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El cielo estaba bajo; no tardaría en llover. Al llegar corriendo al café, vi a Hu Ran junto a la ventana. Lo saludé con la mano. Me vio pero no me devolvió el saludo. En lugar de eso, se levantó inmediatamente de la silla.

– Ran -dije. Me senté en la silla de enfrente y me puse a tamborilear con los dedos en la mesa-. ¿Ran? ¿Qué pasa?

– Tienes que venir conmigo -dijo.

– Acabo de llegar. Me gustaría tomarme un té.

– Han detenido a tu padre. Aquí, en Shanghai.

Me puse en pie. Casi se me paraliza la mente. Traté de dar con una pregunta, la adecuada, pero se me ocurrían demasiadas. ¿Estaba bien? ¿Cómo lo habían cogido? ¿Por qué estaba en Shanghai y no en Taiwán? Pero antes de que lograse hablar, Hu Ran intervino.

– Vamos.

Echamos a andar por la calle a toda prisa, buscando un ciclotaxi libre. Hu Ran me contó que el rumor de la detención de mi padre había llegado a Hangzhou la noche anterior.

– ¿Y ahora qué hacemos?

– Se lo he preguntado a mi madre. Me ha dicho que viniese a Shanghai y que buscase a Li Bing, el hermano de tu padre. Ahora es coronel y mi madre dice que es el único capaz de poner en libertad a tu padre. Si vienes conmigo, tu tío verá que no miento.

Hu Ran se detuvo y miró a la calzada; alzó el brazo rápidamente y un ciclotaxi vacío vino hacia nosotros. Los asientos estaban salpicados de gotas de lluvia. Hu Ran dio una dirección y el taxista contestó con un gruñido como si estuviesen conchabados. Recorrimos un buen trecho sin mediar palabra. La lluvia se hizo más intensa. En las aceras, los hombres vestidos con camisa y chaleco empezaron a enrollar la ropa que tenían expuesta y a recoger, haciendo un burujo, las medias de nailon, las medicinas y los artilugios. Un hombre ajustaba la tasa de cambio en un letrero colgado en la puerta de una cabina: ese mismo día el yuan ya se había devaluado doce veces. Una casa tenía las ventanas entabladas y las puertas cerradas con candados. Uno de mis compañeros de clase había vivido allí; su padre era funcionario y la familia se había marchado a Taiwán a finales de enero.

Pensé en las frecuentes palabras de mi madre: cuando volvamos, cuando volvamos. Me parecían un refrán enquistado sin que hubiese nadie encargado de decidir cuándo nos iríamos. Cuando volvamos, voy a plantar un melocotonero. Cuando volvamos, voy a mandar cercar la casa con una verja de hierro. ¿Cuándo había empezado mi madre a planear nuestra fuga? No era de extrañar que no se hubiesen dado cuenta de mis escapadas. Cada día que pasaba mandaba guardar más cosas. Hacía poco me había encontrado a Weiwei completamente inmóvil, escoba en ristre, y tuve la sensación de que ni me veía. Le había dicho a mi madre que prefería quedarse en el continente. Ciertos libros y periódicos habían desaparecido de las repisas sin dejar rastro, pero el olor a quemado me hizo sospechar adónde habían ido a parar. Vi cómo las palabras esfumadas de esos libros y revistas que ya no era prudente conservar salían de nuestra chimenea y se elevaban en una delgada columna de humo.

No había vuelto a ver a mi tío desde la noche en que lo vislumbré huyendo de los soldados japoneses, cuando me quedé parada detrás de la puerta y él me mandó entrar en casa. Desde entonces había crecido tanto que ya era más alta que mi madre. ¿Cómo iba a reconocerme Li Bing?, me pregunté mientras el ciclotaxi se abría paso por las calles abarrotadas. ¿Cómo me reconocería yo misma? Las últimas semanas mi mente y mi cuerpo habían experimentado tantos cambios que tenía la impresión de que aquellos años en Hangzhou habían tenido lugar en una vida anterior. Me llamo Li Hong, recité para mis adentros. Soy la hija de tu hermano. Durante una época, vivíamos todos juntos en la casa de la calle Haizi, en Hangzhou. Yo era tu sobrina favorita, la que se sentaba a jugar en tu regazo. ¿No te acuerdas?

Pero al llegar al salón de té, mi tío me echó una ojeada y vino corriendo hacia mí. De no ser por eso, igual ni lo hubiese reconocido.

Se había convertido en un soldado. Se me plantó delante, un hombre delgado, tostado por el sol y vestido de uniforme. Llevaba una gorra con una estrella roja, el emblema que acababa de adoptar el Nuevo Cuarto Ejército; bajo las gafas, unos pómulos descarnados proyectaban un triángulo de sombra sobre la boca.

– Xiao Hong -dijo-. Eres toda una mujer. -Tenía los dientes manchados de nicotina. Miró a Hu Ran y volvió a mirarme a mí-. ¿Qué haces aquí?

– Éste es Hu Ran -dije-. Necesitamos tu ayuda.

Mi tío, adusto y con el rostro surcado de arrugas, se inclinó hacia nosotros. Hu Ran le transmitió lo que le había contado Cheng, un vecino de Hangzhou de quien Li Bing había oído hablar aunque no lo conocía personalmente.

Lo que sí sabía era el lugar donde habían capturado a mi padre. Apenas el nombre del salón de té salió de los labios de Hu Ran, mi tío me agarró del brazo y nos sacó del local rápidamente.

Guardó silencio dentro del ciclotaxi, como si no percibiese el tumulto de la calle ni las gotas de lluvia en la cara. Me figuré que estaría evocando momentos compartidos con mi padre, recuerdos de la niñez que pasaron juntos en Hangzhou. Quizá se lamentase de que hubiesen terminado así. Era imposible saberlo.

Finalmente volvió en sí. Me miró, y con aquel tono suelto e irónico que yo recordaba, me dijo:

– Vaya susto te has llevado al verme, Hong. ¿Seguro que no te parezco un desconocido?

– No -contesté-. Pero es que no te he visto en diez años. Pareces… -Fruncí el ceño-. Pareces cambiado. -Me costaba traducir mis pensamientos en palabras, responder con laconismo y enjundia a la parquedad gestual de mi tío. Finalmente le solté-: Pareces estar viviendo con una idea entre ceja y ceja.

Se relajó y esbozó una sonrisa.

– Como todas las mujeres de tu familia posees una sensibilidad fuera de lo común. Pero yo no vivo en función de una idea. Es más bien la idea la que vive a través de mí. Por encima de todo, existe un propósito; luego están los planes y las expectativas. Es como si yo, en lugar de una persona, fuese una pieza más de un gigantesco diseño. A veces, cuando estoy con mis camaradas, incluso en mitad de una discusión relevante, tengo la sensación de no estar presente. Me observo: soy yo el que habla, pero no sé quién me dicta las palabras. Diría que somos como una barca en mitad de un vendaval. Las velas están tensas y henchidas de viento, pero lo único que tenemos es la arrogante y falsa ilusión de llevarlo todo bajo control. Y el viento puede cambiar; de hecho, no espero otra cosa. A veces lo percibo, un viento taimado, dispuesto a destrozarnos.

Siguió hablando: un torrente de palabras. Mi padre lo había ayudado una vez; ahora mi padre necesitaba de su ayuda. Bajo su aparente fortaleza, mi padre, tan generoso, tan cegado por el optimismo, siempre había sido un bobalicón. Pese a su aguda inteligencia, no le extrañaba que hubiese caído, por puro azar, en manos de una pequeña célula de activistas. Siempre igual, mi padre, tan seguro de sí mismo que no paraba de caer en trampas, sin enterarse jamás de cuándo estaba bajo el yugo de otro, ya fuese hombre o mujer. Al decir esto último, Li Bing se calló. Durante un instante no dijo nada. Luego, se volvió hacia mí. Habían cogido a mi padre, de acuerdo, ¿pero teníamos que culparlos por eso? ¿Tan horrible era luchar por los ideales del comunismo, darles un poco de poder a los hombres y mujeres pobres, hacer que se sintiesen partícipes? ¿Tan sorprendente era que, una vez liberados de sus opresores, se alzasen en armas para defender esa libertad y se rebelasen contra el destino que los condenaba a semejante sufrimiento?

Yo escuchaba sin decir palabra, pues me daba la impresión de que no era a mí a quien se dirigía. Hu Ran, sentado a mi lado, asentía con la cabeza por agradarle.

Una hora después, cuando mi padre salió del cuarto trasero, la luz se derramó a su espalda; unos rayos plateados perfilaron su alargada silueta y sumieron su rostro en sombras. Por un momento, era la imagen que yo llevaba tanto tiempo atesorando en la memoria, un puro chi a punto de levitar. Tuve la sensación de que, de alguna manera, era diferente a cualquier otro ser humano: más radiante, con toda su fortaleza recortada contra la luz del cielo. Entonces vino hacia mí y esa imagen se desvaneció. Le vi la cara ensombrecida, la ropa arrugada y, a cada paso que daba, la lesión que había destruido sus andares, el instante de indecisión al plantar el pie derecho en el suelo.