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– Baja el cristal de la ventanilla, si quieres -le propuse. Me daba igual llevarla abierta o cerrada, pues seguían acometiéndome oleadas alternativas de calor y de frío. Marlinchen bajó el cristal a medias.

– ¿Vienes de la escuela? -le pregunté-. No sabía que hubiese ninguna en esta zona.

– No. Termino las clases a mediodía. Estoy en último curso y cumplo todos los requisitos para la graduación, de modo que tengo un programa de asignaturas reducido.

– Que suerte, ¿no?

– Sí, me gusta. -Su tono de voz sonó un poco más relajado y confiado.

– ¿Y qué te ha traído a este barrio, entonces?

– Vengo del hospital -explicó la chica lacónicamente.

– ¿Ah, sí? ¿Cómo es eso?

Le estaba dando una oportunidad. «Vamos, dime la verdad», la conminé en silencio. Ella rehuyó mi mirada.

– Trabajo allí de voluntaria, cuando puedo -fue su respuesta.

«Qué lástima, Marlinchen. Se acabaron las oportunidades.»-Muy considerado por tu parte -comenté-. Y muy conveniente, también. Así tienes ocasión de visitar a menudo a tu padre.

Durante unos momentos, el único sonido que se escuchó fue el ronroneo del motor del Nova. Después, oí que Marlinchen sollozaba. Con la cabeza apoyada en el marco de la portezuela del coche, sacudía los hombros, incapaz de contenerse.

De repente, dejó de parecerme gracioso verme reducida a poner trampas a una adolescente con sus propias evasivas. Había investigado el paradero de Hugh Hennessy como si fuese un mero ejercicio intelectual, sin pensar en los sentimientos humanos que podía afectar.

Hablé con toda la suavidad posible.

– Tu padre ha sufrido una embolia, tu madre ha muerto, eres la mayor de la familia y tu hermano gemelo ha desaparecido. Ya tienes bastantes problemas y, en otras circunstancias, lo último que desearía es cargarte con más conflictos, pero no podré evitarlo si sigues mintiéndome.

Marlinchen no respondió y continuó llorando un rato, mientras dejábamos la 394 y tomábamos las carreteras secundarias que cruzaban los humedales en torno al gran lago, donde las tiendas de artículos de pesca y los merenderos daban paso a las casas, invisibles desde la calzada. En ese momento fui consciente de la distancia que había recorrido la muchacha en autobús para venir a verme a la brigada de investigación.

– Voy a necesitar indicaciones precisas dentro de muy poco -le dije, aliviada por tener algo normal que comentar. -¡Oh!

Su voz sonó apagada, pero se sentó más erguida y, cuando empezó a darme instrucciones sobre el camino que debíamos tomar, parecía más serena.

Los Hennessy vivían en una pequeña península que se adentraba en el lago, al final de una pista de tierra sin señalizar. Me había figurado que un escritor viviría en un lugar opulento, pero la casa de la familia, aunque grande, carecía de pretensiones. Tenía dos pisos y la fachada de madera deteriorada por la intemperie. Unas matas de lilas todavía floridas adornaban la puerta principal y el serpenteante sendero de losas estaba orlado de lirios de un púrpura intenso que despuntaban aquí y allá, en grupos. Se apreciaba que el césped de la parte delantera no se había segado últimamente. Un edificio más pequeño, tal vez una cochera para carruajes, se alzaba al otro lado de la casa, de principios del siglo XX. Por su lado más alejado, las ramas de un sauce llorón caían en cascada sobre el tejado.

El camino de tierra pasaba junto a la parte frontal de la casa y, cuando detuve el coche, me di cuenta de que la auténtica fachada era la del otro lado, la que daba al lago. Allí había un amplio porche cubierto, con puertas correderas de cristal. En el piso de arriba, un gran ventanal se asomaba a las aguas, rematado por un emparrado hasta el que se encaramaban unas parras ornamentales. Una pendiente suave y abierta, cubierta de hierba, llevaba hasta el lago, en cuya orilla se había construido una barrera de rocas, una albitana, que la protegía de la erosión.

Un árbol solitario se alzaba a medio camino y entre sus hojas brillantes, de un verde intenso, se distinguían varios capullos de un tono crema.

Apagué el motor del Nova. Podía marcharme al momento, pero con ello perjudicaría todo lo que había venido haciendo desde que había invitado a Marlinchen a subir al coche. Su voluntad de mentirme había quedado demostrada; si dejaba la conversación para más adelante, para el día siguiente, le permitiría maquillar los hechos a su gusto, en previsión de nuestro siguiente encuentro.

– ¿Y bien? Cuéntame -le dije.

– ¿Por dónde empiezo?

– Por la embolia de tu padre -apunté-. Fue hace tres semanas, ¿me equivoco?

Ella asintió.

– ¿ Por qué lo has ocultado? -quise saber.

– Papá es escritor -respondió ella-. Es famoso. Habría salido en las noticias.

– ¿Y qué problema hay? -repliqué-. Está enfermo, de acuerdo, pero eso no es motivo de escándalo.

Marlinchen apretó los labios, pensativa.

– Quería proteger su intimidad -añadió.

– Me contaste que estaba en el norte, terminando una novela -le recordé-. No soy periodista y fuiste tú quien vino a pedirme ayuda. Y, a pesar de ello, me mentiste. Eso es bastante más que proteger la intimidad de tu padre.

– No quiero que mis hermanos terminen en casas de acogida -explicó ella en un susurro, bajando la cabeza-. Dentro de unas semanas cumpliré dieciocho años y ya podré ser su tutora, pero si los Servicios Sociales descubren antes lo de mi padre, nos separarán.

– Creo que eres demasiado suspicaz -le respondí-. Los asistentes sociales no andan buscando familias que disgregar. Toman en cuenta el conjunto de la situación. Es muy probable que si te ocupas bien de tus hermanos pequeños, te permitan tenerlos en custodia provisional hasta que cumplas los dieciocho.

– No es necesario que intervengan.

– No es nada inusual -la tranquilicé-. Podéis vivir con un pariente adulto hasta que tu padre mejore.

– No tenemos a nadie -explicó ella. Al observar mi cara de escepticismo, continuó-: Mi madre tenía una hermana, pero murió. Y todos mis abuelos han muerto, excepto mi abuela materna, que está en una residencia para la tercera edad en Berlín. Prácticamente, sólo habla alemán.

– Bien, queda descartada -asentí e hice una pausa para pensar-. Oye, ¿puedo entrar?

Marlinchen me condujo hasta el porche de atrás, bajando unos peldaños, y entramos por las puertas correderas. La casa de los Hennessy era tan agradable por dentro como por fuera: buena madera de pino, un techo de vigas rústicas y toques eclécticos por todas partes. Estábamos en un salón familiar cuyo mobiliario elegante, que había conocido tiempos mejores, quedaba empañado por la modernidad del televisor de pantalla panorámica. Más allá, distinguí una espaciosa cocina, con las ollas y los cacharros colgados sobre una mesa central de trabajo.

– ¿Le apetece beber algo? -me ofreció la muchacha mientras me conducía a la cocina, moviéndose con la seguridad que se adquiere en la casa donde una ha vivido durante mucho tiempo.

– Agua muy fría, por favor.

Marlinchen me sirvió un vaso y sacó té helado para ella. Deambulé por la cocina detrás de ella, mirándolo todo. Mi propuesta de que entráramos en la casa no había sido del todo inocente; había querido observar, como habría hecho un asistente social, en qué condiciones vivían los niños, si la casa estaba limpia y qué comían. A mi juicio, la casa mostraba más orden que la de muchos de mis colegas solteros. La cocina estaba tan limpia como el salón que había visto antes. Un ligero olor a guiso impregnaba el aire y en el desagüe quedaba algún resto de verdura, lo que apuntaba a una alimentación sana. Las plantas repartidas por la casa, bien regadas, estaban verdes y lozanas.

– Detective Pribek, ¿podemos hablar de Aidan? -dijo Marlinchen.

– Claro -accedí-. Pero tu hermano casi tiene dieciocho años y se ha marchado por su propia voluntad. Cuando los cumpla, y según me has dicho sólo faltan un par de semanas para ese día, su paradero será asunto suyo, exclusivamente. Si no quiere que la familia lo conozca, estará en su perfecto derecho, aunque te pese.