– Eso es lo que se llama un final redondo -dijo Luis Miguel.
– Es un final como fue -dijo doña Emma.
– Pero falta el epílogo -recordó Luis Miguel.
– Qué epílogo ni qué ocho cuartos -rehusó doña Emma.
– Tiene un epílogo, madre -porfió Luis Miguel. -La única y verdadera historia de la noche que mataron a Pedro Pérez, tiene un epílogo. Yo lo sé. No en balde llevo media vida escuchándola.
– ¿Cuál epílogo? -preguntó doña Emma, entre divertida y desconcertada.
– Lo que pasó con Margarito después -dijo sin titubear Luis Miguel. -Y lo que pasó con la hija de Arreóla.
– Ah, eso -dijo doña Emma. -De acuerdo. Lo que pasó es esto: Margarito salió de Quintana Roo, creo que a fines de los años cincuenta, y se regresó a vivir a Jalisco, donde uno de sus hijos, el mayor, llegó a ser un político muy importante, siendo muy joven todavía. Bueno, pues Margarito alcanzó a vivir para ver que a ese muchacho lo mataran en la calle, a tiros, por razones políticas. Nunca se supo quién lo mató. Alguien protegió a los asesinos, como antes las gentes de Margarito habían protegido a Inocencio Arreóla.
– ¿Y qué pasó con Arreóla? -preguntó Luis Miguel.
– Otra historia increíble -dijo doña Emma. -Tu tío Ernesto se lo encontró aquí, en la ciudad de México, por ahí de 1976. Se fueron a comer y a conversar, porque tu tío Ernesto se llevaba bien con todos ellos. Hasta la fecha, dice que Margarito fue un gran gobernante de Quintana Roo. Y tiene sus buenas razones, no creas, sólo que nosotros recordamos otras cosas. Bueno, pues ¿qué crees que le había pasado a este hombre, Inocencio Arreóla? Esto: su hija monja se había hecho guerrillera, se había puesto a asaltar bancos y a secuestrar gente importante. Y en uno de esos asaltos, durante un tiroteo, la habían matado unos policías en Guadalajara, luego de una persecución. Y ¿dónde creen ustedes que cayó muerta? Frente a la Catedral, a media plaza, acribillada por la espalda, igual que Pedro Pérez.
– Ahí está el epílogo -dijo Luis Miguel. -Ni modo que nos fuéramos sin el epílogo.
– Se los cuento como fue -dijo doña Emma. -Y yo insisto en que esa es la realidad de la política: regar por el mundo la basura que hay en el corazón de los hombres.
Hubo entonces un silencio viejo, perfecto, como los de Chetumal, interrumpido sólo por el rasguido de la uña melancólica y exhausta de doña Emma, que espulgaba las migajas del mantel frente a ella. Nadie habló ni se movió de la mesa, y en medio de ese silencio antiguo, apartado por un momento de la historia, creímos escuchar de nuevo los tiros que mataron pero hicieron vivir para siempre, entre nosotros, a Pedro Pérez.
Los motivos de Lobo
Aunque nací en la década de los cuarentas y apenas había cumplido veintidós años en 1968, el conjunto musical legendario de mi adolescencia no fueron los ubicuos Beatles, sino los ya olvidados Lobo y Melón. Es posible que, dentro de veinte años, Los Beatles le resulten al cambiante mundo tan desconocidos como Lobo y Melón son hoy para la humanidad bailante de su patria. Pero hubo una época de la ciudad de México en que ese desconocimiento hubiera sonado a estupidez o herejía. En aquel tiempo, las casas de la ciudad abrían sus puertas generosas a la celebración de cumpleaños y graduaciones, con tal fruición y frecuencia que era posible ir a fiestas todo el fin de semana, de viernes a domingo y de la tarde a la madrugada, sin haber sido invitado, mediante el simple recurso de ponerse traje y corbata, echarse a la calle y escurrirse con discreción en la primera fiesta que se cruzara, preguntando: "¿Ya llegó Roberto?".
Naturalmente, Roberto no existía, salvo para facilitar la impresión de que nos había citado por él en ese sitio y, por tanto, teníamos una especie de derecho natural a deslizamos hasta la cocina, pedir una cuba libre, inspeccionar las viandas y pasar luego al recinto propiamente dancístico para medir la intensidad y el atractivo de la fiesta, que podía consistir sólo en la mirada de alguna muchacha de buena familia, decidida, como uno, a dejar de serlo en cuanto lo permitieran las circunstancias. Si el alcohol era escaso, si las viandas eran pobres, si las muchachas eran tan decentes como uno, entonces uno podía seguir a la siguiente casa enfiestada, que solía estar en la misma manzana, para preguntar nuevamente por Roberto y reiniciar la inspección. Y así, hasta dar con la fiesta idónea a los caprichos de la caravana.
Bueno: en cada una de esas casas abiertas a la fiesta, en las divertidas y en las gazmoñas, en las ricas y en las pobres, en las alegres y en las taciturnas, en todas y cada una, como si uno pasara por diferentes canciones del mismo long play, los momentos culminantes del baile, de la sensualidad y de la diversión verdadera, que es la que quita los disfraces y reúne a la multitud en el eufórico olvido de sus nombres, venían unidos a la música y a las voces inolvidables de Adrián Navarro, Lobo, y Luis Ángel Silva, Melón, dos cantantes que habían armado el mejor conjunto de rumba del país y lo recorrían, en persona y en disco, haciéndolo bailar como nadie lo había logrado desde Pérez Prado y el mambo, veinte años atrás.
En aquella ciudad perdida y provinciana, Lobo y Melón encarnaron unos años fugaces el clímax de la furia tropical y romántica que por décadas, y aun por siglos, había llegado a México proveniente de Cuba. Al irse petrificando, la Revolución Cubana se llevó los sueños revolucionarios de mi generación, pero secuestró también algo más imperdonable y fundamentaclass="underline" la extraordinaria música cubana, su inmensa capacidad de alegría sensual, pegada a los humores fundamentales de la tierra, a la risa y al baile, al deseo y la urgencia del otro, a la comunión sudorosa de los cuerpos, devueltos por la música a la pulsión adánica de buscarse sin impedimenta, ligeros e inocentes en su vocación de excitarse al golpe de cadera de un danzón, de ayuntarse al ritmo frenético de un guaguancó, de añorarse más tarde en los vaivenes melancólicos de una habanera. "Llegó el Comandante y mandó parar", recuerda un orgulloso estribillo musical de la Revolución Cubana, aludiendo al fin de las miserias y los abusos en la isla. Entre las cosas que pararon se contó también la música viva de Cuba, la música de siglos, venida del principio de los tiempos, la música loca y profunda que parecía manar sin cortapisa del alma impura y creativa de la isla.
El crecimiento absurdo de la ciudad de México, por su parte, se llevó aquella nuestra ciudad de las fiestas ecuménicas, abiertas a los modestos intrusos que abusábamos de ellas; cerró las puertas de nuestras casas y volvió nuestras celebraciones un ritual endógeno, una colección de encierros familiares con recelosos derechos de admisión, impuestos por una vida urbana demasiado sacudida por la inseguridad, el crimen y la desconfianza, como para entregarse a sus ingenuos impulsos comunitarios de solidaridad y convivio.
También nosotros nos fuimos secuestrando y perdiendo en esos años -mi generación quiero decir, los nacidos entre 1940 y 1950. Fuimos perdiendo la soltería y la línea, el pelo y los sueños de una pronta solución a la injusticia esencial del mundo. Fuimos ganando peso, responsabilidades, familia, paciencia e ilusiones perdidas. Conservamos, sin embargo, al menos yo, a los amigos que aquella adolescencia fértil y extravagante nos legó, entre pleitos y desencuentros, como el mayor de sus dones.
Pienso ahora, particularmente, en Luis Linares, quien suplió, sin proponérselo ni saberlo, mis urgencias de un hermano mayor o un padre sustituto o un simple modelo a quien querer parecerse en la vida, mientras la propia vida nos enseña, irremediablemente, que no hemos de parecemos sino a nosotros mismos. Con Linares aprendí a fumar cigarrillos sin filtro y a beber sin perder el conocimiento; aprendí a adorar a las mujeres, a discutir y a leer no como un entretenimiento, sino como parte de la ingeniería de la propia vida; en su complicidad obtuve mi primer bienaventuranza sexual, y una larga pedagogía terrena sobre los bienes laicos de la vida: el amor y el desmadre, la libertad y el orgullo, la contención sentimental, la adicción a la fiesta, el valor de tener un punto de vista propio y defenderlo.
En la cercanía de Linares, obtuve también el conocimiento personal de Lobo y Melón, durante una de las célebres rumbeadas que se organizaban entonces en El Limonal, una casona del barrio de Coyoacán, propiedad de un viejo francés que combatía la evidencia entrecana de sus años llenando su casa de rumberos y licor, que a su vez atraían, como un imán, a racimos de muchachas encendidas y toda clase de especimenes de la golfería.
Recuerdo esa fiesta con peculiar precisión, porque no hice en ella otra cosa que mirar cantar a Lobo casi una hora, antes de que se fuera, con el conjunto, a cumplir su trabajo nocturno en el cabaret Run Run, que estaba en la Reforma, junto al Cine Roble, en un local que el terremoto de 1985 demolió y en donde, desde el cierre del Run Run, en los setentas, habían fracasado todos los negocios imaginables: un restaurante chino, un ristorante italiano, un lote de coches y cuatro centros nocturnos. Como si el declive de la rumba y de Lobo y Melón en la ciudad, hubiera creado su propio vacío irrellenable.