– Tú querías que ocurriese -dijo mi padre.
Tenía las mejillas sonrojadas y la mirada fija en mi madre.
– Ahora ya no puedes hacer nada. Entiéndelo, por favor. Tú lo empezaste, tú lo pusiste en marcha. De acuerdo, la culpa fue mía. Pero no me digas que mi debilidad no entraba dentro de tus planes.
Mi madre le miró a los ojos. Tenía un semblante pálido e implacable.
– Estás dispuesto a romper nuestra familia -dijo cuidadosamente, antes de desviar la mirada-. Tú también pretendes quedarte.
– Después de haber sido capturado, he tenido que aceptar la realidad. Yo…
– ¡Sabes que tienes que marcharte! ¡Eres un general nacionalista!
– No, ya no. No soy un verdadero nacionalista, nunca lo he sido, ni tampoco un comunista. Sólo soy un hombre. Soy chino y sufriré lo que sufra mi país.
Nos quedamos sentados sin decir ni media palabra. Fuera había oscurecido y en las ventanas salpicadas de lluvia flotaban nuestros reflejos borrosos: la blusa de Hwa, una mancha roja, y, levitando espectrales a nuestro alrededor, los muebles amortajados de blanco.
Mi madre estaba muy tiesa en la silla. Conservaba la piel clara, los huesos largos, pero en un momento dado, durante la guerra, su belleza se había marchitado.
– Te crees que Li Bing va a protegerte. Pero escucha lo que te digo: ya vendrás a suplicarme de rodillas. -Se levantó-. Adiós, Li Ang. Adiós, meimei.
– Jiejie.
– Junan… -dijo mi padre, llevándose cansinamente la mano a la frente.
– Ya vendrás a suplicarme de rodillas -respondió mi madre, mirándolo con una sonrisa irracional. El dolor que sentía era insoportable. Nos quedamos paralizados, como si el menor movimiento fuese a despedazarnos. Mi madre seguía en pie. Quería que se fuesen.
Yo no acertaba a mirarlos a los ojos. Me giré para ver sus reflejos en la ventana, cercados de sombras. Mi padre, con gesto hastiado y apoyado en su bastón; Yinan, pálida y llorosa. Nos abandonaban. Iban a dejarnos, a mí y a mi madre, a quien habían despojado de todo cuanto tenía. Sólo le quedaba la pura voluntad, soldada a los huesos, aquellos huesos blancos y alargados que me eran tan familiares como los de un amante.
Comprendí que no podía quedarme en China. ¿Cómo iba a dejar a mi madre, con lo que estaba sufriendo? ¿Cómo iba a quedarme con la gente que tanto daño nos había hecho? La pena y la oscuridad me desgarraban. Quise correr hacia mi padre y mi tía, agarrarme a sus rodillas y gritar: «¡Me quedo con vosotros!». Pero al mirar el reflejo desolado de mi madre en el cristal, supe que no lo haría.
Llegamos a Taiwán enfermas de derrota. La isla entera padecía la misma afección, una fiebre que habíamos traído desde el continente, a través de las aguas, quienes habíamos huido de nuestros hogares y abandonado nuestras vidas, acarreando hasta esa tierra desconocida las cuatro cosas que pudimos salvar. La dolencia -que se manifestaba en forma de ceguera contagiosa, de tentadora amnesia- se había apoderado de los menos imaginativos. Así, ciertas mujeres que en su día habían llevado vidas serias y responsables, ahora se abismaban en el mahjong, sin cruzar palabra, limitándose a chasquear las piezas y a deslizar pilas de fichas por el tapete blanco, una partida tras otra, sin tregua, con tal de no pensar, hasta que les ardían los ojos y les dolían los brazos y la luz de la lámpara se diluía en el amanecer. Y hombres valerosos que en un principio se mostraban decididos a volver al continente y a reconquistarlo a la fuerza, ahora, en cambio, derrengados y en inferioridad numérica, se batían en retirada hasta los últimos confines de la isla, donde consumían sus fuerzas luchando por defenderse, sojuzgando a los nativos y tratando de empezar de nuevo en ese lugar pedregoso, humeante y lavado por la lluvia.
Todavía recuerdo el olor exuberante de la primavera en flor mezclado con el torbellino de la esperanza y el deseo. Las primeras semanas me pasaba horas enteras sentada a solas, con el colgante que me había regalado Hu Ran, y escribía una carta tras otra con destino al continente. De cuando en cuando, soltaba la estilográfica y miraba por la ventana, más allá de esa isla populosa y de las pardas aguas turbulentas, hacia el lugar donde seguía mi viejo país de vastas playas y calles oscurecidas por el gentío. Durante siglos, el mar que separaba la isla del continente había sido una membrana permeable que veleros, barcos de vapor y, ya en nuestro siglo, aviones, cruzaban con facilidad. Los dialectos llevaban milenios separándose y volviéndose a entrelazar. Eran muchas las familias con miembros en ambas orillas, siempre intercambiándose paquetes de ayuda humanitaria llenos de latas de té y otros productos típicos enterrados en un lecho de setas secas. Con tantas y tantas cosas como habían viajado de un lado a otro, seguro que habría alguna forma de borrar lo que yo había hecho. Hu Ran y yo teníamos que volver a encontrarnos, como siempre habíamos hecho, contra todo pronóstico.
«Lo siento -le escribía una y otra vez-, no podía abandonar a mi madre.» Le invitaba a Taiwán, dándole las señas de nuestra casa en Taipei. Hice las promesas más insensatas de que volvería al continente. Mis palabras sonaban huecas, incluso a mí. No tenía cómo regresar al continente ni cómo mantener a Hu Ran en Taiwán.
Pasaron dos, tres semanas. Guardaba las cartas y, cada pocos días, salía de casa a hurtadillas y echaba a correr por las atestadas calles hasta llegar a la oficina de correos. En una de estas salidas clandestinas me tropecé con Pu Taitai. Estaba canosa y fatigada, pero encantada de verme. Acababa de enviarle una carta a Pu Li. Había logrado arañar el dinero suficiente para mandarlo a Macao, y allí estaba el muchacho, esperando un visado de estudiante para los Estados Unidos. Yo asentía toda sonriente pensando en mis propias cartas. ¿Adónde iban a parar? Era imposible que desapareciesen sin más, que se hundiesen en el abismo cada vez mayor que separaba los dos mundos.
Esa tarde llamaron a la puerta. Salí corriendo de mi cuarto con el corazón en un puño, abrí la puerta sonriendo de oreja a oreja, con los ojos llenos de lágrimas… y me llegó el aroma familiar del perfume de sándalo. La visitante era Pu Taitai; nuestro encuentro casual en la oficina de correos había servido para reuniría con mi madre. Hwa también se llevó un chasco. Pero mi madre salió de su postración y sonrió como si la reaparición de esa mujer, con su voz chillona y su amorfa blusa gris y azul lavanda, fuera un buen presagio.
– ¡Li Taitai! -gritó Pu Taitai.
Hwa enarcó las cejas a espaldas de mi madre. Pu Taitai entró y se puso a ensalzar la habilidad de su vieja amiga: ¡Había encontrado una casa decente! ¡En una ciudad tan hacinada! Dijo que teníamos muy buen aspecto a pesar de los pesares. No hizo mención de la ausencia de mi padre. Ni una pregunta ni un comentario de pasada. Mi madre tampoco le preguntó cómo se las arreglaba, ni de qué vivía. En lugar de eso, mandó a la criada que preparase dianxin.
– Siéntate, siéntate -le dijo mi madre. Y nos reclutó a Hwa y a mí para echar una partida de mahjong.
Pu Taitai se puso a comer. Se tomó una docena de ciruelas saladas y varios cuencos de puré de judías verdes. Comió cacahuetes y pipas de sandía. Comió bolas de masa y albóndigas de pescado como para tres personas. Los mofletes se le tiñeron de un color saludable; sus ojos se desorbitaron y empezaron a brillar. Fingimos no darnos cuenta. El crepúsculo dio paso a una oscuridad acogedora. La noche se posó sobre nuestra casa como una gasa reconfortante y nos relajó con su quietud. Hubo un apagón. Bajamos la luz de los candiles y dejamos que se oscureciese la estancia hasta que casi no se veían las fichas sobre el tapete.
Pu Taitai no paraba de hablar. Se vanagloriaba de su hijo, que había obtenido una beca para estudiar ingeniería en California. Nos contó historias heroicas de los generales nacionalistas que habían defendido las islas y de los focos de resistencia que quedaban en el continente. Se refirió con pesar a mi padre; creía que lo habían capturado -tal vez tendiéndole una trampa- y que lo habían dejado tirado, puede que tras asesinarlo. No sé de dónde habría sacado esa idea. Supongo que mi madre le habría contado un cuento para guardar las apariencias. Entonces Pu Taitai entonó el eslogan de la época: