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Sintió como si la rabia la estrangulara.

– ¡Maldito seas, Baron Cain! No vas a controlar más mi vida. ¡O le dices a Brandon que has cambiado de idea, o te juro por Dios que me las vas a pagar!

Ella era tan pequeña y él tan grande que su amenaza debería haber sido ridícula. Pero hablaba muy en serio, y los dos lo sabían.

– Quizás ya estoy pagando -diciendo esto, él se alejo a través del prado.

Ella corrió hacia el huerto, sin saber en realidad dónde iba, sólo sabía que tenía que estar sola. Ese día en el estanque… ¿Por qué le había dicho la verdad?

Porque si no se lo hubiera dicho, no habrían parado.

Quiso creer que quizás podría hacerle cambiar de opinión, pero en el fondo sabía que sería imposible. ¡Su odio de la niñez por haber nacido mujer regresaba de nuevo! Odiaba con todas sus fuerzas estar a merced de los hombres. ¿Debería pedirle ahora a Bertrand Mayhew que viniera aquí desde Nueva York?

Simplemente pensar en su cuerpo redondo, blando y fofo, le producía nauseas. Tal vez algún otro hombre de los que habían estado interesado en ella desde su regreso… Pero Brandon había sido el Santo Grial y elegir a cualquier otro la llenaba de desesperación.

¿Cómo había podido Cain hacerle esto?

Esta pregunta la atormentó el resto de la tarde. No quiso bajar a cenar y se quedó en su dormitorio. La primera en llamar a la puerta fue Miss Dolly y después Sophronia. A las dos las despidió sin contemplaciones.

Entrada la noche, un fuerte golpe resonó desde la habitación de al lado.

– Kit, ven aquí -dijo Cain-. Quiero hablar contigo.

– A menos que hayas cambiado de opinión, no tengo nada más decirte.

– Tú eliges, o vienes aquí o voy a tu dormitorio. ¿Qué decides?

Cerró con fuerza los ojos un segundo. No tenía otra opción. Él se las había quitada sin poder hacer nada por evitarlo. Lentamente se dirigió hacia la puerta y tiro del pomo.

Él estaba de pie en la otra sala, con el pelo alborotado y una copa de brandy en la mano.

– Dime que has cambiado de opinión -dijo ella.

– Sabes que no.

– ¿Puedes imaginarte lo que es que otra persona controle tu vida?

– No. Por eso luché por la causa de la Unión. Y no trato de controlar tu vida, Kit. A pesar de lo que piensas, trato de ser razonable.

– Eso no te lo crees ni tú.

– Tú no le quieres.

– No tengo nada más que decirte -se giró para volver a su habitación, pero él la atrapó en la puerta.

– ¡Deja de ser tan terca y utiliza la cabeza! Él es débil, no es la clase de hombre que puede hacerte feliz. Vive añorando el pasado. Nació para ser dueño de una plantación mantenida con el trabajo de los esclavos. Él es el pasado, Kit. Tú eres el futuro.

Sabía que tenía razón, pero nunca lo admitiría. Cain desconocía sus razones para casarse con Brandon.

– Él es un buen hombre, y me habría sentido privilegiada de tenerlo por marido.

Él la miró de arriba abajo.

– ¿Pero habría hecho latir tu corazón como lo hice yo en el estanque cuando estuviste en mis brazos?

No, Brandon nunca habría hecho latir su corazón así, y se alegraba por ello. Lo sucedido con Cain la hacía sentirse débil.

– Era el miedo lo que hacía latir así mi corazón, nada más.

Él se dio media vuelta. Tomó un sorbo de brandy.

– Eso es una tontería.

– Todo lo que tenías que hacer era decir la palabra sí, y te habrías librado de mí.

Levantó la copa y se la bebió de un solo trago.

– Voy a mandarte a Nueva York. Te irás el sábado.

– ¿Qué?

Cain supo aún antes de girarse y mirar la expresión de su cara, que le había clavado un cuchillo en el corazón.

Era una de las mujeres más inteligentes que conocía, y sin embargo, ¿por qué se mostraba tan estúpida en este asunto? Sabía que no le escucharía, trataba de convencer a una persona sumamente terca, hacerla entrar en razón, y no había manera. Con una sorda maldición, abandonó la sala y se dirigió hacia abajo.

Se sentó en la biblioteca durante un rato, inclino la cabeza y el músculo de su mejilla empezó a temblar. Tenía metida a Kit Weston dentro de su piel, y sintió un miedo mortal. Durante toda su vida, se había burlado de las tonterías que cometían los hombres por una mujer, y ahora estaba en peligro de hacer él lo mismo.

Era algo más que su belleza salvaje lo que le cautivaba, más que su sensualidad, de la que ella aún no era consciente. Había algo dulce y vulnerable en ella que destapaba unos sentimientos en su interior que desconocía poseer. Sentimientos que le hacían querer reírse con ella en vez de gruñir, que le hacían desear hacer el amor con ella hasta que su cara se iluminase de alegría sólo para él.

Apoyó la cabeza hacía atrás. Le había dicho que la enviaría de regreso a Nueva York, pero no podía hacerlo. Mañana se lo diría. Y luego iba a hacer todo lo posible para comenzar de nuevo con ella. Por una vez en su vida, iba a dejar su cinismo de lado y tender la mano a una mujer.

Este pensamiento lo hizo sentirse joven y tontamente feliz.

***

El reloj dio la medianoche cuando Kit oyó entrar a Caín en su dormitorio. El sábado tendría que dejar Risen Glory. Era un golpe tan doloroso, tan inesperado, y no sabía como resolverlo. Esta vez no había ningún plazo de tiempo como sus tres años en la Academia. Él había ganado. Finalmente la había vencido.

La rabia y la impotencia superaban con creces su dolor. Deseaba venganza. Quería destrozar algo que para él fuera importante, destruirlo como él acababa de destruirla a ella.

Pero no había nada que a él le importara, ni siquiera Risen Glory. ¿No había dejado al mando de la plantación a Magnus mientras él terminaba su molino de algodón?

El molino… De repente se detuvo. El molino era importante para él, más importante que la plantación, porque era solo suyo.

Los diablos de la rabia y el dolor le susurraban lo que tenía que hacer. Tan simple. Tan perfecto. Tan cruel.

Pero no tanto como lo que él le había hecho.

Buscó las zapatillas que había usado antes y las tomó en la mano para salir del cuarto con los pies desnudos. Sigilosamente, se dirigió abajo a través de los pasillos superiores, las escaleras traseras y salió al exterior por la parte posterior.

La noche era clara y la luna iluminaba tenuemente el camino. Se puso las zapatillas, avanzando por la línea de los árboles que rodeaban el patio y se dirigió hacia las dependencias más lejanas de la casa.

El interior del cobertizo del almacén estaba oscuro. Metió la mano en el bolsillo de su vestido y sacó el trozo de vela y fósforos que había cogido de la cocina. Cuando encendió la vela, vio lo que quería y lo cogió.

Incluso medio llena, la lata de queroseno era pesada. No podía arriesgase a ensillar un caballo, de manera que tendría que llevarlo a pie más de tres kilómetros. Se enrolló un trapo alrededor del asa para no lastimarse la palma de la mano y se alejó del cobertizo.

La profunda quietud de la noche de Carolina amplificaba el sonido del queroseno golpeando contra la lata, siguiendo el ritmo de sus pasos durante todo el oscuro trayecto que recorrió hasta llegar al molino. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas. Él sabía lo que significaba para ella Risen Glory. Cuánto debía odiarla para desterrarla de esa manera.

Amaba sólo tres cosas en la vida: Sophronia, Elsbeth, y Risen Glory. Toda su vida había estado marcada por personas que querían separarla de esta plantación. Lo que planeaba hacer estaba mal, pero quizás así era ella. ¿Por qué la odiaban tantas personas? Cain. Su madrastra. Incluso su padre no se había preocupado lo suficiente por defenderla.

Mal. Mal. Mal. El golpeteo del queroseno contra la lata le decía que se detuviera. En lugar de escucharlo, se aferró a su desesperación. Ojo por ojo, diente por diente. Un sueño por otro sueño.