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Primer año: preparativos

Segundo año: contraataque

Tercer año: saodang (avance arrollador)

Quinto año: éxito

Enumeró nuestras victorias una y otra vez: la valerosa defensa de la isla llevada a cabo por el general Hu Lian, la última detención de un espía comunista. De la derrota no decía nada, ni del cansancio, las capitulaciones, las pérdidas o la muerte. Mi madre sonrió y le señaló un platito de dulces de ajonjolí; Pu Taitai cogió uno y se lo comió. Al menos ellas dos eran verdaderas amigas. Me alegré por mi madre; hasta entonces no había tenido una sola amiga de verdad. Pero algo de aquella compasión me trajo a la mente el recuerdo de Hu Ran, y mientras Pu Taitai agitaba el dado para comenzar, tuve la sensación de estar presenciando la partida desde muy lejos.

– Tenemos que criar una nueva generación de patriotas chinos -decía Pu Taitai-. Cuando mi Pu Li se case con tu Hong, mezclaremos la sangre de dos grandes generales y esa combinación producirá un héroe chino.

Me miró encantada de la vida. En ese momento, mi madre también me miró y sonrió: una sonrisa irónica y de complicidad que me dejó sin habla.

Me quedé anonadada, en completo silencio. Pu Taitai revolvía y mezclaba; las fichas repiqueteaban sin cesar. La sonrisa de mi madre me reveló lo que yo no me había permitido saber. Debería haberme dado cuenta, podría haberme dado cuenta, pero estaba demasiado preocupada para advertirlo. Es verdad que las señales eran pequeñas y parecidas a los síntomas típicos de la desubicación. Las náuseas, la fatiga, las lágrimas y aquel apetito inexplicable me habían parecido lógicos en un nuevo lugar. Pero otra fuerza se había apoderado de mi cuerpo, hinchándome los pies y el estómago, propagándose por todo mi organismo hasta las mismísimas raíces del pelo, que, efectivamente, se me habían puesto tan espesas y frondosas como las de las embarazadas.

Por supuesto que mi madre se había percatado del cambio, claro que lo había notado. Había presenciado esos cambios físicos en Hu Mudan, en ella misma y en su hermana. Conocía las señales tan a fondo como la pena.

Ahora colocaba verticalmente las fichas que le habían tocado, con toda delicadeza.

– Uf, qué malas. Paso.

Una arruga diminuta se formó entre sus cejas y enseguida desapareció. Tuve la sospecha de que aquella mano mi madre la jugó mal a propósito. Pu Taitai se congratuló de su victoria y la velada concluyó sin que nuestra invitada se enterase de nada de lo ocurrido.

Esa misma noche, mucho después de marcharse Pu Taitai, fui a ver a mi madre. Estaba en su dormitorio, de pie ante el armario, hurgando en su lujoso contenido como si buscase consuelo. Me quedé detrás de ella, a la espera, pero no me hacía ni caso.

– Lo siento -dije-. Ya sé que es una deshonra.

Siguió acariciando el cuello de piel oscura de un chaquetón.

– Era… es… un buen chico. Tú lo sabes. De no ser por él…

– Tienes que ir a ver al boticario.

La última vez que la había oído hablar en ese tono fue en Shanghai, la noche en que mi padre la abandonó. Entonces, viéndola tan dolida, me ablandé. Pero ahora sentí una frialdad rebelde en la punta de los dedos. Respiré hondo.

– No -dije.

Se dio la vuelta y me clavó los ojos. Los músculos se le tensaron bajo los huesos. Acto seguido se volvió hacia el armario. Y con esa decisión la abandoné, tan segura como si me hubiese quedado en el continente.

Tuvo que ser duro para ella enterarse de mi estado. Toda la vida había tenido que soportar las flaquezas de sus escasos seres queridos: la de mi abuela, la de mi padre, la de mi tía, y ahora la mía. Ella nos amaba, y nosotros se lo pagábamos con traición y humillación.

Había dejado marchar a Hu Ran con toda tranquilidad, dando por hecho que podría volver o que él podría venir a verme, como si nuestros cuerpos fuesen paquetes que uno podía meter en un buzón cuando se le antojase y que aparecerían, con independencia de la situación política, al otro lado del mar.

Sin embargo, en los meses siguientes, empecé a entender que Hu Ran no tenía cómo hacer el viaje. Me llegaron rumores de que las últimas tropas nacionalistas estaban rodeadas, luchaban, caían derrotadas. Hordas de refugiados corrían a embarcarse rumbo a la isla. Algunos de los buques estaban preparados para afrontar el viaje; otros eran decrépitas barquichuelas con más agujeros que un colador y menos marineras que las lanchas del Lago del Oeste. Se había interrumpido el correo. Las rutas fundamentales sufrían el bloqueo comunista. Las cañoneras patrullaban las costas a la caza de posibles fugitivos. El tráfico entre Taiwán y el continente se redujo al mínimo. Sólo Hong Kong seguía siendo accesible, y cada semana que pasaba el trayecto se hacía más peligroso. El telón de bambú se fue haciendo cada vez más impenetrable hasta que el angosto estrecho se convirtió en un ancho océano.

Por las noches me enfrentaba al legado de la vieja Mma. Oía a mi madre dando vueltas en la cama en el cuarto contiguo. Durante el día hablábamos lo menos posible, aunque en una casa tan pequeña era imposible no cruzarse. Hubo una vez, por aquella época, en que llegó a llamarme por el nombre de su hermana. Yinan, dijo detrás de mí. Yo me di la vuelta y le respondí con toda naturalidad para que no se diese cuenta de lo que había dicho.

18 de julio de 1949

Querida Hong:

Gracias por tu carta. No me había llegado hasta ahora, al cabo de varios meses, pues han tenido que reenviármela a Hong Kong, donde me encuentro actualmente a la espera de regresar a los Estados Unidos.

Tengo que darte una triste noticia. Hemos perdido a Hu Ran. Por lo visto, había decidido salir del país por el estrecho. Una noche, mientras su barco esperaba el momento de zarpar fondeado en el muelle, sufrieron un ataque. Dicen que alguien del barco avisó a las cañoneras comunistas. En la refriega que tuvo lugar a continuación, Hu Ran se cayó al agua y se ahogó. Hu Mudan lo supo por boca de uno que logró llegar a la orilla. Pagó a otra persona que venía a Hong Kong para que me escribiese contándome lo ocurrido y rogándome que te encontrase, pero en todos estos meses he sido incapaz de descubrir tu paradero.

No acierto a imaginar cuán difícil debe de resultar recibir una noticia tan terrible de una desconocida. Con todo, te pido por favor, Hong, que no me consideres una desconocida. Hu Mudan, Hu Ran y tu tía Yinan eran para mí como de la familia, y espero que también tú me consideres una amiga. Avísame, por favor, cuando recibas esta carta. Escríbeme y dime cómo estás.

Atentamente,

Katherine Rodale

Fue Hwa quien desafió el silencio y se atrevió a llamar a mi puerta. Correcta, casi apocada, guardando las distancias. ¿O era yo quien las guardaba? Lo sucedido en ese último año nos había separado por completo. Nunca volveríamos a ser dos niñas que vivían juntas. Hwa lo sabía. No trataba de fingir que no había pasado nada. Pero seguíamos siendo hermanas, conque se sentó en mi cama y me dio la noticia. Me contó que mi madre le había dicho que no mencionase mi secreto. Con el tiempo, mi estado hablaría por sí solo, y para entonces, ya se encargaría ella de manejar el asunto.

– ¿Qué más te ha dicho? -le pregunté.

Hwa sacudió la cabeza.

– ¿Qué piensas hacer? -preguntó-. ¿Puedes quitártelo de encima, de alguna forma? Tal vez así todavía podrías casarte…