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– Cuando eso ocurre en la realidad -comentó Christine-, debe de ser una de las cosas más emocionantes del mundo.

– Tal vez haya otras cosas más emocionantes. Si las hay, jamás las he encontrado en mi camino. Bien, volvimos corriendo al sitio en que habíamos encontrado las piedras, y lo cubrimos con musgo. Dos días después descubrimos que el terreno ya había sido acotado. Creo que fue el golpe más terrible que jamás habíamos sufrido. Resultó que un explorador de Toronto había puesto las estacas. Se había ido el año anterior, volviéndose al Este, sin saber lo que poseía. Bajo la ley de los Territorios, si no se trabaja la pertenencia, los derechos caducan un año después de haber sido registrados.

– ¿Cuánto tiempo había pasado?

– Nosotros hicimos nuestro descubrimiento en junio. Si las cosas permanecían tal como estaban, la tierra quedaría disponible el último día de septiembre.

– ¿No podían callarse y esperar?

– Tratábamos de hacerlo. Salvo que no fue tan fácil. Por una parte, el descubrimiento que habíamos hecho estaba relacionado con una mina explotable, y además debíamos tener en cuenta otros exploradores, como nosotros mismos, trabajando en esa región. Por otra parte, Hymie y yo nos habíamos quedado sin dinero ni alimentos.

Albert Wells hizo una seña a un camarero que pasaba. -Creo que, después de todo, tomaré más café -dijo, y luego, le preguntó a Christine-: ¿Y usted?

– No, gracias -respondió-. No se detenga. Quiero conocer el resto. -Qué extraño, pensó ella, que esa clase de aventuras épicas con las que la gente sueña, le hubiera ocurrido a alguien aparentemente tan insignificante como el hombrecillo de Montreal.

– Bien, Christine, creo que los tres meses siguientes fueron los más largos que hayan podido vivir dos hombres. Quizá los más rudos. A duras penas pudimos subsistir. Algo de pescado; algunas plantas. Al final, estaba yo más delgado que un mimbre y mis piernas se habían puesto negras por el escorbuto. Tuve bronquitis y flebitis. Hymie, apenas se mantuvo un poco mejor, pero nunca se quejaba y por eso me gustaba aún más. Le sirvieron el café, y Christine esperó.

– Por fin llegó el último día de septiembre. Habíamos oído en Yellowknife que cuando el derecho de la primera pertenencia caducaba, otros trataban de instalarse allí, de manera que no quisimos arriesgarnos. Teníamos nuestras estacas listas. Inmediatamente después de la media noche las plantamos. Recuerdo que era una noche renegrida como un pozo, nevaba mucho y soplaba un viento terrible.

Sus manos ciñeron la taza de café, como había hecho antes. -Y nada más. Porque después la Naturaleza se encargó del resto, y lo primero que recuerdo con claridad es el de estar en un hospital, en Edmonton, a mil seiscientos kilómetros de distancia de donde plantamos las estacas. Me enteré después, que Hymie me sacó, del Shield, aunque no sé cómo lo logró; y un piloto con una avioneta me llevó hacia el Sur. Muchas veces, incluso en el hospital, me dieron por muerto. No morí. Si bien cuando descubrí las cosas, hubiera querido que así fuera. -Se detuvo para beber el café.

– ¿La pertenencia no era legal?

– La pertenencia estaba bien. El inconveniente era Hymie. -Albert Wells se golpeó la nariz de pico de gorrión, reflexionando.- Tal vez tuviera que retroceder un poco en el relato. Mientras esperábamos que llegara nuestra hora en el Shield, habíamos firmado dos escrituras de venta. Cada uno de nosotros (en el papel) entregaba al otro la mitad de la propiedad.

– ¿Por qué hicieron eso?

– Fue idea de Hymie, para el caso de que uno de nosotros no sobreviviera. Si eso sucedía, el sobreviviente guardaría el papel demostrando que toda la propiedad era suya, y rompería el del otro. Hymie dijo que evitaría muchos enredos legales. En aquel momento parecía sensato. Las escrituras estipulaban que, en caso de que los dos sobreviviéramos, las transferencias recíprocas serían destruidas.

– De manera que mientras usted estuvo en el hospital… -interrumpió Christine.

– Hymie tomó ambos papeles y registró el suyo. Para cuando yo estuve en condiciones de interesarme, Hymie tenía la totalidad del título, y ya estaba trabajando con maquinaria y personal adecuados. Descubrí que había habido una oferta de un cuarto de millón de dólares de una de las mayores compañías de fundiciones, y que había otros interesados.

– ¿Usted no podía hacer nada?

– Me imagino que me sentía vencido antes de empezar. De todas maneras, tan pronto salí del hospital, pedí dinero prestado para llegar al Norte.

Albert Wells se detuvo y con una mano saludó a alguien a través del comedor. Christine miró, y vio a Peter McDermott que se acercaba a la mesa. Se había preguntado si Peter recordaría su sugerencia de reunirse con ellos después de cenar. Verlo le produjo una deliciosa sensación. Al punto advirtió que Peter estaba abatido.

El hombrecito saludó a Peter con afecto, y un camarero se apresuró a acercar una silla.

– Temo haber acabado un poco tarde. Han sucedido algunas cosas. -Peter se dejó caer en la silla con placer. Pensó que lo que había dicho era un monumento a la inconsciencia.

Esperando que después tendría alguna oportunidad de hablar en privado con Peter, Christine le comentó:

– Míster Wells me ha estado relatando una historia maravillosa. Debo oír el final.

– Continúe, míster Wells. Será como haber llegado a una representación cinematográfica, cuando ya ha empezado. Después me enteraré del principio -exclamó Peter bebiendo el café que le había traído el camarero.

El hombrecito sonrió, mirando sus manos nudosas y ásperas.

– No hay mucho más que decir, si bien lo que queda es un poco enredado. Fui hacia el Norte y encontré a Hymie en Yellow-knife, en lo que pasa por ser un hotel. Le dije cuanta cosa mala me vino a la boca. Durante todo el tiempo él tenía una amplia sonrisa, lo que me enfurecía, hasta que me sentí con ganas de matarlo allí mismo. Sin embargo, no lo hubiera hecho. Hymie me conocía lo bastante para saberlo.

– Debe haber sido un hombre odioso -interrumpió Christine.

– Creo que sí. Sólo que, cuando me tranquilicé, Hymie me pidió que lo acompañara. Fuimos a ver a un abogado, y allí, con los papeles listos, me devolvió mi parte, completa… en realidad, mejorada, porque Hymie no había tomado nada para sí, por el trabajo que había realizado durante los meses que yo estuve ausente.

– No comprendo. Porque… -Christine estaba aturdida.

– Hymie se explicó. Dijo que desde el comienzo sabía que se presentarían muchas cuestiones legales, papeles que firmar, especialmente si no vendíamos y seguíamos trabajando la pertenencia, sabiendo que eso era lo que yo quería. Hubo préstamos de Bancos para maquinaria y jornales, y todo lo demás. Conmigo en el hospital, y la mayor parte del tiempo inconsciente, no hubiera podido hacer nada… con mi nombre en el título de propiedad. De manera que Hymie utilizó mi escritura de venta y siguió adelante. Siempre pensó en devolverme mi parte. Lo único que pasaba era que no le gustaba mucho escribir, y jamás me lo hizo saber. Desde el comienzo, sin embargo, había arreglado las cosas legalmente. Si él hubiera muerto, yo quedaría con su parte y la mía.

Peter McDermott y Christine se miraron a través de la mesa.

– Después -siguió diciendo Albert Wells-, hice la misma cosa con mi mitad, un testamento para que todo pasara a Hymie.

Teníamos hecho un arreglo mutuo con respecto a esa mina, hasta el día en que Hymie murió, hace cinco años. Creo que el episodio me enseñó algo importante: cuando uno tiene fe en alguien, no debe apresurarse a cambiar de opinión.

– ¿Y la mina? -preguntó Peter McDermott.

– Bien, procedimos con acierto al rehusar las ofertas de compra, y resultó que al fin teníamos razón. Hymie la dirigió unos cuantos años. Todavía sigue produciendo… Es una de las minas que más produce en el Norte. De vez en cuando voy a echar un vistazo, en recuerdo de los viejos tiempos.