Bandra había llegado a casa antes que Mary ese día, y estaba en su dormitorio. Pero se asomó en cuanto Mary cruzó la puerta.
—Hola, Mare —dijo—. Ya me pareció que te había olido.
Mary sonrió débilmente. Se estaba acostumbrando a todo aquello; de verdad que sí.
—¡Mira! —señaló Bandra—. ¡Ha llegado tu sillón! Tienes que probarlo.
Mary así lo hizo y se acomodó en él
—¿Bien? ¿Bien?
—¡Es maravilloso! —dijo Mary, después de removerse un poco—. De verdad. Muy cómodo.
—¡Justo lo que ordenó el médico! —declaró Bandra, y entonces sorprendió a Mary haciendo un gesto con los pulgares hacia arriba.
Mary se echó a reír. —Exactamente.
—¡Justo en el blanco! ¡Ideal!
—Todo eso, sí.
—¡Sí! —repitió Bandra, que se lo estaba pasando la mar de bien—. ¡Bingo! ¡De puta madre!
Bandra le sonrió a Mary, y Mary le devolvió cálidamente la sonrisa.
Esa tarde, Mary disfrutó un rato de su nuevo sillón acurrucándose en él con uno de los libros que había comprado en la librería de la Universidad Laurentian. Por su parte, Bandra había estado trabajando en un nuevo cuadro, pero evidentemente decidió que era hora de tomarse un descanso. Cruzó la habitación y se plantó detrás de Mary.
—¿Qué estás leyendo?
Por instinto, Mary le mostró a Bandra la portada del libro antes de darse cuenta de que la neanderthal no podría leer el título … aunque con lo mucho que le gustaba el inglés, dudaba que pasara mucho tiempo antes de que Bandra empezara a leer.
—Se llama El propietario —dijo Mary—, y está escrita por un hombre llamado John Galsworthy. Ganó el principal premio literario de mi mundo, el Nobel de literatura.
Colm se había pasado años recomendándole a Galsworthy, pero Mary sólo se había decidido a leerlo después de que su hermana Christine le contara maravillas acerca de la nueva adaptación de la BBC de La saga de los Forsyte, de la cual El propietario era el primer volumen.
—¿De qué trata? —preguntó Bandra.
—De un abogado rico que está casado con una mujer muy bella. Contrata a un arquitecto para que les construya una mansión en el campo, pero la mujer tiene un romance con el arquitecto.
—Ah —dijo Bandra, y Mary la miró y sonrió.
Lo intentó de nuevo.
—Trata de las complejidades de las relaciones interpersonales de los gliksins.
—¿Quieres leerme un poco? —pidió Bandra.
La petición sorprendió a Mary, pero también la complació. —Claro.
Bandra se sentó en una silla de horcajadas frente a Mary, con los brazos cruzados sobre el regazo. Mary pronunció en voz baja las palabras escritas y dejó que Christine las fuera traduciendo a la lengua neanderthal.
La mayoría de la gente hubiera considerado un matrimonio Como el de Soames e Irene todo un éxito; él poseía dinero, ella belleza; era una cuestión de compromiso. No había ningún motivo para que no siguieran adelante, aunque se odiaran mutuamente. No importaba que fueran cada uno a su aire en lo referente a la santidad de los lazos matrimoniales o de la casa común. La mitad de los matrimonios de clase alta se basaban en estas premisas: no ofendas la susceptibilidad de la sociedad; no ofendas la susceptibilidad de la Iglesia. Para evitar tales ofensas, merece la pena el sacrificio de cualquier sentimiento privado. Las ventajas de un bogar estable son visibles, tangibles, tantas piezas de propiedad: no hay ningún riesgo para el status quo. Romper un hogar es en el mejor de los casos un experimento peligroso y egoísta.
Éste era el caso para la defensa, y el joven Jolyon suspiró. «El meollo de todo —pensó— es la propiedad, pero hay muchas personas a quienes no les gusta expresarlo de esa forma. Para ellos se trata de la santidad de los lazos matrimoniales: pero la santidad de esos lazos depende de la santidad de la familia, y la santidad de la familia depende de la santidad de la propiedad. Y, sin embargo, imagino a toda esa gente que sigue a Aquel que nunca poseyó nada. ¡Es curioso!»
Y de nuevo el joven Jolyon suspiró …
—Interesante —dijo Bandra, cuando Mary hizo una pausa. Mary se echó a reír.
—Seguro que sólo lo dices por ser amable. Para ti debe de ser un galimatías.
—No. No, creo que lo comprendo. Ese hombre … Soames, ¿no., vive con esa mujer, esa …
—Irene.
—Sí. Pero no hay calor en su relación. Él quiere mucha más intimidad que ella.
Mary asintió, impresionada.
—Exactamente.
—Sospecho que esas preocupaciones son universales —dijo
Bandra.
—Supongo que sí —contestó Mary—. La verdad es que yo me identifico con Irene. Se casó con Soames sin saber lo que quería realmente. Igual que yo me casé con Colmo
—¿Pero ahora sabes lo que quieres?
—Ahora quiero a Ponter.
—Pero él no viene solo —dijo Bandra—. Tiene a Adikor y a sus hijas.
Mary dobló la página y cerró el libro.
—Lo sé —dijo en voz baja.
Bandra pensó tal vez que la había molestado.
—Lo siento —dijo. Vaya tomar algo de beber. ¿Te apetece algo?
Mary habría matado por una copa de vino, pero los neanderthales no tenían esas cosas. Sin embargo, se había traído del otro lado una lata de kilo de café instantáneo. No solía tomar café por la tarde, pero la temperatura ambiente neanderthal era de dieciséis grados; su escala y la de ella eran iguales: el lapso entre el punto de fusión y ebullición del agua dividido en cien partes. Mary prefería veinte o veintiún grados; un buen tazón de leche la haría entrar en calor.
—Déjame ayudarte —dijo, y las dos se dirigieron a la zona de preparación de comida.
En su versión de la Tierra, Mary tenía siempre a mano un litro de batido de chocolate para mezclarlo con el café. Allí no podía conseguido, pero se había traído latas de leche condensada y de cacao; combinadas con su Maxwell House constituía una versión bastante aproximada de su poción favorita.
Regresaron al salón, pisando el suelo cubierto de hierba. Bandra tomó asiento en uno de los sofás levemente curvados construidos en la pared de la habitación. Mary estaba a punto de regresar a su sillón, pero advirtió que allí no tenía sitio donde posar el cuenco. Tomó el libro (a Colm le hubiese disgustado la manera en que doblaba el lomo del ejemplar y marcaba la esquina de sus páginas), se sentó en la otra punta del sofá y dejó el cuenco en la mesa de pino que tenían delante.
—Vivías sola en tu mundo —dijo Bandra. No era una pregunta: ya lo sabía.
—Sí —respondió Mary—. Tengo lo que llamamos un apartamento … un conjunto privado de habitaciones en un gran edificio cuya propiedad comparto con un par de centenares de personas más.
—¡Un par de centenares! ¿Qué tamaño tiene ese edificio?
—Tiene veintidós pisos de altura, veintidós niveles. Yo vivo en la planta diecisiete.
—¡La vista debe ser magnífica!
—Sí que lo es.
Pero Mary sabía que lo decía por costumbre. La panorámica era de hormigón y cristal, de edificios y carreteras. Le había parecido maravilloso cuando vivía allí, pero sus gustos estaban cambiando.
—¿Qué ha pasado con él? —preguntó Bandra.
— Todavía es mío. Cuando Ponter y yo decidamos qué vamos a hacer de modo permanente, tendré que decidir qué hago con él. Puede que queramos conservarlo.
—¿Y que vais a hacer Ponter y tú de modo permanente?.
—Ojalá lo supiera —dijo Mary. Recogió su cuenco y tomó un sorbo—. Como tú has dicho, Ponter no viene solo.
—Ni tú deberías —dijo Bandra, agachando la cabeza y evitando mirarla a lo ojos.