– ¿Lo tuviste esa noche? -pregunté.
– Esa noche -dijo Ana, iluminada de pronto por el recuerdo.
Tenía unos extraños ojos azules, enormes, separados, naturalmente irónicos y atentos, como los de Julio Cortázar y los gatos de angora.
– ¿Cómo lo tuviste? -pregunté.
– Eso es parte del archivo confidencial, compañerito -dijo Ana, riendo. -¿Para qué quieres saber cómo?
– Para escribir un relato y denunciar tu lascivia sacrílega -dije.
– Esa es la mejor lascivia de todas -dijo Ana. -La única -agregó, volviendo a irse por el canal metafísico de sus ojos. -¿Por qué no me pides otros tragos?
– ¿Cuántos tragos? -dije.
– Puede ser que dos -dijo Ana Martignoni.
Pedí una botella de wisqui etiqueta negra y pensé que al fin le estaba invitando el trago caro que había soñado invitarle durante todos los años de la Ibero. Recordé o inventé una cita de Proust, según la cual nuestros sueños se cumplen, pero se cumplen demasiado tarde, cuando se ha ido de nosotros la pasión que nos hizo engendrarlos y la ingenuidad que nos hizo confundirlos con el sentido mismo de nuestra vida.
– ¿Y luego? -dije.
– Y luego la gloria, compañerito -dijo Ana. -¿Qué quieres saber?
– Todo -le dije.
– Todo, nada más lo sé yo -dijo Ana. -Ni siquiera Felipe sabe bien lo que pasó. Eso es lo peor. Le jodieron la vida y ni siquiera entendió bien nunca cómo.
– Cuéntame la parte de gloria -pedí.
– Fue rapidísima, apenas me acuerdo -accedió Ana, con vivacidad. -Quiero decir: recuerdo eso como un relámpago, una fiesta de fuegos artificiales. Fue una ráfaga de dicha, de alegría, de juventud. Así la recuerdo. Pero no podría decir pasó esto, me dijo aquello. Nada. Tengo nada más escenas como de película. Lo veo venir por un pasillo desierto de la Ibero, muy tarde en la noche y abrazarme sin prudencia alguna. O lo veo acostado en la cama, el pecho desnudo, el vello rizado, leyendo un libro de Jacques Maritain, con sus espejuelos de viejito que usaba para leer. Guapo, guapísimo. Digo, sin agraviar lo presente.
– ¿Y qué pasó después de la ráfaga?
– Felipe floreció -dijo Ana, floreciendo a su vez. -Floreció como nunca. Llenaba auditorios de estudiantes ávidos de escuchar sus clases, llenaba iglesias de fieles ansiosos de escuchar sus sermones. Cuando lo nuestro empezó, Felipe Alatorre ya era la gran promesa jesuita de su generación. Tenía veintiocho años y era el asesor latinoamericano del padre Arrupe, el general de la Compañía. Era también candidato a la rectoría de la Ibero y el seguro sucesor del provincial de la Compañía en México. Era un dios, sobre todo comparado con la recua de jesuitas españoles franquistas que mandaban de Europa a la América Latina y comparado con la caterva de niños bien, engatusados en los colegios jesuitas para que entraran a la Compañía. Naturalmente, prosperó la envidia. Y atrás de la envidia, la típica intriga jesuita. Nos espiaron, nos vieron, nos fotografiaron, nos apuntaron días, horas, lugares. Y un miserable cuyo nombre no te voy a decir, un miserable cuya existencia bastaría para que volvieran a expulsar a los jesuitas de México y de la faz de la tierra, ese miserable fue a ver a mi papá, otro miserable de su calaña, a mostrarle el archivo de mis "relaciones" con Felipe Alatorre. Como tú sabes, mi papá es el fundador de la Ibero, él puso el dinero inicial del patronato y luego invitó a sus amigos a que aportaran; él construyó por su cuenta el primer edificio de la Universidad Iberoamericana en la Campestre Churubusco y creo que hasta él llamó a los jesuitas para invitarlos a lanzarse a la tarea. En algún discurso tuvo el cinismo o la cursilería de decir por qué hizo todo eso. Viendo crecer a su hija mayor, dijo en ese discurso, su hija mayor, o sea yo, pensó un día, con preocupación, dónde haría sus estudios profesionales esa hija suya. Y se le hizo evidente entonces, ante el desastre ideológico y educativo de la Universidad Nacional, que no había para las nuevas generaciones dirigentes de México una universidad apropiada, de alto nivel académico y adecuada fisonomía moral. Mi padre hablando de moraclass="underline" ¡el burro hablando de orejas, carajo!
– Ahí está nuestra botella -dije, al oír que tocaban en la puerta. Recogí el servicio y serví: -Te estoy escuchando, sigue.
– Ay, me da erisipela -dijo Ana. -Lo recuerdo y me vuelvo a enervar. Hace años que no pensaba en eso. Con detalle, quiero decir. Y ahora que lo reviso me vuelvo a dar cuenta del horror que fue. Una porquería.
– ¿Qué le dijo tu papá al miserable? -pregunté, llevándole con diligencia servil un wisqui bien servido y tratando de volver a los hechos, que tienen sobre nosotros la ventaja moral de no saber cómo los juzgamos.
– Eso por lo menos estuvo bien -dijo Ana, riendo. -Su primera reacción fue contra el miserable. Hizo como los emperadores chinos que mandaban matar al mensajero que les traía malas noticias. Pues así: le dio un puñetazo en pleno hocico al miserable, que fue a caer por allá con un diente menos. Por lo menos, carajo. Pero luego, claro, mi papá vio el informe que le traían, y ahí venía todo. En ese asunto me di cuenta, pero más tarde, claro, no en el momento, de quién era en verdad mi papá, de su capacidad de cálculo, su frialdad, su dureza. Porque a mí no me dijo nada, ni una palabra. Tan cariñoso y tan neurótico como siempre. Miento: encantador y cariñoso como nunca. Pero mandó verificar con sus propios investigadores el informe del miserable y cuando lo hubo verificado, mandó llamar a Felipe. Lo tenía agarrado por todos lados, pero aun así lo sentó enfrente, eso me lo contó Felipe después, y le dijo: "Tengo informes de que anda usted en flirteos y coqueteos con mi hija Ana. Quiero preguntarle a usted, de hombre a hombre, si eso es cierto, en el entendido de que esto quedará estrictamente entre nosotros, de hombre a hombre. He visto muchas cosas en la vida. No me escandaliza la realidad. Creo que todo puede arreglarse si hay pantalones y carácter para enfrentar los hechos. Así que le pregunto a usted, de hombre a hombre: ¿Tiene usted relaciones con Ana mi hija?".
– ¿Y qué dijo Alatorre? -pregunté.
– ¿Qué crees que dijo? -me devolvió Ana, mirándome con sus ojos extravagantes, risueños y enternecidos ahora.
– Que no, obviamente -grité yo, recordando la vieja consigna del maestro Linares: Niega, aunque te encuentren en la sala de tu casa con la otra.
– Le dijo que sí -murmuró Ana, con aire melancólico y maternal. – ¡Le dijo que sí! Porque no sabía mentir. Más aún. Le dijo que era un alivio para él confesarlo finalmente, reconocerlo, porque era una tortura que no podía cargar más dentro de sí y también una alegría que no le cabía más tiempo en el pecho. ¡A mi papá! -dijo Ana, revolviéndose en la cama. – ¡Le fue a decir eso, a mi papa!
– ¿Y qué hizo tu papá?
– Le agradeció su sinceridad -dijo Ana, sentada ahora sobre la cama, en posición de loto. -Le palmeó la espalda, le reconoció sus pantalones, le dijo que iban a arreglar el asunto del mismo modo que lo habían hablado: como hombrecitos. Pero no bien salió Felipe de su despacho, ya mi papá le estaba telefoneando al provincial de la Compañía de Jesús para pedirle el traslado de Felipe Alatorre. ¿Y a dónde crees que lo trasladaron?
– A Chiapas -dije.
– ¿Sabías?
– Se supo entonces -dije. -Mandaron a Felipe Alatorre a Chiapas, para que le fuera a hablar de Jacques Maritain y Teilhard de Chardin a los chontales. Es decir, para joderlo.
– Para eso, sí. Pero no fue eso lo que lo jodió -dijo Ana, haciendo brillar sus ojos húmedos, otra vez abiertos y fijos en la noche, como dos faroles perdidos. -Felipe Alatorre era un jesuita cosmopolita. Un lujo teórico y práctico de la Compañía. Hablaba francés, alemán, italiano, inglés y sus especialidades eran la teología, la historia de la Iglesia, el derecho vaticano. No tenía nada que hacer en los Altos de Chiapas. Pero era también un hombre disciplinado y sensible, capaz de ver la mano de Dios en cada minucia de su vida y dispuesto a aceptar el veredicto de Dios. Dispuesto también, desde luego, a aceptar la disciplina militar de la Compañía. Así que si le pedían ir a desperdiciarse entre los chontales, él decidía aprovechar en ellos y bajar de la teología a la medicina preventiva, del derecho vaticano a la antropología chontal y de la historia eclesiástica al litigio agrario por los derechos chontales a la tierra. Ése era Felipe Alatorre. Lo que lo jodió no fue su traslado a Chiapas. No. Lo que lo jodió es que yo me fui tras él, a perturbar su vida y a volver insoportable su castigo.
– ¿Qué quieres decir con que te fuiste tras él?
– Eso -dijo Ana, extendiendo su vaso en solicitud de otro trago. -Eso: que me presenté un día en San Cristóbal a buscar sus amores y a meterlo otra vez en el infierno de su amor por mí. Suena cursi y grandilocuente, pero así fue. Otra vez tuvimos el amor, sí, y otra vez provocamos el escándalo y la venganza de la Compañía en su cachorro dorado, otra vez la tortura de la averiguación y el juicio interno de la Compañía por su conducta. Y otra vez su confesión palmaria, detallada, que lo absolvía por dentro y lo condenaba por fuera. Confesar nuestros amores liberaba su sentimiento de culpa, su necesidad de expiación, pero lo condenaba al destierro y al desdén, al castigo, al desprecio. Fue entonces cuando empezó a beber. Creo que no había tomado una copa en su vida, aparte del vino para consagrar. Pero entonces empezó a tomar.