaría hasta Hong Kong. Pero durante el viaje los precios no han hecho más que subir… -Se calló y miró a otro lado-. No tengo bastante -dijo-. Hemos llegado hasta Shanghai. La he llevado al especialista y me ha dicho que sólo pueden salvarla en Hong Kong.
Li Ang pensó en el dinero que llevaba encima. Le habían advertido de la inflación y, en previsión de contratiempos, se había traído una cartera de más llena de monedas de oro. Desde que se casó, apenas si había vuelto a pensar en Chen Da-Huan. Pero la historia de aquel hombre -su lealtad, su amor constante, lo unidos que habían estado y, ahora, la muerte de ella- se le había hecho real gracias a su relato. Echó mano a la bolsa y sacó las monedas.
– Por favor -dijo-. Ten.
– No puedo aceptarlo.
– Mi suegro era buen amigo de tu padre. Seguro que habría querido que hiciese esto.
Quería que Chen se fuese. Le tendió la cartera, se la metió entre las manos. ¿Sería bastante? Se sacó la pitillera de oro, la del monograma, la abrió, la vació de cigarrillos y se los guardó en el bolsillo. Le tendió la pitillera.
– Li Ang, esto ya es demasiado.
– Los cigarrillos no, que cuestan muchísimo. Guárdate la pitillera y espera una buena ocasión para cambiarla por algo. Ahora he de irme. Por favor. Tengo que irme. -Tragó saliva-. Ya me contarás cómo ha ido todo.
Chen Da-Huan asintió con la cabeza. Le brillaban los ojos con un fulgor desolado.
– Cuídate -dijo Li Ang.
– Sí, sí. -Aturdido, hizo una reverencia-. Algún día mi familia te lo agradecerá de algún modo. Te estaremos eternamente agradecidos.
Se quedó quieto en la acera, agarrando el oro y mirando cómo Li Ang se alejaba a toda prisa.
Se percató de que trataba de no forzar el pie malo. ¿Conseguiría llegar a Hangzhou? Tenía que mandarle dinero a Yinan y decirle que se marchase. Había hecho bien en darle el monedero a Chen, pero si quería ayudar a Yinan, más le valía conservar el oro que le quedaba.
Tenía sed. Se sentía fuera de su ambiente en Shanghai, sobre todo en esa parte nueva de la ciudad. Un olor intenso a agua salada y una brisa fuerte le indicaron que se aproximaba a los muelles y atarazanas. Alguien le dijo que cerca de un salón de té había un telégrafo. Pero luego, preguntase a quien preguntase, todo el mundo lo miraba de arriba abajo y le decían no saber nada de ese salón de té. Nadie había oído hablar de él. Al cabo de unos minutos empezó a sospechar que había entendido mal las indicaciones del primer hombre. Finalmente, al doblar una esquina, fue a dar a un patio, donde oyó el tintineo de unos platos y el grato eco de unas voces.
Siguiendo los sonidos, cruzó el patio y recorrió una balaustrada hasta llegar a un salón de té con un viejo letrero encima de la puerta. Era una sala espaciosa y bien construida, con celosías enmarcadas en paneles de madera oscura. El establecimiento estaba concurrido. Se detuvo en el umbral. Varios parroquianos se lo quedaron mirando y oyó a alguien a su espalda.
Se le acercó el propietario.
– ¿En qué puedo ayudarle? -le preguntó.
Sonó cordial, pero parecía tener algo en mente. Li Ang volvió a inspeccionar el local. Había dos hombres jugando al go bajo la ventana; las blancas estaban casi rodeadas.
– Quería mandar un telegrama -dijo.
– Lo siento -contestó el hombre-. Me temo que no podemos ayudarle.
– ¿Pero qué pasa?
Li Ang quería irse. Esta gente era irritante, sin los más mínimos modales. Alguien se movió detrás de él, arrimándose demasiado.
– Lo siento -repitió el hombre, acercándose al umbral de forma casi imperceptible y mirando fugazmente hacia la entrada.
A Li Ang se le erizó el pelo de la nuca. Un metal frío le oprimió la oreja.
– No se mueva.
Todos los presentes dejaron de mirarlo y se metieron en sus asuntos.
Alguien más entró en la sala, esta vez desde la cocina. Era un hombre de cierta edad con el pelo cortado al cepillo y un rudo semblante del que asomaban un par de ojos taimados.
– Es él. El general de división Li Ang.
Lo detuvieron y le amarraron las manos.
Cuando Hu Mudan se hizo vieja y el pasado empezó a interesarle más que el presente, se pasaba tardes enteras reviviendo sus recuerdos. Decía que notaba cómo le bullían en los huesos. Hablaba de su infancia en Sichuan, de cuando faenaba en los campos bajo un sol de justicia que abrasaba el mundo y lo dejaba empapado en sudor. Describía los años posteriores a su salida de nuestra casa, cuando regresó con Hu Ran a su aldea natal. Y me contaba historias de Chanyi, su amiga del alma. Hablaba de su delicadeza, de su generosidad, de su frágil corazón. Relataba lo mucho que amaba a su hija Junan y cómo la vieja Mma le tenía prohibido a Chanyi pasar mucho tiempo jugando con ella.
Cuando Junan aprendió a sostenerse en pie, Chanyi empezó a preocuparse de que la niña pudiera sentir calambres en los dedos, como si de algún modo hubiese heredado el sufrimiento de su madre, como si existiese una memoria corporal que pasase de madres a hijas junto con la textura del cabello o la forma de la cara. Junan no dio muestras de sufrir trastorno alguno, pero cuando aprendió a andar y correr, su energía despreocupada llenó a Chanyi de una secreta aprensión. Sin un dolor aplastante, sin el oprobio de la inmovilidad, ¿cómo iba a aprender su hija la desdicha inevitable de ser mujer? Chanyi no estaba dispuesta a hacerlo, no lo soportaría. Y fue por eso que mi madre terminó moviéndose con tanta gracilidad y desenfado. La confianza le brotaba de los pies, y la ambición corría detrás. Quien se cansó fue su madre. Cuando Junan tenía doce años, Chanyi buscó la paz del Lago del Oeste, dejando que Junan aprendiese sus desdichas por sí sola.