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– Y empezó el éxito -dijo Linares.

– Empezó el éxito -dijo Lobo. -Mejor dicho: llegó. Llegó casi de un mes para otro. Me encontré con Melón, formamos nuestro conjunto y empezamos a tocar en fiestas y donde se pudiera. Casi todos los días teníamos, a veces hasta dos tocadas. Empezamos a cobrar más y a meter nuestros propios arreglos. De pronto, en el curso del mismo mes, nos cayó una propuesta para grabar un disco y otra para tocar en un centro nocturno de la ciudad de México, ganando el triple de lo que ganábamos. Pues de ahí para el reaclass="underline" tuvimos llenos sin parar en el centro nocturno y cuando salió el primer disco, pás, en una semana diez mil discos vendidos, cincuenta mil en dos meses y cien mil ese semestre. Y la avalancha de lana y chamba y presentaciones. Y muchachas. El año del 59 fue el gran año para nosotros. De pronto estábamos en las fiestas de todo México y todo México venía a vernos, donde nos presentáramos: en giras, en bailes de gala, en centros nocturnos, en los bailaderos populares, en todas partes… Menos en Tlacotalpan. Porque no quería yo volver a Tlacotalpan, sino hasta que ese éxito fuera abrumador. Pero el éxito nunca es abrumador, Linares. Siempre quiere más, siempre está insatisfecho, exige siempre más de lo que tiene. Es como algunas mujeres, como las mujeres que valen la pena. Entonces no quería ir a Tlacotalpan, hasta que vino un día Melón y me dijo: "Tenemos esta oferta de tu pueblo hace un año. Empezaron ofreciendo menos que nadie y ahora pagan dos veces más que cualquier otro pueblo". "No es un pueblo, cabrón", le dije yo. "Es mi ciudad natal". "Igual pagan el doble", me dijo Melón. "Ya firmé que vamos. Si tú no quieres venir, yo voy solo. Total, cobro la mitad de lo que ofrecen pero gano doble, porque no voy a compartir contigo". Me mató con ese argumento. No por el dinero, porque el dinero nunca me importó ni me importa ahora. Me mató porque puso las cosas como eran, a ras de tierra.

– Y porque sabías ya lo de la quiebra de Monchorro -dijo Linares, que había escuchado la historia unos días antes.

– ¿Cuál quiebra de Monchorro? -pregunté yo, que no la había escuchado.

– La quiebra de su familia -precisó Lobo. -El papá se metió en un lío de juego y el tío hizo un fraude de no sé qué. El caso es que vendieron la mitad del centro de Tlacotalpan, que era de ellos y la fortuna se fue al caño. Se la llevó el Papaloapan, como decían allá cada vez que algo se perdía: gallina, mujer o riqueza. Monchorro conservó suficiente para poner una tienda de abarrotes y quedarse con una casa de las afueras, lo cual, para los Robles, su familia, era como vivir en el resumidero del río, en la mandinga, en la mierda. Ellos, que habían vivido por generaciones en el corazón de Tlacotalpan. Pero tiene razón Linares. Yo me había enterado de esa quiebra y, te lo confieso, hermano -me dijo a mí, como si me debiera esa lección y quisiera evitarme su comprobación en carne propia-, te lo confieso: por eso fui, no por otra cosa: porque quería llegar en triunfo, como me había propuesto, y verlos quebrados, viviendo en las afueras, donde yo había vivido siempre. Para mí eso había sido mi orgullo. Pero para ellos era la humillación. Y para mí, mi triunfo. Así de simple y triste es la venganza, mi hermano. Una mierda. Y un goce terrible. Así de simple. Llama al mesero que nos ponga gasolina.

No hizo falta. El mesero estaba ahí junto, escuchando la historia y escuchó también la orden de Lobo, que seguía pidiendo por adelantado, cuando le quedaba todavía una copa sin probar en la mesa.

– Así fue, mi hermano -dijo Lobo, antes de emprenderla con ella.

Se quedó un rato callado, pasándose el dedo índice por el labio inferior, primero como si recordara cosas autónomas de su relato que lo hacían reír, luego con un gesto obsesivo y enfático, que deformaba su rostro.

– Entonces llegaron a Tlacotalpan -dijo Linares, desatando ese remanso de silencio imbécil y a la vez conmovedor, como si en él viviera todo el estupor de Lobo por el desenlace de su propia historia.

– Llegamos, mi hermano -dijo Lobo, llegando efectivamente a la orilla de su laguna. -Y era una fiesta Tlacotalpan, como si estuviera de carnaval. Los barcos en la ribera tocaban sus sirenas, repicaban las campanas de la parroquia, los niños de la escuela estaban formados haciendo valla y todos los conjuntos del Papaloapan tocaban a nuestro paso nuestras canciones. No puedes imaginar lo que fue esa llegada en nuestro autobús al centro. Era la rumbeada más grande del mundo, mi hermano. Te digo: como carnaval. Y así siguió, toda la tarde y hasta la noche. Cuando pusimos nuestros instrumentos en la plaza de armas, había una multitud como de mitin político. Y en cuanto echamos el primer acorde, todos a bailar. Pura rumba, mi hermano. Ni una suavecita les echamos, pura rumba y guaguancó y africanadas. Y a sudar, mi hermano. Sudaron toda la sangre negra de Tlacotalpan esa noche, mi hermano. Veías ancianas y gente mayor moviendo el bote como si trajeran cuerda, horas y horas, hasta la madrugada. No nos dejaban ir, y no nos queríamos ir tampoco. Les tocamos tres veces todo el repertorio, hasta que Melón dijo: "Ya estuvo. Vámonos", y nos escurrimos al hotel sin decir nada, metiendo poco a poco a los suplentes para que la música siguiera sin nosotros. Llegué al hotel afónico, vaciado, feliz como no recuerdo haber estado nunca. Y para coronar la fiesta, quién crees que estaba esperándome ahí, en el lobby.