– Pero si era el paraíso -recordé yo.
– El paraíso también estaba dejado de la mano de Dios -acudió, herética y sonriente doña Emma. -De otro modo, no habría pasado ahí lo que pasó.
– ¿Pero qué pasó con la hija del Peruano y Pedro Infante? -insistió Emma, mi hermana.
– Pasó -siguió doña Luisa -que uno de esos días de fiesta en casa de Almudena por la llegada de Pedrito, se presentó Violeta con su cajita de chicles, a ver qué podía vender o comer. Pues no bien la vio Pedro Infante, que sabía lo que eran las bellezas del cine mexicano, va y le pregunta a Pepe Almudena, "¿Qué es eso, compadre? ¿Dónde tenían escondida esta creación del Señor?". "Es la hija del Peruano, que no conoces", le contesta Pepe Almudena. Entonces Pedro Infante, que además de pelma era un cuzco, se va de cuzco a donde la Violeta, la toma del brazo, la lleva a la mesa donde iban a comer en casa de Almudena y empieza a hacerse el gracioso con ella. Pero no bien empieza la chamaca a hablar, Infante se da cuenta rápidamente de que tiene entre manos a una chiquilla, nada más. Entonces le cambia el interés del principio, pero igual decide que la mocosa se quede con ellos hasta el fin de la comida, porque es la cosa más bella que ha visto en Quintana Roo. Y ahí se pasa la comida admirándola, rendido ante la belleza de Violeta, la hija del Peruano. Tanto es así que al final de la comida le dice: "Me has alegrado los ojitos como pocas cosas, criatura, y te voy a hacer un regalo. ¿Qué se te antoja?" Y va Violeta y le contesta señalando a Araceli, la hija de Almudena: "Quiero lo mismo que La Gallega". Infante le había traído esa vez de regalo a La Gallega, la hija de Pepe Almudena, una muñeca holandesa de porcelana, una de esas muñecas de colección, con articulaciones en hombros y tobillos y unas facciones tan perfectas, tan expresivas, que en cualquier momento podían arrancarse a hablar. Le había entregado el regalo al llegar y ahí se había estado Araceli jugando con su regalo a la vista de todos. Bueno, pues el mismo tiempo que Pedro Infante pasó admirando a Violeta, Violeta lo pasó hipnotizada por la muñeca que La Gallega acunaba en sus brazos, vestía y desvestía, mostraba y celebraba, pero no dejaba que la tocara nadie, Violeta menos que nadie. De modo que cuando escuchó la oferta de Pedrito, sin pensarlo dos veces Violeta le dijo: "Quiero lo mismo que La Gallega". Se quedó Pedrito de una pieza, sin saber qué hacer, a la vista de todos. "Pues ahora sí me fregaste, criatura", le dice a Violeta. "Cualquier cosa pídeme menos la muñeca, porque no traigo otra y esta ya la di". Entonces Violeta se hace ovillo y empieza a llorar, a llorar de tal manera que la gente se asusta, le preguntan si le duele algo, pero Violeta sólo llora y llora, hasta que Pedro Infante se acerca a consolarla y le dice: "Me parte el alma verte llorar así y ser tan burro, m'hija. Esta muñeca no te puedo dar, pero te prometo que la próxima vez que venga a Chetumal, y voy a venir al fin del mes, te voy a traer a ti una muñeca como esta. Y para que no digas que es una pura hablada, orita mismo te voy a comprar la mejor muñeca que haya en Chetumal y te la dejo en prenda de la otra que te voy a traer. Pero no llores, que te pones fea. Aunque la verdad, criatura, hasta llorando y moqueando eres una bendición de Dios". Bueno, pues se calmó Violeta y Pepe Almudena mandó a uno de sus empleados a buscar la muñeca sustituta. Pero era domingo y todo el comercio en Chetumal había cerrado, además de que muñecas y juguetes en Chetumal no había más que por Navidad o cuando mandabas pedirlo al lado inglés. Así que el empleado regresó diciendo que no había una sola muñeca en todo el pueblo, la única que había localizado era la que estaba hace meses en el aparador de la Casa Aguilar, la tienda de tu abuelo, pero la tienda estaba cerrada y quién sabe si quisieran venderla, porque no se la habían vendido a nadie en ese tiempo. Entonces Almudena le mandó un recado a tu abuelo Aguilar explicándole la cosa y tu abuelo ordenó abrir la tienda y darle la muñeca al empleado de Almudena, una muñeca muy bonita también, pero sin punto de comparación con la otra. Pues muy bien, le dan su muñeca a Violeta, se termina la fiesta, Pedro Infante se trepa a su avión de regreso a Mérida y todo el mundo en paz y contento.
– Pedro Infante, corazón del pueblo -dijo Luis Miguel insistiendo en la tesis del ensayo de mi amigo, que también conocía.
– Vas a ver tu corazón del pueblo -saltó doña Emma. -Que te cuente tu tía lo que pasó en el corazón del pueblo.
– Pues eso es lo que queremos saber: ¿qué pasó? -dijo mi hermana Emma.
– Lo que siempre pasa, lo inesperado -dijo doña Luisa. -No bien llegó Violeta a su casa con la muñeca de la Casa Aguilar, el Peruano se le fue encima vuelto una fiera, gritándole, zarandeándola, preguntándole de dónde había sacado aquella muñeca. Le contesta la pobre muchachita que se la había regalado Pedro Infante. "Mentira", le grita el Peruano. "Te la dio el tal por cual de Epitacio". "Me la dio Pedro Infante", contesta lloriqueando Violeta. "Confiésame la verdad", le grita el Peruano. "Dime si te la dio Epitacio", y empieza a golpear a Violeta, borracho como estaba, como siempre.
– ¿Pero quién es Epitacio? -preguntó mi hermana Emma.
– Epitacio era el capataz de tu abuelo Aguilar, un miserable que no lo puedes creer -accedió doña Luisa. -Un hombre malo y pervertido que sólo tu abuelo Aguilar podía controlar. Papá decía, elogiando a tu abuelo Aguilar: "Lupe es la única persona en Chetumal que puede sacar algo bueno de ese albañal llamado Epitacio Arriaga". Y así era. Don Lupe tenía domado al tal Epitacio, lo trataba como a un perro y como un perro Epitacio le era fiel. Cada vez que había una cosa miserable o peligrosa que hacer, tu abuelo Lupe mandaba a Epitacio. Si había que tirotear a los negros que se robaban las trozas de madera del Río Hondo, con Epitacio se apostaba tu abuelo Aguilar a cazar negros. Si había que sacar borrachos de la cantina, Epitacio llegaba a sacarlos. Si había que cobrar dinero a pagadores remilgosos, Epitacio iba de cobrador. Y ahí lo tenía tu abuelo como perro de presa a la entrada de la tienda, que era también de la casa, esperando sus órdenes. Siempre repelando, pero siempre obedeciendo, y trabajando como Dios manda, en lo que se le ofreciera a don Lupe. Pero fuera de esa como servidumbre con tu abuelo, una servidumbre yo digo más mental que otra cosa, Epitacio era un ser abominable. El tiempo que no estaba en casa de tu abuelo, lo pasaba en el congal del pueblo hablando de sus hazañas y atormentando a las mujeres de ahí, pidiéndoles cosas perversas, lastimándolas. Había estado en la cárcel, porque el día de su noche de bodas golpeó a su mujer tanto que la dejó paralítica. Según él, no había sido señorita cuando se casaron y lo había engañado. Él, su obsesión, eran las mujeres, las jovencitas en particular. No había muchacha joven y pobre en el pueblo, porque no se metía con las ricas, que no fuera recibiendo propuestas obscenas de Epitacio, según pasaban por la calle o se las topaba en un baile o se acercaban al mostrador de la Casa Aguilar a comprar algo. Una obsesión enferma y puerca de ese hombre por cualquier cosa joven con faldas que le cruzara enfrente. Un degenerado, un pervertido. Y la que caía en sus redes, casi siempre por dinero, no creo que ninguna de aquellas infelices lo hiciera por gusto o placer, mucho menos por amor, era después la única materia de su conversación en dondequiera, cómo era fulana y cómo había estado con él y esto le había hecho y aquello le había tornado, con una majadería y una vulgaridad, que no lo puedes creer.
– Esa es la palabra exacta: vulgar -apuntó doña Emma. -Epitacio era sobre todo un hombre vulgar, un hombre corriente. Repugnante de tan vulgar y tan corriente.
– Y también de mala índole, Emma. Tenía el alma torcida y retorcida -aceptó y agregó doña Luisa. -Porque no hubo en toda la vida de ese hombre, una sola cosa limpia y normal, aparte de su lealtad perruna a don Lupe. Todo venía sucio, turbio, sudado y enlodado.
– Bueno, pero qué pasó -volvió a urgir mi hermana Emma.
– Pues que el Peruano, borracho como estaba, tomó el machete y fue a buscar a Epitacio -siguió doña Luisa- convencido de que Epitacio había intentado o logrado algo con Violeta. Y va rumbo al aserradero de tu abuelo, allá del otro lado del muelle, donde dormía Epitacio en la caseta de vigilancia y toca la casualidad de que esa noche, siendo domingo, Epitacio no anda en el burdel como acostumbra, sino que está durmiendo la mona del día anterior. Se mete el Peruano a la caseta y, antes de que los otros trabajadores lo detengan, alcanza a darle a Epitacio dos machetazos, uno en la mano que le lleva dos dedos y otro en la espalda.
– Ay qué espanto -dijo mi hermana Emma. -Pobre hombre, qué vida.
– ¿Pobre Epitacio? -pregunté yo.
– No, pobre Peruano -dijo Emma.
– Pero si el Peruano fue el que le dio de machetazos -dije
– Pero por su hijita -dijo Emma.
– Por borracho -dije yo.
– Bueno, sí, por borracho, pero por su hijita -siguió enternecida Emma.
– Bueno -siguió doña Luisa -los hombres se llevaron al Peruano a la comisaría y a Epitacio al hospital. Le pararon la hemorragia a Epitacio que perdió dos dedos limpios, el índice y el pulgar, se conoce que metió la mano para detener el machetazo. La herida en la espalda no era muy profunda, más grave resultó lo de la mano. Mientras curan a Epitacio en el hospital, al Peruano lo interrogan en la comisaría. "¿Por qué quisiste matar a Epitacio?", "¿Qué te hizo Epitacio?", "¿Alguien te mandó o lo hiciste por tu cuenta?" Porque todo Chetumal estaba lleno de sospechas. Nadie hacía ahí una cosa por su cuenta. Era terrible. Todos los actos tenían una doble o una triple intención. Así era Chetumal. Pero el Peruano no dijo una palabra, se quedó callado, sumido en su borrachera y en su terquedad, repitiendo sólo que no iba a decir nada, que no iba a decir nada, que lo metieran a la cárcel si querían, que él había hecho lo que debía hacer y que no iba a darle cuenta a nadie de sus actos.