– ¡Jim Nicholas! -El ostensible y alegre saludo resonó en el vestíbulo de entrada. Detrás de la voz, un hombre pequeño, anciano, con una cara rubicunda y vivaz, coronado por un mechón de cabellos blancos lacios, se adelantó con pasos cortos hacia el escritorio.
El negro se puso de pie.
– ¡Doctor Ingram! ¡Me alegro de verlo! -Extendió la mano, que el más viejo estrechó.
– ¿Cómo estás, Jim, hijo? No, ¡no respondas! Veo que estás bien. Además, próspero, por lo que se advierte. Supongo que tu profesión anda bien.
– Así es, gracias -el doctor Nicholas sonrió-. Desde luego, que mi trabajo en la Universidad me lleva mucho tiempo todavía.
– ¡Como si no lo supiera! ¡Como si no lo supiera! He pasado la vida entera enseñando a muchachos como tú, y luego todos se van a trabajar donde les pagan bien. -Como el otro sonriera ampliamente:- De todos modos, parecería que tú has conseguido lo mejor de las dos cosas, con una buena reputación. Ese estudio que hiciste sobre tumores malignos bucales ha motivado muchas discusiones, y todos estamos esperando un informe de primera mano. Y a propósito, tendré el placer de presentarlo a la convención. ¿Sabes que me hicieron presidente este año?
– Sí, lo sabía. No puedo imaginar una elección mejor.
Mientras hablaban, el ayudante de gerencia se levantó con lentitud de su asiento. Sus ojos se movían inseguros de uno a otro rostro.
El hombre pequeño y canoso, el doctor Ingram, reía. Palmeaba en el hombro a su colega con jovialidad:
– Dame el número de tu habitación, Jim. Algunos nos reuniremos para tomar unas copas más tarde. Quiero que vengas.
– Por desgracia -dijo el doctor Nicholas-, me acaban de decir que no me darán habitación. Parece que la negativa tiene algo que ver con mi color.
Hubo un desagradable silencio. El presidente de los odontólogos se puso rojo. Luego los músculos de su rostro se endurecieron.
– Jim, yo me ocuparé de esto. Te prometo que habrán de pedirte disculpas y te darán una habitación. Si no es así, te garantizo que todos los otros dentistas abandonarán el hotel.
Un momento antes el ayudante de gerencia había llamado a un botones para decirle con urgencia: -Busca a McDermott… ¡deprisa!
4
Para Peter McDermott el día comenzó con un detalle menor de organización. Entre el correo de la mañana había un memorándum enviado por «Reservas», informando que míster y mistress Justin Kubek, de Tuscaloosa, debían llegar al «St. Gregory» el día siguiente. Lo que hacía de los Kubek algo especial, era una nota de mistress Kubek advirtiendo que su marido medía dos metros quince.
Sentado detrás del escritorio de su oficina, Peter deseaba que todos los problemas del hotel fueran tan simples.
– Avise a la carpintería -instruyó a su secretaria, Flora Yates-■, es probable que tengan todavía la cama y colchón que usamos para el general De Gaulle; si no, tendrán que hacer algo. Que mañana haya una habitación preparada temprano, y la cama tendida antes de que lleguen los Kubek. Hable también a ropería; necesitarán sábanas y mantas especiales.
Sentada muy correcta del otro lado del escritorio, Flora tomaba nota, como siempre, sin alboroto ni preguntas. Las instrucciones serían transmitidas con fidelidad, Peter lo sabía, sin necesidad de recordárselo. Flora lo comprobaría, para asegurarse de que se habían cumplido.
Había heredado a Flora cuando vino al «St. Gregory» y desde entonces decidió que era todo lo que una secretaria eficiente debía ser: competente, de confianza, cerca de los cuarenta años, casada feliz, y sencilla como una pared de cemento. Una de las cosas más cómodas con respecto a Flora, pensó Peter, era que podía gustarle inmensamente, como le gustaba, sin significar una distracción. Ahora, si Christine hubiera estado trabajando con él, reflexionó, en lugar de hacerlo con Warren Trent, el efecto hubiera sido muy distinto. Desde su impulsiva partida del apartamento de Christine la noche antes, sólo había estado ausente de su recuerdo por breves momentos. Aun durmiendo había soñado con ella. El sueño era una odisea en la que habían estado flotando serenamente en un río de orillas verdes (no sabía a bordo de qué) con acompañamiento de música fuerte, en donde las arpas, eran pulsadas con fuerza. Se lo había contado a Christine esa mañana temprano por teléfono, y ella le había preguntado: «¿íbamos corriente arriba o abajo? Eso debería tener importancia.» Pero él no podía recordarlo… sólo que había disfrutado mucho con todo, y esperaba (le informó a Christine) seguir más tarde donde se había interrumpido el sueño.
Sin embargo, antes de eso, en algún momento de la noche, se habían de encontrar. Acordaron que el lugar y la hora lo arreglarían más tarde.
– Buscaré un pretexto para llamarte -dijo Peter.
– ¿Quién necesita un pretexto? -había replicado ella-. Además, esta mañana traté de encontrar un pedazo de papel sin la menor importancia, el cual debía entregárselo en persona. -Parecía feliz, casi sin aliento, como si la excitación de la noche anterior se hubiera derramado sobre el nuevo día.
Esperando que Christine viniera pronto, volvió su atención a Flora y al correo de la mañana.
Era un montón de cosas corrientes, incluyendo algunas preguntas sobre los congresos, que se proponía aclarar primero. Como siempre, Peter tomó su postura favorita para dictar: los pies sobre un canasto de cuero, para papeles, y su sillón giratorio echado hacia atrás en tal forma que su cuerpo estaba casi en posición horizontal. Descubrió que podía pensar con más claridad en esa posición, que había adoptado a lo largo de su experiencia, de manera que ahora el sillón estaba en los límites extremos de equilibrio, con sólo un pelo de distancia entre la estabilidad y el desastre.
Como hacía con frecuencia, Flora miraba expectante durante las pausas del dictado. Sólo observaba, sin hacer ningún comentario.
Había otra carta hoy, que contestó a continuación, de un residente de Nueva Orleáns cuya esposa había asistido a la recepción de una boda privada en el hotel, cinco semanas antes. Durante la recepción, había colocado su abrigo de pieles de visón silvestre sobre un piano, junto con ropas y pertenencias de otros asistentes. Con posterioridad descubrió una seria quemadura de cigarrillo cuya reparación había costado cien dólares. El marido quería cobrarlos al hotel, y su última carta contenía la amenaza de una demanda.
La respuesta de Peter era cortés, pero firme. Señaló, como lo había hecho con anterioridad, que el hotel proveía de departamentos para guardar las prendas, que la señora del reclamante no quiso utilizar. Si hubiera usado esa habitación, él hotel habría considerado la reclamación. Pero dada la forma en que había sucedido, el «St. Gregory» no era responsable.
Peter sospechaba que la carta del marido no era más que una tentativa, aun cuando podía convertirse en un pleito; había habido una cantidad de demandas igualmente banales en el pasado.
En general, los tribunales rechazaban con costas tales reclamaciones, pero eran fastidiosas por el tiempo y el esfuerzo que consumían. Peter pensó que a veces parecía que el público consideraba el hotel como a una vaca lechera muy conveniente, con ubre de cornucopia.
Había elegido otra carta, cuando se oyó un ligero golpe én la puerta de la oficina exterior. Levantó los ojos, esperando ver a Christine.
– Soy yo -dijo Marsha Preyscott-. No había nadie fuera, de manera que… -miró a Peter-: ¡Oh, por Dios! ¿No se caerá de espaldas?
– Todavía no -dijo… y de pronto se cayó.
El ruido que hizo fue seguido por unos segundos de estupefacto silencio.
Mirando hacia arriba desde el suelo, detrás del escritorio, Peter calculaba el daño. El tobillo izquierdo le dolía donde se había golpeado con la silla al caer. Le dolía la parte de atrás de la cabeza al tocarla -aunque por fortuna la alfombra había aminorado la fuerza del impacto-. Y que su dignidad se había desvanecido, lo atestiguaban las carcajadas de Marsha y la sonrisa más discreta de Flora.