El semáforo cambió y el tráfico de final de jornada me forzó a avanzar. Por el retrovisor, Kilander y su nuevo colega cruzaron la calzada y se perdieron de vista.
De vuelta en mi despacho, me encontraba escribiendo un breve informe cuando sonó el teléfono. Era Begans.
– Tengo novedades para usted -anunció.
– Bien. Le escucho.
– Verá, Paul sabía dónde está la cabaña de Hugh Hennessy y, por otra parte, teníamos que atender cierto asunto por la zona, unos chicos que disparaban al blanco en un lugar donde no está autorizado hacerlo, de modo que nos acercamos por allí y llamamos a la puerta.
– ¿Y? -Daba la impresión de que Begans quería hacerse de rogar.
– Que allí no hay nadie. La cabaña está desocupada desde hace tiempo. Todo estaba cerrado a cal y canto. El agua estaba desconectada.
– ¿Seguro? -repliqué.
Pero ya lo venía sospechando: la verdadera incógnita de la ecuación era Hugh Hennessy, y no Aidan.
– Completamente seguro. ¿Era esto lo que necesitaba saber?
– Sí -respondí y me cambié el teléfono de oído; el izquierdo me dolía de la fuerza con la que apretaba el aparato contra él-. Le agradezco que se haya ocupado del asunto tan deprisa. Deséele una buena jubilación a Paul.
– ¡Oh, la llevará fatal! -replicó Begans con una risilla-. Dentro de tres semanas estará harto de pescar y vendrá a reclamar su antiguo empleo.
Cuando colgué, reflexioné sobre lo que acababa de saber. Al condado de Hennepin le traía sin cuidado Aidan Hennessy. En cambio, si la persona desaparecida era Hugh, un residente del condado, el caso era claramente de su incumbencia, ¿no?
Podía conseguir sin problema la dirección de los chicos, pero de poco serviría presentarme en la casa. No creía que Hugh estuviera allí y que, sencillamente, se negara a participar en la búsqueda de su hijo. El muchacho, Liam, me había dicho que Hugh no estaba y lo había hecho sin que yo me identificara, lo cual significaba que los chicos Hennessy daban aquella respuesta a cualquiera que llamase.
¿Creían de veras que Hugh estaba en la cabaña, o mentían?
La pieza clave en todo aquello era Marlinchen. Era la única persona involucrada en aquel asunto que había buscado ayuda. Paradójicamente, por esa misma razón no quise volver a llamarla, ni presentarme en la casa en aquellos momentos. Los abogados, por lo menos ante los tribunales, nunca plantean una pregunta cuya respuesta ignoren. En los interrogatorios, resulta muy útil seguir esta máxima. Necesitaba conocer algunas respuestas, al menos, antes de hablar con Marlinchen. De lo contrario, podía colarme la primera mentira que se le ocurriera y no me enteraría.
Después me di cuenta de otra cosa: el oído izquierdo seguía doliéndome. Y no era la oreja, el pabellón externo, ni se debía a que apretara excesivamente el auricular contra ella. Se trataba más bien de un dolor pulsante, más profundo, en el canal auditivo. En realidad, resultaba bastante doloroso.
«No me gusta nada el aspecto de ese oído», había dicho Cisco. ¡Magnífico! ¡Quién habría pensado que aquel tipo resultaría ser un médico titulado y competente!
Tendría que darme prisa en elaborar mi informe sobre él, o empezaría a tenerle lástima. Ignoraba cómo se había metido en la situación desesperada que lo había llevado a recibir pacientes en un gran bloque de viviendas para pobres, pero estaba claro que era un hombre de gran inteligencia. La suficiente para saber que si se le ocurría quebrantar la ley, iría a la cárcel como cualquier otro.
Con todo, me pregunté cuántos años le caerían en la sentencia.
Capítulo 6
Al día siguiente, el dolor de oído había empeorado, pero lo mantuve a raya a base de aspirinas. El resfriado se me había pasado, me dije, y lo mismo sucedería con esto. Intenté olvidar que Cisco había sugerido lo contrario y me había prevenido de que tal vez necesitara una receta de antibióticos.
«Deja de preocuparte de sus malditos consejos -me dije-. El dolor desaparecerá solo, como tantas veces. Los médicos no pueden aceptarlo porque, si lo hicieran, se quedarían sin empleo.»Pero al otro día, el oído aún se resentía de que no le prestara atención. La última aspirina que había tomado por la noche dejó de surtir efecto y, cuando desperté, el tímpano me latía como un doloroso eco del pálpito del corazón. Me incorporé hasta quedar sentada, moviéndome muy despacio pues no quería que la menor subida de tensión sanguínea fuese a empeorar las dolorosas pulsaciones.
Cuando estuve preparada, fui al baño. Mi rostro era un estudio de contrastes, pálido con zonas de color intenso, febril. Engullí las tres últimas aspirinas y arrojé la caja a la basura. Seguramente estaba pasando la fase crítica, me dije. Un día más y empezaría la mejoría.
Me di una ducha de un cuarto de hora con la puerta y la ventana del baño bien cerradas, inhalando vapor. Después de una taza de té y un par de tostadas, empecé a notar el efecto de las aspirinas. Me sentí ligeramente mejor, lo suficiente para vestirme y salir.
Supongo que habrá quien considere extraño que alguien con semejante dolor y con fiebre no decida faltar al trabajo pero, de hecho, llegué temprano a la oficina. No me apetecía quedarme en casa sin nada en qué pensar más que en el dolor de oído y en el tiempo que tardaría en desaparecer si seguía negándome a ir al médico. Quería distraerme con el trabajo y, si faltaban horas para mi turno, Hugh Hennessy podía ayudarme a llenarlas.
– Sarah… -Tyesha alzó la vista de su escritorio con cara de ligera sorpresa-. Estaba a punto de llamarte. Prewitt quería que hoy vinieras un poco antes, pero no tanto. Sobre las tres y media, dijo.
– Está bien. -Me recogí un mechón de pelo detrás de la oreja buena-. ¿Ha dicho qué quería?
– No, lo siento. -Tyesha acompañó su respuesta con un gesto de cabeza.
Nadie más hizo comentarios sobre mi presencia en la oficina tan temprano. No me entretuve a hablar con ningún colega; me limité a tomar un té y a investigar los datos policiales sobre Hugh Hennessy. No constaban arrestos ni denuncias. Había una multa de tráfico de hacía un par de años, un giro prohibido, y Hugh había remitido el importe de la multa por correo sin incidencias. Nada más.
Mi siguiente visita, que también requería de mi presencia en persona, fue a los archivos del servicio de Urgencias Médicas, donde quedaban registradas las salidas efectuadas durante años.
Los Hennessy vivían en los límites occidentales del condado de Hennepin, en la orilla del gran lago Minnetonka. Buen empleo para quien pudiera pillarlo, como había dicho el agente Begans. Gran parte del condado se había llenado de urbanizaciones y casas, pero en las riberas del Minnetonka aún quedaba un rincón de calma, intimidad e historia, al alcance de pocos bolsillos. Algunos de los ciudadanos más ricos del condado vivían en sus ensenadas y radas.
Facilité al empleado del archivo la dirección, con pocas esperanzas de que la indagación diera resultado. Pensé que era posible que algo anduviera mal en casa de los Hennessy, pero no debía de tratarse de nada que llevara a la policía a acercarse a la tranquila casa junto al lago; sería, más bien, una aflicción callada, contenida, de la que ni los vecinos tendrían sospecha.
– Hace cuatro semanas enviamos una ambulancia a esa dirección -me informó el joven empleado.
– ¿Ah, sí? -respondí, sorprendida. Nunca debe darse nada por sentado-. ¿Por qué?
– Posible apoplejía -me leyó del breve informe-. Varón, cuarenta y tres años, inconsciente. Conducido al Centro Médico del Condado.
– ¿Y después? -pregunté.
– No sé nada más.
– ¿Ha encontrado alguna salida más a esa dirección?
– No -respondió el joven-. Sólo ésta.