Él pasó a su lado y se puso detrás de ella, acariciándole la curva del cuello con el pulgar.
– Eres tan condenadamente hermosa -susurró. Cogió los tirantes de su camisola y suavemente los puso en su sitio.
La piel le picaba.
– No deberías…
– Lo sé.
Él se inclinó hacia abajo y le echó el pelo hacia atrás. Su aliento le cosquilleaba en la piel de la clavícula.
– No lo hagas… no me gusta…
Él suavemente mordió la carne de su cuello.
– Mentirosa.
Ella cerró los ojos y permitió que la apretara contra su pecho. Sintió el punto frío, húmedo en su cuello donde su lengua había tocado su carne.
Sus manos subieron por sus costillas y luego, increíblemente sobre sus senos. Su piel se tornó caliente y fría al mismo tiempo. Tembló mientras la acariciaba por encima de la camisola, se estremeció por lo bien que se sentía y por la locura de permitirle tal intimidad.
– He deseado hacer esto desde que volviste -susurró él.
Ella hizo un sonido suave, desamparado cuándo él metió las manos en el interior de su vestido, en el interior de su camisola… y la tocó.
No había sentido nada tan bueno en su vida como esas manos callosas en sus senos. Se arqueó contra él. Él le acarició los pezones y ella gimió.
En ese momento llamaron a la puerta.
Ella contuvo el aliento y se separó de él, subiéndose rápidamente el corpiño.
– ¿Quién es? -ladró Cain impacientemente.
Abrió la puerta casi sacándola de las bisagras.
Sophronia estaba de pie al otro lado, con dos pálidas manchas de alarma sobre sus pómulos.
– ¿Qué está usted haciendo en su habitación?
La ceja de Cain subió hacia arriba.
– Eso es entre Kit y yo.
Los ojos ambarinos de Sophronia miraron el estado desaliñado de Kit y sus manos se convirtieron en puños sobre la falda de su vestido. Se mordió el labio inferior tratando de aguantar todas las palabras que no quería decir delante de él.
– El señor Parsell está abajo -dijo finalmente. El tejido de su falda crujía entre sus puños-. Trae un libro para prestarte. Lo he dejado en el salón con la señora Gamble.
Kit tenía los dedos rígidos asiendo firmemente su corpiño. Despacio los relajó y asintió a Sophronia. Entonces se dirigió a Cain con tanta serenidad como pudo conseguir.
– ¿Puedes invitar al señor Parsell a unirse a nosotros para la cena?
Sophronia puede ayudarme a terminar de vestirme. Bajaré en pocos minutos.
Sus ojos se enfrentaron, los tempestuosos violetas chocando con el invernal gris aguanieve. ¿Quién era el ganador y quién el perdedor en la batalla que habían librado? Ninguno lo sabía. No había ninguna resolución, ninguna catarsis curativa. En su lugar su antagonismo fluía incluso más poderosamente que antes.
Cain salió sin una palabra, pero su expresión indicaba claramente que no había terminado con ella.
– ¡No digas una palabra! -Kit empezó a quitarse el vestido desgarrando una costura con su torpeza. ¿Cómo había podido dejarlo que la tocara así? ¿Por qué no lo empujó lejos?-. Necesito el vestido del final del guardarropa. Ese de muselina.
Sophronia no se movió, de modo que Kit lo sacó del guardarropa sola y lo tiró sobre la cama.
– ¿Qué te ha ocurrido? -siseó Sophronia-. Kit Weston, te he educado para que no invites a tu dormitorio a un hombre que no es tu marido.
Kit se molestó.
– ¡Yo no lo he invitado!
– Y apuesto que tampoco le ordenaste salir.
– Te equivocas. Estaba enfadado conmigo porque quería que bajara a cenar con él y la señora Gamble, y yo me negué.
Sophronia señaló con el dedo el vestido sobre la cama.
– ¿Entonces para qué quieres eso?
– Brandon está aquí de modo que he cambiado de opinión.
– ¿Por eso vas a ponerte ese vestido? ¿Para el señor Parsell?
La pregunta de Sophronia la cogió desprevenida. ¿Para quién quería ponerse ese vestido?
– Desde luego es para Brandon y para la señora Gamble. No quiero parecer una palurda delante de ella.
Los rígidos rasgos de Sophronia se endulzaron casi imperceptiblemente.
– Puedes mentirme a mí, Kit Weston, pero no a tí misma. Asegúrate bien que no estás haciendo esto para el Major.
– No seas ridícula.
– Déjaselo a la señora Gamble, cariño -Sophronia fue hacía la cama y cogió el vestido de muselina. Al mismo tiempo le repitió las palabras que Magnus le había dicho sólo unas semanas antes-. Él es un hombre duro con las mujeres. Hay algo frío como el hielo en su interior. Cualquier mujer que trate de conseguir fundir ese hielo, terminará con un mal caso de congelación.
Pasó el vestido por la cabeza de Kit.
– No es necesario que me digas todo eso.
– Cuando un hombre como él ve una mujer hermosa, sólo ve un cuerpo que le dará placer. Si una mujer lo comprende, como espero sea el caso de la señora Gamble, le puede usar para el mismo fin y no habrá sentimientos dolorosos más tarde. Pero si una mujer es lo bastante tonta como para enamorarse, sólo puede acabar con el corazón destrozado.
– Eso no tiene nada que ver conmigo.
– ¿No? -Sophronia le abrochó los botones-. La razón por la que peleáis tanto es porque los dos sois iguales.
– ¡Yo no soy como él! Tú más que nadie sabes cuanto le odio. Posee lo que más quiero en esta vida. Risen Glory. Es dónde pertenezco. Moriré antes de permitir que se lo quede. Voy a casarme con Brandon Parsell, Sophronia. Y tan pronto como pueda, compraré de nuevo esta plantación.
Sophronia comenzó a cepillarle el cabello.
– ¿Y crees que el Major tiene la voluntad de vender?
– Oh, él venderá, seguro. Es sólo cuestión de tiempo.
Sophronia empezó a trenzar su pelo, pero Kit sacudió la cabeza. Lo llevaría suelto esta noche, con sólo las peinetas de plata. Todo en ella debía ser tan diferente de Verónica Gamble como fuera posible.
– No puedes estar segura que él venderá -dijo Sophronia.
Kit no le confesó sus salidas nocturnas a estudiar los libros de contabilidad, ni sus muchas horas sumando y restando cantidades. No le había llevado mucho descubrir que Cain se había extralimitado con los gastos. Risen Glory y su molino podían colgar de un fino hilo. El más pequeño contratiempo podía hacer que todo se viniera abajo.
Kit no sabía mucho sobre molinos, pero sabía sobre algodón. Sabía sobre inesperadas granizadas, sobre huracanes y sequías, sobre insectos que se comían las cápsulas tiernas hasta no dejar nada. En lo que al algodón concernía, el desastre iba a venir más tarde o más temprano, y cuando ocurriera, ella estaría preparada. Entonces compraría la plantación, a un precio justo.
Sophronia estaba mirándola detenidamente, sacudiendo la cabeza.
– ¿Qué pasa?
– ¿Realmente vas a llevar ese vestido para la cena?
– ¿No es maravilloso?
– Es adecuado para una fiesta, pero no para una cena en casa.
Kit sonrió.
– Lo sé.
El vestido había sido tan extravagantemente caro que Elsbeth había protestado. Habían discutido, y le había dicho que podía comprar varios más modestos por el precio de ese. Además era demasiado vistoso, le dijo, tan increíblemente hermoso que aún la mujer más recatada -que no era el caso de Kit- llamaría muchísimo la atención, y eso estaba mal visto en una joven dama.
Tales sutilezas no hicieron mella en Kit. Ella sólo sabía que era glorioso, y quería tenerlo.
La sobrefalda del vestido era una nube de organdí plateada, que ondeaba sobre el satén blanco bordado con hilos de plata. Unas cuentas de cristal diminutas cubrían el ajustado corpiño, brillante como la nieve de la noche bajo un cielo estrellado de invierno. Más cuentas adornaban la falda hasta el dobladillo.
El escote era bajo, cayendo elegantemente desde los hombros. Echó un vistazo hacia abajo y vio que las cimas de sus pechos expuestos todavía estaban sonrosadas por las manos de Cain. Apartó la mirada y se puso el collar que iba con el vestido, una gargantilla de cuentas de cristal que parecían bolitas de hielo fundiéndose en su piel.