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– Es mi hermano -musitó Marlinchen -. Tengo que saber dónde está.

Se dejó caer en una silla. Yo continué de pie; no quería verme implicada en aquella situación.

– Lo siento -le dije-. Comprendo que temas por él, pero cuando alguien lleva tanto tiempo desaparecido como Aidan, la policía no puede hacer gran cosa. Está claro que esto es terreno de un investigador privado. Puedo recomendarte algunos, gente competente, que se dedicarán a buscarlo por una tarifa bastante razonable.

– ¿Cuánto dinero costaría?

– Depende -respondí-. Uno bueno puede cobrar cien dólares por hora, al menos.

La muchacha torció el gesto.

– Ya sé que parece mucho -continué-, pero yo no buscaría gangas, en este asunto. Si no contratas a un profesional competente, puede llevarte mucho más tiempo encontrar a Aidan. Además, a veces hay detectives poco éticos que establecen tarifas bajas para conseguir clientes, pero luego se eternizan en la investigación. Al final, todavía sale más caro.

– Entiendo. -Marlinchen empezaba a parecer perdida-. ¿Y cuántas horas cree que tardaría en encontrarlo?

– Eso sí que no hay modo de saberlo. Quizá dé con él en tres llamadas de teléfono; en otras ocasiones se tardan semanas.

– Entiendo -repitió la muchacha. Era evidente que mis comentarios no la habían tranquilizado y no costaba adivinar por qué.

– Es el dinero, ¿no? -pregunté.

Los Hennessy vivían en la zona más lujosa del lago y yo había dado por sentado que Marlinchen no sólo era capaz de llevar los asuntos domésticos, sino que, para ello, hacía uso de una holgada suma procedente de los ahorros de su padre. Por lo menos, era lo que había supuesto hasta aquel momento.

– Ya sé que en apariencia no tenemos problemas económicos -comentó Marlinchen-, y es verdad que tengo acceso a la cuenta corriente de mi padre, puesto que me dio el número secreto del cajero automático. Pero para disponer de todo lo demás tendría que ser su administradora, y en consecuencia haber cumplido los dieciocho. Incluso entonces, los trámites podrían retrasarse un tiempo más. Papá padece afasia, un trastorno del habla y de la comprensión. Es preciso que se recupere lo suficiente para que el agente judicial certifique que comprende lo que se le dice y que la autorización que está realizando corresponde realmente a su deseo de nombrarme administradora.

Se había explicado con sorprendente claridad.

– ¿Tu padre tiene algún abogado que pueda ayudarte?

– No sé si llamar «el abogado de papá» al señor DeRose, pero lo asistió en algunas cuestiones tras la muerte de mamá y, cuando lo llamé, estaba dispuesto a actuar de administrador provisional y correr con nuestros gastos. Yo le devolvería el dinero cuando tuviera acceso a los fondos.

«Ojalá el tal DeRose sea un hombre recto», me dije; un abogado sin escrúpulos podía convertirse en una máquina tragaperras andante para aquella adolescente dubitativa y apurada con un padre rico. Sin embargo, las siguientes palabras de Marlinchen me llevaron a cambiar de idea respecto a la situación económica del padre.

– Pero, incluso entonces -prosiguió la muchacha-, sólo podré acceder a las cuentas bancarias y a los fondos de ahorro para estudios que tenemos cada uno de los hermanos. En conjunto, no es mucho dinero. La mayor parte de lo que ha ganado mi padre se invirtió en esta propiedad, que está muy bien, pero ni la casa ni la espléndida vista nos dan de comer. -Acompañó el comentario con un gesto, señalando el lago. Después, se corrigió-: Las cosas no están tan mal, todavía, pero desde luego no hay dinero para contratar a un detective privado durante un periodo de tiempo indefinido. Por eso esperaba que alguien de la policía pensase que el caso de Aidan era lo bastante importante como para ocuparse de investigarlo.

Empezaba a sentirme como una de esas aviadoras pioneras que despegaban de Nueva York con rumbo a la Costa Oeste un día nublado, se desorientaban en un banco de niebla y acababan en una comprometida travesía a Europa. Me había propuesto echar una mano a Marlinchen porque pensaba que sería coser y cantar y, al principio, pareció que así iba a ser: había encontrado enseguida a Hugh Hennessy y había comprobado que los motivos de su hija para encubrir su ausencia, aunque equivocados, no eran delictivos. En aquel momento, había creído que podría tranquilizar a Marlinchen fácilmente: le aseguraría que Aidan debía de encontrarse bien, le recomendaría un detective privado competente y daría carpetazo al asunto. Había creído que podría resumir todo el asunto Hennessy en cuatro palabras: no es problema mío.

Para colmo de males, volvía a dolerme el oído. Las aspirinas ya no surtían efecto y la sensación empezaba a pasar del dolor sordo y medicado a las intensas punzadas con las que me había despertado las dos últimas mañanas. El malestar estaba cerrando mi mente a sentimientos más nobles.

– Ojalá fuese una mera cuestión de importancia -respondí-. Pero el condado de Hennepin me paga para que investigue hechos en los que se ha infringido la ley dentro de su circunscripción, y éste no es el caso. Repito, hablaré con los detectives privados que conozco y veré si alguno acepta ayudarte gratis. Tal vez…

Un ruido procedente de la parte delantera de la casa hizo que Marlinchen levantara la mirada. Tres chiquillos cargados con las mochilas escolares irrumpieron en la cocina y su parloteo cesó en seco cuando advirtieron mi presencia junto a su hermana.

Ninguno de los tres era rubio como Marlinchen, sino que habían heredado el cabello castaño de Hugh. El más pequeño iba bastante desgreñado pero, salvo este detalle, se los veía limpios y bien vestidos y, evidentemente, muy sanos. Marlinchen se levantó.

– Chicos, ésta es la detective Sarah Pribek -anunció-. Hablé con ella hace unos días, acerca de Aidan. ¿ Recordáis que os dije que iba a la ciudad a eso?

– Yo creía que… -intervino uno de los pequeños, un chico fuerte con una camiseta sin mangas.

– Ya hablaremos luego -lo cortó Marlinchen, y llevó a cabo las presentaciones-. Mire, éste es Liam. Tiene dieciséis años. -El chico, alto y delgado, llevaba el cabello bastante largo y unas gafas con montura metálica-. Y éste, Colm, de catorce -señaló al que acababa de hablar-. El más pequeño es Donal, de once.

Donal era el del cabello revuelto; bajo la pelambrera, sus facciones aún no estaban bien definidas, como suele suceder en los niños de su edad.

– Encantada de conoceros -intervine-, pero ahora tengo que marcharme. Debo ir al trabajo. Haré esas llamadas -dije a Marlinchen-. Me ocuparé esta noche o mañana y te llamaré con la respuesta.

No iba a ser fácil, pensé, pero tal vez encontraría a un sabueso bien dispuesto.

– La acompañaré a la puerta -respondió ella, asintiendo. Una vez en el porche, volvió a hablarme con franqueza-: Detective Pribek, no nos denunciará usted, ¿verdad? A Servicios Sociales, me refiero.

– Mi obligación es informarlos de vuestro caso, Marlinchen. Es la ley.

Noté que mi respuesta la decepcionaba. Encorvó los hombros levísimamente y apartó la mirada, dirigiéndola al lago.

No entendí por qué se sentía así, como si ella y sus hermanos hubieran sido sentenciados a un orfanato del pasado, uno de esos caserones tétricos donde se comían gachas infectas. Pero, de pronto, me vi a través de sus ojos y no me gustó lo que observé. Me había presentado allí y había comprobado que tenía la casa bien arreglada, que cocinaba y que se ocupaba de sus hermanos menores con evidente cariño, pero no, lo siento, con eso no basta y voy a denunciarte a las autoridades y, por cierto, me importa un bledo dónde esté tu hermano. Si quieres encontrarlo, paga.

– Mira -dije, aflojando el paso-, tal vez pueda ayudarte un poco en lo de Aidan.