Y salió de la habitación.
Un momento más tarde, cuando estaba ya dentro de su landó, Verónica sonrió para sí misma. Cómo hubiera disfrutado Francis esta tarde. No muy a menudo la vida te da la oportunidad para hacer de Hada Madrina, y tenía que admitir que lo había hecho de forma impecable.
Mientras se recostaba en el asiento forrado de cuero, levantó ligeramente una ceja. Ahora debía decidir si cumplía o no su amenaza.
Kit finalmente tuvo la excusa para hacer lo que llevaba mucho tiempo queriendo hacer. La cena fue una tortura, peor por el hecho que Cain parecía estar determinado a prolongarla. Habló del molino y le preguntó su opinión sobre lo que el mercado del algodón podía depararlos este año. Como siempre cuando hablaban de ese tema, él la escuchaba atentamente.
Hombre horrible. Era tan condenadamente apuesto que tenía problemas para apartar los ojos de él, ¿y por qué tenía que mostrarse tan encantador con Miss Dolly?
Escapó a su habitación tan pronto como le fue posible. Durante unos minutos caminó inquieta de un lado para otro. Finalmente se desnudó, se puso un camisón de algodón descolorido y se sentó al tocador para quitarse el peinado delante del espejo. Estaba cepillándoselo en una suave nube de medianoche, cuando escuchó a Cain subir a su habitación.
Su reflejo le mostraba un rostro pálido, poco natural. Se pellizcó las mejillas, se quitó los pendientes de labradorita y los sustituyó por otros de perlas. Después, se aplicó un ligero toque de jazmín en el hueco de su garganta.
Cuando estuvo satisfecha, se quitó el descolorido camisón y se puso otro de seda negra, regalo de bodas de Elsbeth. Se deslizó como aceite por su cuerpo desnudo. El camisón era elegantemente sencillo, con manga corta abombada, y el corpiño cruzado quedaba tan bajo, que apenas cubría los pezones de sus senos. La falda se adhería a su cuerpo en largos y suaves pliegues, que perfilaban a la perfección la curva de sus caderas y de sus piernas cuando se movía. Sobre el camisón, se puso la bata, hecha enteramente de seda negra transparente. Con dedos temblorosos, se abrochó el único pequeño botón a la altura de la garganta.
A través de la seda, su piel brillaba como la luz de la luna en invierno, y cuando andaba, la bata se abría, algo que estaba segura, Elsbeth no había tenido en cuenta cuando le compró el regalo. El camisón más corto, se pegaba a su cuerpo como una segunda piel, perfilando sus senos, adhiriéndose al delicado agujero de su ombligo, y de forma más seductora, al pequeño montículo más abajo.
Salió de su habitación, con los pies desnudos andando silenciosamente a través de la sala que comunicaba sus habitaciones. Cuando llegó a la puerta de su dormitorio, casi perdió el valor. Antes que sucediera del todo, golpeó con los nudillos en la puerta.
– Adelante.
Él estaba en mangas de camisa, sentado en la silla junto a la ventana, mirando un montoncito de papeles. Alzó la vista y cuando observó como iba vestida, sus ojos se oscurecieron a un gris profundo, ahumado. Ella caminó despacio hacía él, con la cabeza alta y los hombros erguidos, y el corazón martilleándole en el pecho.
– ¿Qué quieres?
No había ni rastro del hombre encantador de la cena. Parecía cansado, receloso y hostil. Otra vez se preguntó por qué habría perdido interés en ella. ¿Porque ya no le atraía? Si eso era así, estaba a punto de sufrir una terrible humillación.
Podría haber inventado una excusa… un corte en un dedo que necesitaba que le mirara, pedirle un libro prestado… pero él seguramente conocería ya esas tretas. Levantó la barbilla y le miró a los ojos.
– Quiero hacer el amor contigo.
Ella miró inquietamente como su boca se curvaba en una pequeña y burlona mueca.
– Mi bella esposa. Tan directa -sus ojos miraron su cuerpo, tan claramente definido contra la seda -. Deja que yo sea igual de franco. ¿Por qué?
Esta no era la forma en que ella lo había imaginado. Ella había esperado que le abriera los brazos y la tomara en ellos.
– Estamos… estamos casados. No es justo que durmamos separados.
– Ya veo -señaló con la cabeza la cama-. Es sólo un convencionalismo social, ¿no es eso?
– No exactamente.
– ¿Entonces qué?
Un ligero brillo de transpiración se reunió en mitad de sus omoplatos.
– Yo sólo quiero…- demasiado tarde comprendió que no podía hacerlo-. Olvídalo.
Se giró hacia la puerta.
– Olvida lo que acabo de decir. Era una idea estúpida -alargó la mano para coger el pomo, sólo para sentir la mano de él sobre la suya.
– ¿Tan fácilmente abandonas?
Ella deseó no haber comenzado nunca esto y ni siquiera podría culpar de su comportamiento a Verónica Gamble. Quería probarlo, tocarlo, experimentar el misterio del acto del amor otra vez. Verónica le había dado solamente la excusa.
Comprendió que él se había alejado de ella, y se giró para verlo apoyarse en la repisa de la chimenea.
– Vamos -dijo él-. Espero que comiences.
– ¿Comience qué?
– Un hombre no puede funcionar cuando se lo ordenan. Lo siento, pero deberás despertar mi interés.
Si ella hubiera bajado la mirada, habría comprobado que ya había despertado su interés, pero estaba demasiado ocupada tratando de reprimir el extraño revoltijo de sensaciones que sentía en su interior.
– No sé como hacerlo.
Él apoyó los hombros contra la repisa y cruzó los tobillos de forma perezosa.
– Experimenta. Soy todo tuyo.
Ella no podía soportar su burla. Con un nudo en la garganta, se movió de la puerta.
– He cambiado de idea.
– Cobarde -dijo él suavemente.
Se dio la vuelta a tiempo de ver la burla desaparecer de su expresión y algo distinto tomar su lugar, una mezcla de seducción y desafío.
– Te desafío, Kit Weston.
Un martilleo salvaje reverberó profundamente dentro de ella. Sigue tus instintos, le había aconsejado Verónica. ¿Pero cómo sabría qué hacer?
Él levantó una ceja en silencioso reconocimiento de su dilema y la invadió una sensación de coraje que desafiaba toda lógica. Despacio, ella levantó los dedos al único botón que mantenía la bata unida. La prenda se deslizó al suelo en una cascada de seda negra.
Sus ojos absorbieron su cuerpo.
– Nunca has podido rechazar un desafío, ¿verdad? -dijo él roncamente.
Su boca se curvó en una sonrisa. Caminó hacía él despacio, sintiendo una repentina oleada de autoconfianza. Mientras se movía, dejaba balancear sus caderas de manera que la delgada falda del camisón se volviera más reveladora. Se paró delante de él y miró con detenimiento dentro de las humeantes profundidades de sus ojos. Sin bajar la mirada, levantó las manos y le tocó ligeramente los hombros.
Ella sintió su tensión debajo de los dedos, y le dio una sensación de poder que nunca hubiera imaginado tener en su presencia. Se puso de puntillas y presionó sus labios contra el pulso que latía en la base de su garganta.
Él gimió suavemente y enterró la cara en su pelo, pero mantenía los brazos caídos. El entusiasmo ante su desacostumbrada pasividad la hizo estremecerse. Ella separó sus labios y tocó ese lugar con la punta de la lengua, hasta que sintió su pulso latir más y más rápido.
Ávida de tener más de él, le desabrochó los botones de la camisa. Una vez abierta, empujó la tela a los lados, extendiendo sus dedos sobre el vello de su pecho y besando un plano y duro pezón, que había quedado expuesto.
Con un sonido estrangulado él la cogió en sus brazos y apretó su cuerpo contra él. Pero ahora era su juego, y ella lo haría jugar según sus reglas. Con una suave risa, de zorra malvada, se alejó dulcemente de su lado y caminó hacía atrás a través de la habitación.
Levantando los ojos hacía él, se humedeció los labios con la punta de la lengua. Entonces, deslizó las palmas de sus manos sobre sus costillas, su cintura y la curva de sus caderas en una acción provocativamente deliberada.