– Debimos haber clausurado esa habitación hace años -gruñó el viejo-. Será mejor que lo haga ahora.
– No creo que necesite ser clausurada, siempre que quede establecido que la utilizaremos como último recurso y se prevenga a los clientes de lo que les espera.
– Hágase cargo de eso -asintió Warren Trent.
Peter titubeó.
– Lo que me gustaría hacer es dar algunas instrucciones específicas para el cambio de las habitaciones, en general. Ha habido otros incidentes y creo que es necesario destacar que nuestros clientes no deben ser trasladados como piezas de ajedrez.
– Encargúese del primer asunto. Si quiero dar instrucciones generales, las daré yo.
La cortante réplica, pensó Peter con resignación, era un ejemplo típico de por qué andaba mal la administración del hotel. Los errores eran corregidos fragmentariamente después de cometidos, con poca o ninguna intención de eliminar de raíz las causas.
– Creo que debería saber lo del duque y la duquesa de Croydon -dijo-. La duquesa preguntó por usted -describió el incidente de la mancha con la Creóle de langostinos, y la diferente versión del camarero Sol Natchez.
– Conozco a esa maldita mujer. No quedará satisfecha si no despedimos al camarero.
– No creo que deba ser despedido.
– Dígale que se vaya a pescar por unos días, con paga, pero que no aparezca por el hotel. Y prevéngale en mi nombre que si alguna vez derrama algo, se asegura de que está hirviendo y que sea sobre la cabeza de la duquesa. Supongo que todavía tiene esos malditos perros.
– Sí -Peter sonrió.
Una ley estricta y en vigor de Luisiana prohibía que hubiera animales en las habitaciones de los hoteles. En el caso de Croydon, Warren Trent concedió que la presencia de los Bedlington terriers no sería advertida en forma oficial, siempre que entraran y salieran por la puerta de atrás. La duquesa, sin embargo, exhibía desafiante los perros, todos los días, por la entrada principal. Ya dos personas, amantes de los perros, habían querido saber, coléricos, por qué se les había negado la entrada a sus propios perros.
– Tuve un problema con Ogilvie, anoche. -Peter informó sobre la ausencia del detective, y las palabras cambiadas.
La reacción fue rápida:
– Ya le he dicho que deje a Ogilvie. Es responsable directamente ante mí.
– Eso dificulta las cosas, si hay algo que hacer…
– Ya me ha oído. ¡Olvídese de Ogilvie! -El rostro de Warren Trent estaba rojo, pero Peter sospechó que menos de cólera que de embarazo. La orden con respecto a Ogilvie no tenía sentido, y el propietario del hotel lo sabía. Peter se preguntó qué era lo que sometía a Warren al expolicía.
Cambiando de súbito el tema, Warren Trent anunció:
– Curtis O'Keefe viene hoy. Quiere dos suites contiguas y ya he dado las instrucciones. Es mejor que verifique si todo está en orden, y quiero que se me informe tan pronto llegue.
– ¿Míster O'Keefe permanecerá mucho tiempo aquí?
– No sé. Depende de muchas cosas.
Durante un momento McDermott sintió surgir su simpatía por el viejo. Por mucho que pudiera criticarse la forma en que estaba administrado el «St. Gregory», para Warren Trent era más que un hotel; era el fruto del trabajo de toda su vida. Lo había visto crecer desde que era una cosa insignificante a algo prominente, desde una modesta construcción inicial a un imponente edificio que ocupaba la mayor parte de una manzana de la ciudad. La reputación del hotel, asimismo, había sido muy honrosa durante muchos años, figurando su nombre entre los tradicionales del país, como el «Biltmore» o el «Palmer House» de Chicago, o el «St. Francis» de San Francisco. Debía de ser duro aceptar que el «St. Gregory» con todo su prestigio y el atractivo de que una vez gozó, no se había mantenido al ritmo de los tiempos. No era que la declinación hubiera sido definitiva o desastrosa, pensó Peter. Una nueva financiación y mano firme controlando su administración, podrían obrar milagros, hasta quizá devolver el hotel a su antigua posición de competencia. Pero tal como estaban las cosas, tanto el capital como el control tendrían que venir de fuera: suponía que a través de O'Keefe. Una vez más recordó Peter que sus días parecían estar contados.
El dueño del hotel preguntó:
– ¿Cómo estamos en materia de congresos?
– Cerca de la mitad de los ingenieros químicos se han marchado ya; el resto se irá hoy. Hoy también entra la «Gold Crown Cola», y ya está organizada. Han tomado trescientas veinte habitaciones, que es más de lo que esperábamos, y hemos aumentado la cantidad de almuerzos y cubiertos para los banquetes, de acuerdo con ello. -Como el viejo asentía aprobando, Peter continuó:- El congreso de odontología comienza mañana, aun cuando algunas de las personas que lo integran se registraron ayer, y otras lo harán hoy. Tomarán unas doscientas ocho habitaciones.
Warren Trent emitió un gruñido de satisfacción. Por lo menos, reflexionó, no todas las noches eran malas. Los congresos eran la sangre vital del negocio de hoteles, y dos juntas ayudaban, a pesar de que, por desgracia, no lo suficiente como para cubrir otras pérdidas recientes. A pesar de todo, la reunión de odontólogos era un triunfo. El joven McDermott había actuado con rapidez cuando se le informó bajo cuerda de que los arreglos para el congreso dental habían fallado; entonces voló a Nueva York y convenció a los organizadores de que el mejor sitio para lo mismo era Nueva Orleáns y el «St. Gregory».
– Anoche tuvimos el hotel lleno -dijo Warren Trent, y agregó-: Este negocio es abundancia o hambre. ¿Podremos dar alojamiento a los que lleguen hoy?
– Lo primero que hice esta mañana fue fijarme en los números. Mucha gente se marcha hoy, pero aun así el hotel quedará completamente lleno. Las reservas exceden en algo a las disponibilidades.
Como todos los hoteles, el «St. Gregory», por lo regular, aceptaba más reservas que las habitaciones de que disponía. Pero, como todos los hoteles también, sabía por previas experiencias que algunas personas comprometían habitaciones y luego no llegaban, de manera que el problema se resolvía por sí mismo, calculando el verdadero porcentaje de los que no llegarían. La mayoría de las veces la experiencia y la suerte permitían que el hotel se mantuviera a nivel, con todas las habitaciones ocupadas: situación ideal. Pero de vez en cuando la estimación resultaba equivocada, en cuyo caso el hotel tenía un problema serio.
El momento más terrible de la vida de un gerente de hotel era cuando se veía obligado a explicar a personas indignadas (que habían hecho sus reservas) que no tenían habitaciones disponibles. Sufría como ser humano tanto como hotelero, porque estaba seguro de que esas personas -si podían evitarlo- jamás volverían a su hotel.
El peor momento en la experiencia de Peter fue cuando un congreso de panaderos, reunido en Nueva York, decidió permanecer un día más para que algunos de sus miembros hicieran un crucero a la luz de la luna, alrededor de Manhattan. Doscientos cincuenta panaderos y sus esposas se quedaron, desgraciadamente sin advertírselo al hotel, que esperaba que se marcharan para dar cabida a una reunión de ingenieros. El recuerdo de la batahola que sobrevino, con cientos de ingenieros coléricos y sus esposas, todos instalados en el hall de entrada, algunos mostrando sus reservas hechas con dos años de anticipación, todavía hacía estremecer a Peter cuando lo recordaba. Por fin, como los otros hoteles de la ciudad también estaban llenos, los recién llegados se dispersaron por moteles de los alrededores de Nueva York hasta el día siguiente, cuando los panaderos, inocentemente, se marcharon. Pero las monumentales cuentas de taxi de los ingenieros, más los arreglos por sumas sustanciales de dinero para evitar demandas por daños y perjuicios, fueron pagadas por el hotel… sobrepasando los beneficios que hubieran dejado ambos congresos.