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Nos despedimos de Lobo ya de madrugada, en las afueras del antro. Linares me llevó a mi casa, con su estoico chofer dormido atrás. No hablamos en el camino. Tampoco volvimos al antro la semana siguiente, como habíamos prometido.

Casi un año después, llegó al periódico la noticia escueta de que Adrián Navarro, mejor conocido en el ambiente artístico de los años sesenta como Lobo, había muerto durante un descanso de sus shows en un cabaret de la ciudad de México, donde seguía presentándose. Llamé a Linares para decírselo. Nos dolimos de nuestra indiferencia y de no haberlo ido a escuchar de nuevo. Traté de escribir entonces un relato contando la historia que Lobo nos había regalado. No pude. Hice sólo una mención adolorida de su muerte, en el cuerpo de un artículo sesudo que se quejaba, retóricamente, por no sé qué falsa calidad perdida de nuestra vida pública. Cuando lo leí al día siguiente, pensé que Lobo no lo hubiera entendido y reconocí sin más mi deuda con su historia, esa deuda inefable cuyo monto de dicha y desdicha no he podido pagar sino hasta ahora, cuando todo aquel mundo se ha ido pero queda sin embargo para siempre, como la rumba, en nuestro cuerpo y en nuestro corazón.

El camarada Vadillo

Para Álvaro Ruiz Abreu, primer arqueólogo inoficial

de José Revueltas y, por tanto, del camarada Vadillo

Antes de que lo tomaran preso en 1968, el escritor José Revueltas vivió dos meses clandestino en la casa de Arturo Cantú, a unos pasos de la glorieta Mariscal Sucre, en la ciudad de México. Esa glorieta se ha ido hoy de nuestra ciudad pero no de nuestra memoria, que vuelve nostálgicamente a ella y la recobra verde, casi negra, de tantos árboles y jardineras, con sus escaleras de granito y sus leones de bronce protectores de la paz gritona de los niños. Una dicha vacuna y materna reinaba dentro del perímetro floral de la glorieta, separándola así, como a nosotros el 68 y a Revueltas su trenza de sueños para el futuro, de la verdad violenta y reaccionaria del mundo.

Arturo Cantú trabajaba en El Día, un periódico que en su momento, por simpatías presidenciales, ayudó a fundar el senador Manuel Moreno Sánchez, para que criticara al gobierno y rompiera la unidad conservadora de la prensa nacional, tan proclive a las notas solemnes de la ceguera oligárquica y a refrendar sus prejuicios en cocteles de la Embajada americana. Cantú coordinaba la página cultural de El Día y era el autor secreto de uno de los palíndromos más naturales que registra el idioma castellano:

Sana tigre vas a correr rocas a ver gitanas

Si ponemos aparte la mesura norteña del alma de Cantú, diestra en la irónica frecuentación de los abismos, es difícil saber por qué Revueltas escogió su casona para refugio. Indiciado como reo peligroso desde la toma militar de la Universidad, en septiembre de aquel 68, y buscado por todas las policías de la capital, acaso Revueltas sólo quiso poner en práctica la lunática sabiduría policíaca de aquel cuento de Poe, según el cual el mejor sitio para esconder algo es el que todos pueden ver. Lo cierto es que la casona de Cantú vivió su clandestinaje revueltiano del más aparatoso y visible de los modos. El pequeño estudio donde se instaló Revueltas, que Cantú había acondicionado sobre el garaje, en un rincón profundo de la casa, llegó a ser el más frecuentado escondite de la historia moderna de México, una especie de santuario laico por el que desfilaban los líderes prófugos del movimiento estudiantil igual que los periodistas extranjeros ansiosos de una entrevista con el escritor perseguido, renovado gurú de la disidencia mexicana.

El corazón aventurero de Revueltas había empalmado sin esfuerzo con el trasfondo anárquico de la marea juvenil de los sesentas, aquella loca y brusca necesidad de sacudirse que purgó las entrañas inmóviles del milagro mexicano, anunciando su término. Al amparo de la permisiva y tolerante presencia de Revueltas, las más extravagantes necesidades personales de miembros del movimiento eran satisfechas en el refugio de Cantú. Su hospitalaria clandestinidad empezó a serlo por igual para reuniones políticas del más alto nivel y para urgencias amorosas de parejas que pedían posada, en busca de un catre desvencijado donde cumplir el mandato lujoso de sus cuerpos.

Antes de dos semanas, dormían regularmente en casa de Cantú, además de Revueltas, cuatro o cinco inquilinos trashumantes, cuyos rostros y atuendos cambiaban cada noche, a diferencia de su efectiva estrategia de ocupación, que ampliaba su dominio día con día: pasaban de la sala a las recámaras, de la timidez a la familiaridad y de la presencia ocasional a la invasión sistemática. Pasadas tres semanas de inútil resistencia, la familia de Cantú optó por retirarse del sitio y esperar en Monterrey, mil kilómetros al norte de la ciudad de México, una solución providencial a la extraña tarea que les había asignado la historia.

Una vez desplazados del campo los únicos representantes de la normalidad, la casona rindió sus torreones a la incandescencia social de la hora y celebró sin pudor sus libertades caprichosas, guiadas por el ánimo festivo de Revueltas, y por el genio elocuente que dominaba su espíritu. Trabajaba todo el día, hablando y escribiendo sin parar: dando entrevistas o calentando discusiones, escribiendo manifiestos o volantes, artículos para los periódicos o cartas para compañeros a los que otros compañeros verían durante el día, y llevando un cuidadoso registro, en su libreta de taquigrafía, de lo que otros hablaban, sugerían o proponían. De modo que, hablando o escribiendo, pasaba todo el día dando salida a la corriente continua de las palabras que eran el verdadero fluido de su cerebro proteico, capaz de todos los tonos, a la vez bullente y ordenado, juguetón y solemne, teórico y narrativo, volcado por igual sobre sí mismo y sobre la vasta solicitación de lo real.

A las ocho de la noche, libre de su rutina, Cantú volvía del periódico a la casa tomada, compraba una botella de tequila en la licorería cercana y se disponía, con Revueltas y la gente que hubiera, al único ritual invariable del día: beber y conversar sin agenda hasta las once de la noche, hora en que Revueltas, con rigor calvinista de reloj suizo o comandante en batalla, daba por clausurada la tertulia y se retiraba a teclear las últimas ocurrencias sintácticas de su duende infatigable.

Revueltas era entonces un mito viviente, el escritor mexicano más próximo a los candores de nuestra imaginación libertaria. Tenía cincuenta y cuatro años, y era a nuestros ojos la encarnación quintaesenciada de un gran autor maduro, forjado a contracorriente. Había luchado y perdido solo todas las batallas de la heterodoxia y la libertad que hubiéramos podido desear, como parte de nuestro destino en la tierra. Por decisiones del gobierno, había sufrido miserias y cárceles en castigo de su militancia comunista. Pero dentro de la jaula del comunismo mexicano, había pagado también con calumnias, expulsiones y ostracismo su continua inclinación a la herejía. En los años cuarenta, por censuras y miserias de sus compañeros de partido -el Partido Comunista Mexicano, al que perteneció toda su vida y especialmente los años en que no formó en sus filas- había retirado de la circulación una obra de teatro, El cuadrante de la soledad, y había incurrido en la autocrítica estalinista contra una de sus novelas magnas, Los días terrenales.

El timbre único y terrible de su voz, se había impuesto tanto a la exclusión política gubernamental como a la ortodoxia inquisitorial de sus camaradas, y nos había enseñado a mirar, en los sesentas, el paisaje desolado y profundo de su obra. Mi generación leyó erróneamente esa obra como una extensión puntual del personaje que admiraba, el José Revueltas que había encontrado en el 68 -tarde y solo otra vez, cuando sus contemporáneos buscaban ya la consagración o la rutina- una nueva ocasión de probar sus anhelos contra las fuerzas petrificadas de lo establecido y de echar sobre la mesa su eterna apuesta juvenil y heterodoxa por el cambio, la vida y la revolución. Pero había otras cosas en esa voz, el eco quebrado de un mundo antiguo que a nosotros, en verdad, nos era desconocido, con su dolor religioso y su rara búsqueda laica del absoluto en el bosque de fantasmas que, según Novalis, pobló el cielo del hombre a la muerte de Dios.

Gracias a ese malentendido, yo, como muchos otros, tuve entonces frente a Revueltas la delirante pasión personal que no he vuelto a tener por otro escritor: la necesidad casi física de conocerlo y estar junto a él, oírlo, saludarlo, mirarlo de cerca, tener su autógrafo, guardar la servilleta donde hubiera garabateado, mientras hablaba o escuchaba. Así que en cuanto supe -por indiscreción de Adolfo Peralta, el precoz trotskista y filósofo de Atasta (Campeche)- que Cantú guardaba en su casa ese tesoro, desplegué la estrategia cansina que al final me condujo por vez primera y única a la presencia sagrada de Revueltas.

Consistió esa estrategia en la más ridícula de las astucias. A saber:

Yo era colaborador de las páginas culturales de El Día y llevaba tres veces por semana mi colaboración a Cantú, generalmente al mediodía, con el cálculo, casi siempre satisfecho, de ver la nota publicada al día siguiente, porque entre la una y las seis de la tarde Cantú escogía los materiales de la edición. Cuando supe de la ocupación de su casa por el circo clandestino de Revueltas, cambié mi horario de entrega y empecé a llevar mis textos por la tarde, media hora antes de que Cantú terminara su trabajo. Era el único y abyecto propósito de mi cambio de horario salir con Cantú del periódico y abordar juntos el camión, con la esperanza de que alguna vez, al bajarme yo del autobús donde me tocaba, unas calles antes de Cantú, Cantú me dijera: "Hombre, por cierto: tengo a Revueltas en la casa y yo sé lo que lo admiras. ¿Por qué no vienes a verlo conmigo?".