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Bueno, en realidad eso no era exacto del todo; ni él ni Hak podían leer todavía en inglés, pero usaba un ordenador parecido a una concha de almeja que le había proporcionado el Gobierno canadiense, programado con una especie de enciclopedia. La enciclopedia tenía un sistema de voz que leía en un irritante tono mecánico: desde luego, el pueblo de Ponter tenía un par de cosas que enseñar a los gliksins sobre síntesis de voz. De todas maneras, Hak escuchaba las palabras inglesas pronunciadas por el ordenador, y luego se las traducía a Ponter a la lengua neandertal.

Al principio del artículo sobre las Naciones Unidas, había una referencia a la «carta» de la organización, al parecer su documento fundacional. Ponter se sintió horrorizado por su encabezamiento.

Nosotros, los pueblos de las Naciones Unidas, resueltos a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra que dos veces durante nuestra vida ha infligido a la humanidad sufrimientos indecibles…

Dos guerras… ¡durante la vida de un ser humano! Había habido guerras en la historia del mundo de Ponter, pero de la última hacía casi veinte millones. Sin embargo, había sido devastadora, y el sufrimiento no fue indecible (palabra que Hak tradujo como «incontable»), más bien al contrario; a cada joven se le enseñó la horrible verdad: que 719 personas habían muerto en esa guerra.

¡Una pérdida de vidas tan devastadora! y sin embargo estos gliksins habían librado no una sino dos guerras en un período tan corto como mil lunas.

Pero claro, ¿quién sabía qué antigüedad tenían estas Naciones Unidas? Tal vez aquello de «en nuestra vida» había sido hacía mucho tiempo. Ponter le pidió a Hak que siguiera escuchando el artículo y mirara para ver si podía encontrar una fecha de fundación. Lo hizo: Uno-nueve-cuatro-cinco.

El año actual, tal como los gliksins los contaban, era dos-algo, ¿no?

—Exactamente ¿cuánto tiempo hace de eso? —preguntó Ponter.

Hak se lo dijo, y Ponter sintió que se desplomaba contra la silla. La vida en cuestión, la vida en la que no sólo una guerra sino dos habían arrasado a la humanidad era esta vida.

Ponter quiso saber más sobre la guerra gliksin. Hélene le había abierto la enciclopedia por la entrada sobre las Naciones Unidas antes de marcharse con Tukana, pero Ponter consiguió manejar aquella interfaz, completamente obsoleta.

—¿Qué palabra usan para «guerra»? —preguntó.

Hak hizo un análisis del texto que había oído y las palabras que aparecían en la pantalla del ordenador.

—Es la sexta agrupación de caracteres que aparece a la derecha de la novena línea del texto.

Ponter usó la yema del dedo para ayudarse a encontrar el punto en la pantalla plana.

—Eso no puede ser —dijo—. Esa agrupación tiene tres símbolos w-a-r.

La palabra neanderthal para «guerra» era mapartaltapa; Ponter había deseado a menudo desde que estaba aquí saber más de lingüística (¡qué útil hubiese sido!) pero un principio que sí comprendía es que los términos cortos se aplicaban a los conceptos comunes.

—Creo que tengo razón —dijo Hak—. La palabra es war.

—Pero… oh.

Ponter contempló el… «teclado» era el término. Consiguió encontrar el primer símbolo, w, pero no encontró nada parecido a una a o una r.

—Si seleccionas la palabra —dijo Hak—, creo que puede hacer una búsqueda.

Ponter tocó la zona sensible al tacto del teclado, moviendo el diminuto pino de la pantalla hasta que su cima tocó la palabra y, después de algunos intentos, consiguió recalcarla. En el lado izquierdo de la pantalla apareció una lesta y…

Ponter se quedó boquiabierto mientras Hak iba leyendo los nombres.

La guerra del Golfo.

La guerra de Corea.

La guerra civil española.

La guerra Hispanoamericana.

La guerra de Vietnam.

La guerra de Secesión.

La guerra de 1912.

La guerra de las Dos Rosas.

Seguía y seguía.

Más y más.

Y…

Y…

El corazón de Ponter redoblaba.

La Primera Guerra Mundial.

La Segunda Guerra Mundial.

Ponter quiso maldecir, pero las únicas palabrotas que conocía eran las propias de su especie: referencias a la putrefacción de la carne, a la eliminación de residuos corporales. Ninguna parecía adecuada ahora. Hasta ese momento, no había encontrado sentido al estilo gliksin de imprecaciones que invocaban a un poder superior putativo, llamando a un ser superior para encontrar sentido a las locuras del hombre. Pero ése era en realidad el tipo de expresión que necesitaba. ¡Todo el mundo en guerra! Ponter casi tuvo miedo de mirar los artículos, miedo de oír cuál había sido el cómputo de muertes. Vaya, debían de haberse producido a millares…

Movió el dedo por el recuadro sensible al contacto y dejó que la enciclopedia le hablara a Hak.

En la Primera Guerra Mundial habían muerto diez millones de soldados.

Y en la Segunda Guerra Mundial, cincuenta y cinco millones de personas (soldados y civiles por igual) habían muerto por causas diversas llamadas «combate», «inanición», «bombardeos aéreos», «epidemias», «masacres» y «radiación», aunque no tenía ni idea de qué podía tener que ver eso último con la guerra.

Ponter se sintió físicamente enfermo. Se levantó de la silla, se acercó a la ventana de la habitación del hotel y contempló el panorama nocturno de aquella ciudad, Ottawa. Hélene le había dicho que el alto edificio que podía verse desde allí, situado en Parliament Hill, se llamaba Torre de la Paz.

Abrió la ventana lo máximo que le permitía (que no fue mucho) y dejó que entrara parte del maravilloso aire frío del exterior. A pesar del olor, calmó un poco su estómago, pero no podía dejar de sacudir la cabeza adelante y atrás una y otra vez.

Pensó en lo que había preguntado su amado Adikor a su regreso ¿Son buena gente, Ponter? ¿Deberíamos entablar contacto con ellos?

Y Ponter había dicho que sí. El hecho de que hubiera más contacto con esta raza (de asesinos, de guerreros) era cosa suya. Pero había visto tan poco de su mundo la primera vez y…

No. Había visto mucho. Había visto lo que le habían hecho al medio ambiente, cómo habían destruido enormes extensiones de tierra, cómo se multiplicaban sin control. Había sabido lo que eran, incluso entonces, pero…

Ponter inspiró de nuevo aquel aire helado, para tranquilizarse.

Había querido volver a ver a Mary. Y ese deseo lo había cegado a lo que sabía sobre los gliksins. Su malestar no se debía a la sorpresa por lo que acababa de descubrir, lo sabía. Más bien se debía a la comprensión de que había suprimido deliberadamente su buen juicio.

Miro de nuevo a la Torre de la Paz, alta y marrón con algún tipo de reloj en lo alto, justo en el corazón de la sede del Gobierno de aquel país donde estaba. Tal vez… tal vez los gliksins habían cambiado. Habían creado esa organización que iba a visitar mañana, esas Naciones Unidas, específicamente, o eso decía su carta, para preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra.

Ponter dejó la ventana abierta, se acercó a la cama (dudaba que pudiera acostumbrarse jamás a aquellas camas blandas y elevadas que tanto gustaban a los gliksins), y se tumbó de espaldas, con los brazos tras la cabeza, contemplando los arabescos de la escayola del techo.

Ponter y Tukana, acompañados por Hélene Gagné y dos oficiales de paisano de la Real Policía Montada de Canadá que actuaban como guardaespaldas, fueron conducidos en limusina al Aeropuerto internacional de Ottawa. Los dos neanderthales se habían entusiasmado durante su anterior vuelo desde Sudbury a Ottawa: ninguno había visto antes el terreno de Ontario Norte (que era: la misma mezcla de pinos y lagos y rocas que en su versión de la tierra) desde un punto de vista tan maravilloso.