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No quería quitármelo de encima.

– No me quiero casar.

– … ¿y darle el niño a alguien? Sería duro, ya lo sé, pero con el tiempo lo superarías…

– No quiero dárselo a nadie.

– Sé que cuesta verlo, pero a la larga, pasados unos años… La única manera de poder salir adelante será olvidando todo esto.

Escuché en silencio hasta que se calló y, en vista de que no le respondía, dijo adiós y se marchó cerrando la puerta tras de sí.

Guardé la carta de Katherine Rodale en la caja de cosas que no había que recordar. Había una fotografía enmarcada de la boda de mis padres y, escondida debajo, un retrato de mi tía con una rosa a medio abrir en la mano, la copia que había rescatado furtivamente del cubo de la basura de nuestra cocina en Chongking. Había un libro que me había regalado mi padre: los cuentos de Grimm en inglés. Entre las hojas del libro había guardado los mensajes que me escribía Hu Ran. Espérame en el parque. A las cuatro en el café. Ya había empezado a borrarse la tinta. Puede que el parque, o incluso el café, siguiesen existiendo en alguna parte, al otro lado del mar, pero, cuando los evocaba, me daba la impresión de que mis recuerdos eran en tonos sepia, como reliquias que una corriente arrastrase, suave e inexorablemente, hacia el pasado.

Escribí a Katherine Rodale dándole las gracias por la carta. Nunca la había visto, no tenía una imagen mental de ella, pero sus amables palabras me animaron a escribirle. En mi carta, le hablé a esa americana, a esa desconocida, de Hu Ran y de mí. Le expliqué que yo había sido la causante de la muerte de Hu Ran. Me había marchado de China después de haberle prometido que me quedaría, y él había muerto por intentar seguirme. Le conté que estaba embarazada, que quería tener al niño, y que no sabía qué iba a ser de nosotros.

Katherine Rodale me respondió con preguntas. Mi destino, decía, le interesaba personalmente. Quería saber más cosas. ¿Qué quería hacer? ¿Qué planes tenía? «No sé nada de mí -le respondí-. No tengo deseos. No tengo planes. Intentaré pensar en ello.» Y con estas frases desmañadas en inglés supe que había declarado la verdad. ¿Quién era yo? No lo sabía. Jamás en mi vida, salvo con Hu Ran, había sido una persona, sino más bien una pieza integrante de otra cosa: de mi familia, de mi país y, ahora, un fragmento desperdigado de su derrota. Era una niña a la que habían llevado de acá para allá por todo un continente. Era un par de ojos, un par de orejas, el testigo de terribles acontecimientos que yo había ocultado en mi mente a la espera de poder analizarlos, como fotografías prohibidas guardadas en una caja. Había visto a mi tío huyendo por las calles, perseguido por soldados japoneses. Había visto a una mujer con el pelo todo alborotado y los pechos resecos dando de mamar a un bebé famélico, y a otra colgarse de un árbol en las escaleras empinadas y repletas de gente de una ciudad desgarrada por la guerra civil. Era una hija obediente, una jiejie y una alumna aplicada. De no haber sido por Hu Ran, no cabe duda de que me habría casado con Pu Li. Pero los momentos arrebatadores que pasé con Hu Ran lo habían cambiado todo. Había sido cruel con él; lo había utilizado para separarme de mi madre; y al final los había traicionado a los dos. Es más, me había traicionado a mí misma. Ahora supe cuál había sido el origen de mi terror. Ahora supe que había amado a Hu Ran con toda mi alma.

En los meses siguientes, mientras esperaba, me dediqué a pensar en todas estas cosas; algunas se las contaba por escrito a Katherine Rodale y otras me las guardaba. Era la primera amiga adulta que tenía desde Hu Mudan. Si tenía que comunicarme con ella en otro idioma, lo haría. Me devanaba lo sesos durante horas para expresar mis ideas y pensamientos en inglés. «Fui una cobarde -le escribí-. Ojalá me hubiese quedado.» Y luego: «Quiero saber cómo están mi padre y mi tía. Espero que estén bien». Meses después escribí: «Pronto nacerá el bebé. Hu Ran nunca lo verá».

Mientras escribía, tachaba y volvía a escribir, sentada a la mesa de mi cuarto, empecé a tener la sensación de que cada palabra me fortalecía, me proporcionaba una base sólida sobre la que afirmarme. No sabía en qué terminaría todo aquello. Pero según le iba escribiendo a mi nueva amiga todas esas frases y párrafos en inglés, empecé a divisar el perfil, apenas visible, de mi propia persona; era como discernir una constelación en el firmamento nocturno. La preocupación por mi madre y por Hwa se diluía en el resplandor de esas estrellas remotas.

Soñé que estaba tumbada dentro de una cueva. La oscuridad era mi abrigo, mi refugio, mi capullo. Sentí que allí dentro me transformaba, me crecían ojos y orejas hasta entonces ocultos, delicados órganos sensoriales, incluso alas, como las minúsculas criaturas aterciopeladas que hacían sus cubiles en los bordes de las piedras.

Luz y dolor. El rostro de mi madre cernida sobre mí.

– Ahora empuja, Xiao Hong. Empuja.

No me dejaba descansar. Me ordenaba que lo intentase. Yo la odiaba, a mi madre, tan implacable, con esa alma de hierro, oscura y fría. Pero era mi madre. Me había parido. Busqué en lo más hondo de mí y acaté sus órdenes.

Me di cuenta de que la oscuridad presentaba diversas formas. Algunas de ellas las conocía, otras eran personas que me sonaban de las historias de mi madre. Había una mujer triste y pálida que esperaba en silencio con los brazos tendidos y las manos vacías. También estaba Hu Mudan, acuclillada en la alcoba, ferozmente sola, esperando a que llegase su hijo. Me pareció sentir la presencia cercana de Hu Ran: su rostro resplandeciente, sus esperanzas, el fulgor de su alma. Luego, me acordé de Yinan en el refugio antiaéreo, rodeada de gente pero sola, y lloré por ella, y por mi madre, y por mí misma. Me pareció que el mundo entero reverberaba con los gritos de los que se habían quedado atrás.

Y sentí que desde ese lugar oscuro donde habitaban los desaparecidos me llegaba ahora mi pequeñín, mi hijo.

– Ah -dijo mi madre-. Es una niña.

Un gemido de bebé se elevó por el cuarto como una sirena y me sacó de la niebla. Más tarde, cuando la cogí en brazos, me miró intensamente con unos ojos que eran del color de la tierra en el fondo de un estanque.

Desde el preciso instante en que vino al mundo, la pequeña Mudan conjuró el viejo maleficio que impedía a las madres amar a sus hijas. Desde el preciso instante en que apareció, con aquel gemido tan potente y aquella fuerza en los dedos, sin la más mínima intención de disculparse, extrajo de mí la energía suficiente para cargar con las dos. Nació el 2 de diciembre de 1949, el año del Buey, y a fe que iba a necesitar de todo el vigor y la resistencia de un buey para salir adelante en la época en que le había tocado nacer.

La historia de mi madre estaba siempre presente. Fluía incesante alrededor de nuestro hogar; era nuestra atmósfera, el aire que respirábamos. Bañaba con su luz todo lo que mirábamos y tocábamos. Mi madre estaba derrotada. Yinan la había derrotado. Había salido del continente muerta de vergüenza. Ahora, lejos de ellos dos, se juramentó para construirse una nueva vida lo bastante grande y espléndida como para ahogar su vergüenza. Le había dicho a Pu Taitai que mi padre había caído prisionero y que seguramente lo habían asesinado. A raíz de eso, hizo de la muerte de mi padre una fortaleza inexpugnable.

Vestía ropas oscuras para llorar su pérdida. Con la ayuda de Pu Taitai, se reencontró con las otras que también habían abandonado el país y las agasajó cuando fueron a darle el pésame. Durante esas visitas se cerraron muchos tratos. Le bastó un año para conseguir lo que buscaba: un anticuario de un gusto impecable que conocía a todo el mundo pero que sabía ser discreto. El señor Jian era un hombre calvo y delgado de Pekín, con la típica nariz larga y aristocrática de los norteños que le servía para husmear el dinero que entraba a raudales en la isla.