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– Los hoteles como el tuyo han perdido actualidad, Warren. Muchas personas piensan que la época de los grandes independientes ha pasado y que ahora los hoteles en cadena son los únieos que dan un beneficio razonable. Además, mira tu balance. Has estado perdiendo dinero sin cesar. ¿Cómo imaginas que un prestamista puede aceptar esa situación?

Sus protestas de que las pérdidas actuales sólo eran temporales y que cuando el negocio mejorara sería a la inversa, no dio resultado. No le creyeron.

Fue en ese momento cuando Curtis O'Keefe había telefoneado sugiriendo una entrevista para esa semana en Nueva Orleáns:

– Lo único que deseo es tener una conversación amistosa, Warren -había declarado el magnate de los hoteles, con su suave acento tejano en la conferencia telefónica-. Después de todo, usted y yo somos un par de hoteleros envejeciendo. Deberíamos vernos alguna que otra vez.

Pero Warren Trent no se engañó con la suavidad; antes ya había habido propuestas de la cadena O'Keefe. Los buitres están rondando, pensó. Curtis O'Keefe llegaría hoy, y no había la menor duda de que estaba enterado de la situación financiera del «St. Gregory».

Con un suspiro interior, Warren Trent dirigió sus pensamientos a asuntos más inmediatos.

– Te mencionan en el informe de la noche -le dijo a Aloysius Royce.

– Ya lo sé -respondió éste-. Lo he leído. -Había leído superficialmente el informe cuando llegó, temprano como siempre, observando la anotación: Quejas de exceso de ruidos en la habitación 1126, y luego, manuscrito por Peter McDermott: Solucionado por A. Royce y P. McD. Más tarde habrá un breve memorándum por separado.

– Supongo que lo único que falta es que leas mi correspondencia privada -gruñó Warren Trent.

Royce sonrió.

– Todavía no lo he hecho. ¿Quiere que lo haga?

Este intercambio era parte de un juego privado que practicaba sin admitirlo. Royce sabía que si no hubiera leído el informe, el viejo lo habría acusado de falta de interés en los asuntos del hotel.

Warren Trent inquirió en tono sarcástico:

– Ya que todo el mundo parece estar enterado de lo que ha sucedido, ¿sería impropio que preguntara algunos detalles?

– No lo creo. -Royce sirvió más café a su patrón.- Miss Marsha Preyscott, hija de míster Preyscott, casi fue violada. ¿Quiere que le refiera lo que pasó?

Por un momento, en tanto se endurecía la expresión de Trent, pensó si no había ido demasiado lejos. Su relación indefinida y casual estaba basada en gran parte sobre los precedentes establecidos por el padre de Aloysius Royce, muchos años antes. El viejo Royce, quien sirvió a Warren Trent, primero como ayuda de cámara y luego como compañero y amigo privilegiado, siempre había hablado espontáneamente, sin tener en cuenta las consecuencias, que en los primeros años de estar juntos provocaban en Trent arranques de furia; y cambiar insulto por insulto, los había vuelto inseparables. Aloysius era poco más que un niño cuando su padre murió, diez años antes, pero nunca olvidó el rostro de Warren Trent apenado y lloroso en el funeral del negro. Habían vuelto juntos del cementerio de Mount Olívet, detrás de la banda de jazz negra que tocaba festivamente Oh, Didn't He Ramble; Aloysius tenía su mano en la de Warren Trent, quien le dijo con aspereza:

– Te quedarás conmigo en el hotel. Luego pensaremos en algo. -El muchacho aceptó confiado; la muerte de su padre lo había dejado completamente solo. Su madre había muerto al nacer él, y el «algo» resultó ser enviarlo al colegio y luego a estudiar Derecho, en el que se graduaría dentro de pocas semanas. Entretanto, mientras el niño se hacía hombre, había tomado a su cargo la dirección de la suite del propietario, y si bien la mayor parte del trabajo material lo hacían los otros empleados del hotel, Aloysius realizaba servicios personales que Warren Trent aceptaba, sin comentarios o con quejas, según el humor que tuviera en aquel momento. Otras veces discutían acaloradamente, en general, cuando Aloysius iniciaba (como sabía que se esperaba que lo hiciera) atractivas conversaciones que Warren Trent estimulaba.

Y sin embargo, a pesar de su intimidad y de saber que podía tomarse ciertas libertades que Warren Trent nunca toleraría a otros, Aloysius Royce tenía conciencia de un límite sutil que no debería cruzar jamás.

En ese momento dijo:

– La señorita pidió socorro. Yo la oí. -Describió su actitud sin dramatizarla, y la intervención de Peter McDermott, a quien no elogió ni criticó.

Warren Trent escuchó, y al final dijo:

– McDermott lo manejó todo perfectamente. ¿Por qué no te gusta?

No era la primera vez que Royce se sorprendía de la perspicacia del viejo. Respondió:

– Quizás haya algo químico entre nosotros, que no combina.

O tal vez no me gusten los grandes jugadores de fútbol blancos, tratando de ser amables con los muchachos de color.

Warren Trent miró burlonamente a Royce:

– Eres una persona complicada. ¿Has pensado que podrías estar cometiendo una injusticia con McDermott?

– Es lo que dije… quizás una reacción química.

– Tu padre tenía un instinto especial para la gente. Pero era mucho más tolerante que tú.

– A un perro le gusta que la gente le acaricie la cabeza. Y es porque sus pensamientos no están complicados por los conocimientos ni la educación.

– Aun cuando así fuera, dudo que hubiera elegido esas palabras. -Los ojos de Trent, valorándolo, encontraron los ojos del joven, y Royce guardó silencio. El recuerdo de su padre siempre lo turbaba. El viejo Royce nació mientras sus padres todavía eran esclavos, y había sido, suponía Aloysius, lo que los negros de nuestra época llamarían un «negro del Tío Tom». El viejo siempre había aceptado, gozoso, cualquier cosa que le trajera la vida, sin hacer preguntas ni quejarse. El conocimiento de asuntos más allá de su propio y limitado horizonte, rara vez lo perturbaba. Y sin embargo había poseído independencia de espíritu, como lo atestiguaba la relación con Warren Trent, y una penetración de los seres humanos, demasiado profunda para ser juzgada como una sabiduría superficial. Aloysius había amado a su padre con amor sincero que, en momentos como éste, se transformaba en añoranza. Respondió:

– Tal vez he utilizado mal las palabras, pero no cambian el sentido.

Warren Trent asintió sin comentario y sacó su viejo reloj del bolsillo.

– Será mejor que le digas al joven McDermott que venga a verme. Dile que venga aquí. Estoy un poco cansado esta mañana.

El propietario del hotel musitó:

– Mark Preyscott está en Roma, ¿eh? Supongo que debo telefonearle.

– Su hija insistió en que no lo hiciéramos -replicó Peter.

Ambos estaban en la sala lujosamente amueblada de la suite de Warren Trent. El viejo, recostado en un sillón blando y profundo, con los pies apoyados en un escabel. Peter se sentó enfrente.

Warren Trent dijo enfadado:

– Yo seré quien decida eso. Si en mi hotel se deja violar, debo aceptar las consecuencias.

– En realidad, evitamos la violación. Además, quiero saber qué sucedió antes.

– ¿Ha visto a la muchacha esta mañana?

– Miss Preyscott estaba dormida cuando pasé por allí. Le he dejado un mensaje pidiendo verla antes de que se marche del hotel.

Warren Trent suspiró y movió la mano despidiéndolo:

– Arréglelo usted… -Su tono indicaba que ya estaba cansado del tema. Peter pensó, aliviado, que ya no habría llamada telefónica a Roma.

– Hay algo más que me gustaría resolver, concerniente a los empleados del servicio de habitaciones. -Peter describió el incidente de Albert Wells y vio que el rostro de Warren Trent se endurecía cuando se le mencionó el arbitrario cambio de habitación.