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– No digo más nombres -juró doña Luisa.

– Dinos qué pasó entonces con la muchacha Morrison -se resignó Luis Miguel.

– Ella no se llamaba Morrison -precisó doña Emma.

– Calla, Emma -suplicó doña Luisa, regateando su secreto y su relato. -No se llamaba Morrison -reiteró. -Tenía el nombre del capitán, que la reconoció antes de irse, pero ese nombre no lo diré.

– ¿Qué pasó entonces? -dije yo.

– Mandaron a la muchacha para Mérida a que le curaran su paludismo -siguió doña Luisa.- Pero la muchacha se asustó con lo que dijo Miranda que podía morir y se negó a que le sacaran al niño.

– ¿Y hubo boda? -pregunté yo.

– Hubo -dijo doña Luisa. -La boda más desdichada del mundo, porque ese mismo día, por la noche, el muchacho, que no tenía ya ninguna ilusión de luna de miel porque la había tenido tras la mata de plátano, se emborrachó, tomó una moto rumbo a Calderitas, se fue a estrellar en un manglar y un palo de esos lo cruzó por un flanco del pecho de lado a lado. Entonces, la familia del muerto juró vengarse del médico Miranda y, como tenían una posición importante en el gobierno, lo mandaron matar. Le echaron la culpa a Judith Laguna, diciendo que por celos lo había matado ella.

– ¿Por celos de quién? -preguntó Luis, mi hermano.

– Por celos de la muchacha Morrison -dijo doña Luisa. -Porque es verdad que, desde que vio embarazada a esta muchacha, el médico Miranda se dedicó a ella como si fuera su hija. Y cuando quedó viuda, el mismo día de su boda, prácticamente la adoptó. La llevó a su casa con todo y la madre, que vivía en una champita, en un bohío de guano por el cerro. Atendió su parto, la curó, la protegió. Meses después, la muchacha tuvo una niña, cuyo nombre también me callo. Pero la familia del padre muerto se negó a darle su apellido. El médico Miranda la bautizó entonces con el suyo. Naturalmente, aquella belleza jovencita en casa del médico dio de qué hablar. De eso se aprovecharon para decir que Judith Laguna lo había matado por celos. Pero la acusación era absurda, porque nada coincidía, ni la pistola, ni la hora en que se dijo que Judith lo había matado, ni nada. Entonces intervino el gobernador del territorio y prepararon las cosas para que Judith Laguna se "escapara" de la prisión. Y así fue. Estaba tan preparado el asunto, que Judith hasta vino a despedirse de nosotras y de tu abuelo. "Canta Judith", le dijo tu abuelo. Y se puso a cantar. Así de tranquila estaría el día de su fuga. No la volvimos a ver, ni supimos más de ella.

– ¿Y quiénes armaron todo eso? -porfié.

– Eso no lo puedo decir, ya te lo he dicho -recordó doña Luisa. -No conviene que lo sepas.

– ¿Razones políticas? -pregunté, ironizando por la extrema lejanía en el lugar, el tiempo y la política de los hechos narrados.

– En parte, hijo, en parte-dijo doña Luisa, volviendo con una risa al lugar de su secreto y a su fatiga desengañada y exhausta.

Un año después de aquella escena, encontré en la cantina Mar Caribe de Chetumal a un viejo amigo de la infancia que, al paso de una conversación sobre el pueblo anterior al ciclón de 1955, me dijo como referencia de dónde vivía: "Por donde la casa de la mulata Morrison". La historia inacabada vino a mí con nueva fuerza y empecé ahí mismo mi nueva pesquisa sobre el paradero de aquella estirpe.

– La hija se fue de aquí a vivir a Campeche, con un árabe comerciante de artículos eléctricos -me dijo Chicho Burgos, mi amigo de la infancia. -Y luego supe que se fueron a México. Creo que ahí están todavía.

– ¿Sabes el nombre del árabe?

– No -dijo Chicho. -Pero tu tío Raúl lo conoce muy bien. Hacían la tertulia en el mostrador de su tienda todas las noches.

De mi tío Raúl obtuve el nombre de Nahím Abdelnour. De Félix Amar, en la esquina de enfrente, la noticia de que Abdelnour había muerto a principios de los sesentas en la ciudad de México

– ¿Y su mujer? -pregunté.

– Casó de nuevo con un señor Enríquez -dijo Félix. -Un músico famoso de la ciudad de México.

El nombre pronunciado por Félix me hizo voltear por dentro.

– ¿Hablas de Raúl Enríquez, el director de la orquesta sinfónica de la Universidad?

– Creo que sí -dijo Félix.

– ¿Crees o sabes?

– Creo. Pero calma. Mi mamá sabe de cierto. Le preguntamos ahora mismo. ¿Por qué te pusiste pálido? ¿Dije algo malo?

– No -le dije. -Pero pregúntale a tu mamá.

De la casa que empezaba tras la tienda, vino doña Silvia Abdelnour, prima de Nahím, el segundo esposo de la hija de la mulata Morrison.

– Enríquez el músico, sí -confirmó doña Silvia. -El director de la orquesta.

– ¿La señora se llama Raquel? -pregunté.

– Así es -dijo doña Silvia, extrañada de mi excitación.

– ¿Y la hija? -pregunté de nuevo. -¿Cómo se llama la hija?

– La hija se llama Ramona -dijo doña Silvia.

– ¿La Monchis Enríquez? -acorté.

– La Monchis, de acuerdo -dijo doña Silvia, sonriendo. -Adoptó el apellido del último marido, pero es hija del primer matrimonio de Raquel. Una tragedia. No la puedes creer.

– Conozco la historia -dije.

– Y a la Monchis, ¿la conoces? -quiso saber doña Silvia, trasluciendo el brillo de antiguas y eficientes coqueterías. -Un bombón. Una belleza de serrallo. Debe ser mayor que tú diez años.

– Cuando yo tenía veinte y ella treinta, le aseguro que no se notaba -le dije.

– Esa es nostalgia de viejo -dijo doña Silvia, volviendo a iluminarse bajo los polvos sonrosados que avivaban la blancura inmaculada de su cutis.

Volví a la ciudad de México después de las vacaciones y al sábado siguiente, antes de la comida, encerré a doña Emma y a doña Luisa en su cuarto y les conté lo que había descubierto.

– Me falta un eslabón -dije.

– ¿Cuál eslabón? -preguntó doña Luisa sintiendo, con molestia amorosa, reabrirse la pesquisa.

– ¿Cómo supieron ustedes que yo anduve con la Monchis Miranda Morrison Enríquez?

– Nos lo dijo Raquel -dijo doña Emma. -Nos la presentó aquí en México tu tía Licha y la llevamos varias veces con María Conchita a que la orientara.

– Calla, Emma -dijo doña Luisa.

María Conchita era su cofrade espirita, su guía en los arcanos del mundo y la vida.

– ¿Por qué no me lo dijeron? -pregunté.

– Para no lastimar tu recuerdo de Ramona -dijo doña Emma. -Tu amor de entonces. Y ahora tu recuerdo. Porque según Raquel, te prendaste de Ramona, ¿así fue?

– Como el médico Miranda de su madre -dije. -Pero eso pasó, está olvidado. Ahora, a cambio de eso que no me dijeron, voy a contarles una cosa que hice en Chetumal.

– ¿Qué hiciste? -dijo doña Emma.

– Localicé la tumba del médico Miranda y fui a dejarle un recado escrito.

– Ay, hijo -dijo doña Luisa.

– Qué decía tu recado -preguntó doña Emma, más curiosa que compungida.

– Decía que si todo aquel infierno tuvo que pasar para que yo me encontrara a Ramona, había valido la pena.

Contuvimos las lágrimas y reprimimos caricias. Salí de su casa con una sensación de plenitud literaria y vacío sentimental. Estuvo bien. La verdad es que no había localizado la tumba del médico Miranda ni dejado un mensaje absolviendo la inutilidad de su trágica vida. Pero tampoco me había olvidado nunca de la Monchis Miranda Morrison Abdelnour Enríquez, Ramona de todos los nombres y todos los pasados, mi Ramona.

Pasado pendiente

Íbamos a salir temprano a Monterrey, pero habíamos celebrado juntos la noche anterior, hasta muy tarde, no sé qué felicidad ahora olvidada, de modo que a las seis de la mañana, mientras el sol crecía rojo y redondo sobre los hangares neblinosos, veníamos al aeropuerto metidos en nuestras propias brumas, hendidas a su vez, como las de la mañana, por el rojo residuo del alcohol y la vaga aspiración del sueño. Inútil esfuerzo: el avión, como siempre entonces, tenía un retraso previsto de cuatro horas, así que nos fuimos a un extremo desierto de la sala de espera y acampamos en una hilera de asientos vacíos, para dormir torcidos las dos horas que nos faltaban.

Despertamos en efecto a las dos horas y faltaban todavía dos para abordar, así que le dije a Lezama, aunque fueran las diez de la mañana: "Esta situación exige un wisqui doble", a lo que Lezama replicó críticamente, con su habitual fervor abstemio: "Y una cuba doble para mí". Bebimos rápido la primera, como para despertar, al cabo de lo cual comenté filosóficamente: "Quiero otra". Con su habitual moderación alcohólica, me respondió Lezama: "Doble también para mí". Las pedimos y volvimos, por fin serenos, a nuestro rincón desértico, silenciosos todavía pero ya tocados por el fuego sagrado de la euforia que recordábamos de la noche pasada y que anticipaba su fiesta para el día por transcurrir.

– ¿Cómo se escribe una novela? -dijo de pronto Lezama, entre sorbo y sorbo de la cuba que mantenía pegada a sus labios, como quien sorbe café caliente en el frío de la madrugada.

– Escribes una cuartilla todos los días -le dije. -Al año tienes 365 cuartillas, suficiente para una novela de 365 cuartillas.

– En serio, cabrón -dijo Lezama, sonriendo.

– En serio -dije yo. -¿Para qué quieres saber?

– Creo que tengo que escribir una -dijo Lezama.

– ¿De qué se trata? Mejor dicho: ¿cuántas cuartillas va a tener?

– No sé, cabrón. Nada más sé que creo que tengo una novela.

– ¿Pero qué tipo de novela? -dije. – ¿Tipo La guerra y la paz o tipo El viejo y el mar?