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Unos años después de aquellas iniciaciones, prófugos ya los dos del mundo de la Ibero, fue acaso inevitable que me encontrara con Ana Martignoni en una rumbeada universitaria del Pedregal. Más escandalosa y sobreactuada que borracha, en medio de la euforia sindicalista y tropical del ágape, bailaba sola a media pista, con maña y saña pélvica que hubiera ruborizado a Ninón Sevilla. Y cantaba, gritando, los versos imposibles de Amalia Batista:

A mí no me agarras tú, porque no me da la gana porque te tiro te tiro la palangana a ritmo de guapachá.

Nos conocíamos de la Ibero. Yo había atestiguado sus primeras incursiones analfabetas en la psicología freudiana y en el evolucionismo teológico de Teilhard de Chardin; había admirado el color y la forma, para mí inhibitoria, de sus brazos y sus muslos; había maldecido mi temor, mis complejos, mi ropa, mi falta de dinero para invitarla a bailar, descorcharle una botella de champaña, ofrecerle una suite en Acapulco o al menos una cena en el café rojo de la propia Ibero, que costaba más que el blanco porque había luz indirecta y servían licores.

Esperé que terminara su solo de rumba en la pista y la alcancé en la barra que habían instalado al fondo. Como tantos hijos de escuelas jesuitas, yo había hecho en esos años una modesta trayectoria intelectual dentro de la izquierda mexicana y ella una escandalosa fama pública que la había vuelto accesible a mi imaginación de soltero hambriento y envanecido. Me dio besos en las mejillas y palmadas en la nuca: -Mi compañerito -dijo, imitando el coloquialismo clásico del escritor José Revueltas, que moriría ese año. -¿Cómo estás, qué te tomas?

Pedí una cuba.

– Me encantó lo que escribiste de Cosío Villegas -dijo, después de servirla. -Pinche viejo liberal.

– Era un elogio -dije. -Me gusta su liberalismo.

– Qué te va a gustar, mi rey. Chinga que le pusiste al viejo ése. O leí tan mal que ni me acuerdo.

– No, también era una crítica.

– Es lo que yo te digo. Me encanta lo que haces. Quién me iba a decir que ibas a volverte luminaria de la izquierda mexicana.

– Un firmamento restringido -dije.

– Es el que hay, mi rey. Ni modo que nos dieran la Vía Láctea. ¿Viniste solo?

– Sí, pero pretendo irme acompañado.

– I like it, sir. Yes, I do -dijo Ana Martignoni, en su perfecto inglés texano. -Advierto, por lo que puedas intentar: yo también vine sola y eres la primera cosa interesante que veo en este firmamento restringido. ¿Quieres bailar?

Bailamos.

Ana Martignoni era alta y tenía los muslos y los brazos largos. Todo su cuerpo parecía la consecuencia bronceada de una educación liberal que había incluido la equitación y el nado, inviernos de esquí, veranos de buceo, otoños de cruceros por el Caribe. Cada una de esas cosas estaba aún en su piel color de nuez, en la pulida dureza de sus músculos, en el trapecio de sus hombros, en la delicada fuerza de sus caderas y en la sal de su olor que trasminaba, impuramente, la fragancia floral de su perfume.

– Pinche viejo liberal -insistió Ana, ronroneando, mientras acomodaba ese cuerpo flexible contra mí, y su perfil soñoliento sobre mi cuello. -Me encantó la chinga que le pusiste, mi rey.

– ¿Te encantó?

– Mjm.

– ¿Sobre todo la parte donde hablo de su crítica a Stalin?

– Sobre todo esa, mi rey.

– Pero él nunca hizo una crítica a Stalin.

– Qué importa, eso qué importa -musitó, siempre contra mi cuello, la Martignoni.

– Te estás equivocando de crítico. Yo nunca escribí eso.

– Pero no me estoy equivocando de señor -dijo Ana, ciñéndose más a mi cuerpo.

– Eso no.

– Pues ya ves, compañerito. Ya lo ves -como dormida o soñolienta en mi cuello. -¿A dónde me vas a llevar, mh?

– A donde quieras.

– A donde yo quiera voy sola, mi rey. ¿A dónde vas a llevarme tú, mh?

La llevé a un hotel de Tlalpan. Ahí nos hicimos el amor como quien se da barrocamente la mano, ejerciendo sobre nuestros cuerpos toda clase de suertes externas y vanidosas audacias de manual. Estaba un poco ebria y al terminar un poco melancólica, supongo que por haber ratificado la dolorosa frigidez de su cuerpo, que iba tirando al paso de quien se cruzara por ver si en alguno de esos enganches el muro de hielo dejaba florecer la hierba dulce y rabiosa del deseo. Se tapó con la sábana hasta el pecho, púdica por primera vez desde nuestro encuentro y la vi fumar en silencio, blanqueada a medias por un cuadrángulo de luz neón que entraba de la calle por la ventana, los grandes ojos verdes, fijos en el llano de su absurda soledad.

– Pide unos tragos -dijo. Para distraerme, supongo.

Los pedí y me distraje esperándolos, recibiéndolos, llevándolos a la cama.

– Te has dejado engordar -me dijo.

– Voy a hacer ejercicio.

– No, estás bien -dijo Ana. -Pero no te dejes más. Yo te doy un masaje, ven. -Empezó a frotarme las lonjas, echado boca arriba, desnudo. -No necesitas más de un centímetro. Con un mes de masajes para reducir te quito lo que te sobra. Me gustabas en la Ibero por flaco. Eras alto, moreno, muy atractivo.

– Eso me hubieras dicho entonces -le dije.

– Con un guiño que me hubieras hecho, habría bastado compañerito. Mira que me cansé de echarte lazos.

– Tú estabas como en otro mundo -le dije. -Ana Martignoni era como una fantasía, un sueño encarnado por casualidad en una mujer. Era como tener enfrente a Grace Kelly.

– Pues no era más que una niña idiota ansiosa de ser querida.

– Además eras mi escándalo -le dije. -Vivía tu proximidad como la de una mujer que estuviera apartada. Eras la mujer de otro.

– Cuál otro, mi rey. No me salgas tú también con lo de Felipe Alatorre, porque te dejo de dar el masaje.

– Cuéntame de Felipe Alatorre -le dije.

– No te cuento. Es mi historia secreta.

– No me cuentes -le dije. -Nada más dime: ¿te acostaste con Felipe Alatorre?

– ¿Tú qué crees?

– Yo creo que no. Por supuesto que es una calumnia -dije.

– Por supuesto que no es una calumnia -dijo Ana, riendo. -Yo soy una mujer seria, compañerito. No ando esparciendo rumores, ni ejerzo amores platónicos.

– Cuéntame entonces -dije yo.

– Me acosté con él, mi amor. ¿Qué más quieres saber? -dijo Ana Martignoni, repicando de amor y de malicia.

– Todo.

– Todo, no.

– La primera vez -dije.

– La primera vez lo agarré en curva -dijo Ana, alzando la cabeza como un hermoso animal sediento que otea la proximidad del agua. -Fuimos a cenar a casa de Toni Pérez, en el Pedregal. Él puso como condición que nos acompañara Tere Alessio. Es decir: que yo fuera con Tere Alessio a buscarlo a él y con Tere Alessio a dejarlo después de la cena. Felipe vivía en la calle de Zaragoza, en la casa de la Compañía de Jesús, donde vivían todos, por Taxqueña. Pedía que fuéramos Tere Alessio y yo juntas por precaución, decía él, para no dar lugar a rumores. Pero con Toñeta Barrio iba solo a todos lados, sin acompañante. ¿Por qué? Porque Toñeta Barrios era fea como pegarle a Dios y no le inspiraba ni un pecado venial. Así que yo sabía.

– ¿Te halagaban sus precauciones?

– Me excitaban -dijo Ana, olvidando el masaje y sentándose en la cama, junto a mí. -Me prendían de una forma que no he vuelto a sentir. Perdón que te lo diga aquí y a ti. No estoy comparando. Pero no se siente otra vez como en esos años idiotas y aparatosos, ¿verdad? Un roce de la rodilla podía bastar para un orgasmo de días. Quiero decir: la comezón, el pálpito, la humedad cada vez que te acordabas, ¿verdad? Entonces yo sabía. Sabía que él estaba cuidándose de más, cuidándose de mí, y que eso también lo excitaba, ¿no? Entre más trancas me ponía, más ganas acumulaba de saltárselas, ¿no? Bueno. Pero esa vez sucedieron dos cosas maravillosas. La primera, perdón por la indiscreción, pero así fue: la primera, fue que esa noche, ya cuando estábamos en la cena, le bajó la regla a Tere Alessio. Dirás: ¿qué hay de maravilloso en eso? Bueno, nada, en realidad fue tremendo, porque le bajaba de una forma increíble a la pobre, con unos dolores y unos flujos que tenía que echarse en cama y ponerse a llorar. Lo maravilloso fue que, ya en la cena, cuando sintió venir sobre ella el desastre, sin decir nada Tere mandó llamar al chofer de su casa y, antes de que la cena se sirviera, mi chaperona ya estaba de regreso en su cuarto, tomando calmantes y con bolsas de agua sobre la panza para apaciguar sus cólicos. Desde su casa le llamó a Toni Pérez, la anfitriona, para explicarle la situación y Toni inventó entonces que le había dado un vahído. La segunda cosa maravillosa que pasó esa noche es que, ya al final de la cena, Felipe fue al baño y Toni me pidió, segundos después, que le trajera de la biblioteca un álbum de familia, para que viéramos sus fotos. A la biblioteca se llegaba por un pasillo estrecho, al que, además, le habían puesto mesitas y jarrones a los lados, de modo que apenas pasaba una persona. Pues cuando voy entrando a ese pasillo, descubro que Felipe viene a la mitad de él, porque en lugar de ir al baño de la sala había ido al de la biblioteca. Y ahí nos cruzamos. Pudo retroceder, pero no lo hizo. Yo tampoco: caminé hasta él; tratamos de esquivarnos en el pasillo, pero no pudimos. Quedamos frente a frente, pegados de perfil, los dos en el pasillo. Y así nos quedamos unos segundos, respirando como si hubiéramos corrido la maratón. Lo abracé para poder seguir caminando sin derribar un jarrón o atropellar una mesita. Entonces sentí. Sentí su erección y a inmediata continuación la vi en sus ojos. Me asusté. No te rías: me asusté como la virgen que no era, mordí mi rebozo de pena y seguí a la biblioteca. Me acuerdo que llegué a la biblioteca casi desmayándome, con un bochorno, un sofocón, de novela de Corín Tellado. Pero me repuse, me hablé a mí misma y regresé a la reunión. Hice como que nada pasaba, pero mientras veíamos las fotos del álbum de Toni, supe que iba a tener a Felipe esa noche, y ya no pensé más.