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Mary miró a Ponter, sorprendida, pero se dirigió de nuevo a la mujer.

—¡Claro que no le haremos daño! —Se volvió hacia Ponter—.

¿Por qué nos tiene miedo?

—No lleva Acompañante —dijo Ponter en voz baja—. No se está haciendo ningún registro de este encuentro por su parte, y no tiene ningún estatus bajo nuestra ley: nunca podría pedir una revisión de nuestras grabaciones en los archivos de coartadas.

—¡No tenga miedo! —gritó Mega con buena voluntad—. ¡Somos simpáticos!

Ponter, Mary y Mega habían conseguido acercarse a Vissan otros cinco metros sin que echara a correr.

—¿Qué es usted? —repitió Vissan.

—¡Es una gliksin! —dijo Mega—. ¿No lo ve?

Vissan miró a Mary.

—No, de verdad. ¿Qué es?

Mega tiene razón. Soy lo que ustedes llaman una gliksin.

—¡Asombroso! —dijo Vissan—. Pero … pero es usted una adulta. Si alguien hubiera recuperado material genérico gliksin hace muchos diez meses, yo lo sabría.

Mary tardó un momento en comprender lo que quería decir Vissan: pensaba que Mary era un clan, hecho a partir de ADN antiguo. —No, no es eso. Yo soy …

—Déjame a mí —dijo Ponter—. Vissan, ¿sabe quién soy?

Vissan entornó los ojos, luego negó con la cabeza.

—No.

—Es mi papá-dijo Mega—. Se llama Ponter Boddit. Es un 145. …¡Yo soy una 148!

—¿Conoce a una química llamada Lurt Fradlo? —preguntó Ponter, mirando a Vissan.

—¿Fradlo? ¿De Salduk? Conozco su trabajo.

—Es la mujer-compañera de Adikor —dijo Mega—. Y Adikor es el hombre-compañero de mi papá.

Ponter colocó una mano sobre el hombro de Mega.

—Eso es. Adikor y yo somos físicos cuánticos. Juntos, accedimos a una realidad alternativa donde los gliksins sobrevivieron hasta la actualidad y los barasts no.

—Me está frotando el pelo de la espalda —dijo Vissan.

—¡No, qué va! —dijo Niega—. ¡Es verdad! Papá desapareció en otro mundo, allá en la mina de níquel de Debral. Nadie sabía lo que le había pasado. Oaklar pensó que Adikor le había hecho algo malo a papá, pero Adikor es un buen tipo: ¡nunca haría nada por el estilo! Jasmel (ésa es mi hermana) trabajó con Adikor para traer de vuelta a mi papá. Pero luego hicieron un portal que está siempre abierto, y Mare vino desde el otro lado.

—No —dijo Vissan, bajando la cabeza—. Ella tiene que ser de este mundo. Tiene un Acompañante.

Mary bajó también la cabeza: una parte de la placa de Christine asomaba bajo la manga de su chaqueta. Se quitó la chaqueta, se subió la manga, y extendió el brazo.

—Pero el Acompañante me ha sido implantado hace muy poco —dijo—. La herida está cicatrizando todavía.

Vissan dio su primer paso hacia Mary. Luego otro, y otro más.

—Así es —dijo por fin.

—Lo que estamos diciendo es verdad —intervino Ponter. Señaló a Mary—. Puede ver que es verdad.

Vissan se colocó las manos en sus anchas caderas y estudió el rostro de Mary, con su diminuta nariz, su alta frente y la proyección ósea de su mandíbula inferior. Entonces, con voz llena de asombro, dijo:

—Sí, supongo que puedo.

21

Los científicos nos dicen que nuestra especie de humanidad subió hasta el norte de África, contempló el estrecho de Gibraltar y vio otra tierra allí. … y, por supuesto, como resulta natural en nosotros, nos arriesgamos a cruzar ese traicionero canal y pasamos a Europa…

Vissan era una 144, más de una década mayor que Mary. Tenía ojos verdes y su pelo era predominantemente gris, con sólo unas cuantas vetas rubias que revelaban su color original. Llevaba harapos remendados aquí y allá con trozos de piel y una bolsa de cuero, donde al parecer guardaba el botín recolectado esa mañana.

Los cuatro regresaron caminando a la cabaña.

—Muy bien —dijo Vissan, mirando a Mary—. Acepto la historia de su identidad. Pero sigo sin saber por qué me buscan.

Habían llegado a un pequeño arroyo. Ponter tomó en brazos a Mega y la hizo pasar primero, y luego le ofreció la mano a Mary para cruzar. Vissan lo vadeó sola.

—Yo también soy química de la vida —dijo Mary—. Estamos interesados en el escritor de codones.

—Está prohibido —respondió Vissan, encogiéndose de hombros—. Prohibido por un puñado de bobos estrechos de miras.

Ponter hizo un gesto para que guardaran silencio. Ante ellos habían más ciervos. Mary contempló a las hermosas criaturas.

—Vissan —susurró Ponter, aunque Christine dio la traducción a mayor volumen, ya que solo Mary podía oírla. ¿Tiene suficiente comida? Con mucho gusto abatiré a uno de esos ciervos para usted.

Vissan se echó a reír y habló con voz normal.

—Es usted muy amable, Ponter, pero me las apaño bien. Ponter agachó la cabeza y continuaron caminando, hasta que los ciervos se dispersaron por propia voluntad. Ante dios, más arriba, divisaron la cabaña.

—Mi interés en el escritor de codones no es sólo académico —dijo Mary—. Ponter y yo queremos tener una hija.

—¡Voy a tener una hermanita! —exclamó Mega—. Ya tengo una hermana mayor. No mucha gente tiene una hermana mayor y una hermana menor, así que soy especial.

—Así es, querida —dijo Mary—. Eres muy especial. —Se volvió hacia Vissan.

—¿Qué hay de su mujer-compañera barast? —preguntó Vissan, mirando ahora a Ponter.

—Ya no existe.

—Ah. Lo siento.

Habían llegado a la cabaña. Vissan abrió la puerta y les indicó que entraran. Se quitó su abrigo de piel…

Y Mary vio la horrible cicatriz en la parte interior de su antebrazo izquierdo, donde se había arrancado el Acompañante.

Ponter se sentó a la mesa con Mega, atendiéndola. Mega había recogido una piña y dos bonitas piedras por el camino y quería que su padre las viera.

Mary miró a Vissan.

—¿Todavía existe su prototipo?

—¿Para qué lo necesita? —preguntó Vissap—. ¿Ha sido alguno de ustedes esterilizado por el Gobierno?

—No. No es nada de eso.

—Entonces, ¿para qué necesitan mi aparato?

Mary miró a Ponter, que estaba escuchando atentamente a Mega, quien ahora le estaba contando las cosas que había aprendido en la escuela.

—Los barasts y los gliksins, además de los chimpancés, bonobos gorilas y orangutanes, tienen todos un antepasado común —dijo Mary—. Al parecer, ese antepasado tenía veinticuatro pares de cromosomas, igual que todos sus descendientes, excepto los gliksins. En los gliksins, dos cromosomas se han fundido en uno, lo que significa que nosotros sólo tenemos veintitrés pares. El genoma tiene la misma longitud, pero el distinto número de cromosomas dificultaría una concepción natural.

—¡Fascinante! —exclamó Vissan—. Sí, el escritor de codones podría producir fácilmente un diploide a juego que combinara el ácido desoxirribonucleico de Ponter y el suyo propio.

—Eso esperamos. Y por eso nos interesa saber si el prototipo existe todavía.

—Oh, existe, claro —dijo Vissan—. Pero no puedo entregárselo … es un artilugio prohibido. Por mucho que odie ese hecho, es la realidad. Los castigarían por poseerlo.

—Está prohibido aquí —dijo Mary.

—No sólo en la vecindad de Kraldak. Está prohibido en todo el mundo.

—En todo este mundo —insistió Mary—. Pero no en mi mundo. Podría llevado allí; Ponter y yo podríamos concebir allí.

Los ojos de Vissan se ensancharon bajo su ceja ondulante. Permaneció en silencio unos instantes, y Mary supo que era mejor no interrumpir sus pensamientos.