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– Su marido es, claramente, una persona de interés -dijo Diaz.

Persona de interés es a sospechoso lo que tormenta tropical es a huracán.

– Imposible -repliqué-. Las pruebas lo descartan.

Aunque me constaba perfectamente que Shiloh no había matado a Stewart, también conocía a fondo las pruebas que habían convencido a los investigadores de que no podía haberlo hecho. Las lesiones de Shiloh, la furgoneta averiada, el periodo de siete días entre su intento de matar a Stewart y la muerte real de éste…; todo ello corroboraba que Shiloh no había tenido nada que ver con el asesinato.

– ¿Está segura? Existe un periodo de nueve horas entre la muerte de Stewart y la aparición de Shiloh en Masón City. Es tiempo suficiente para viajar ciento cincuenta kilómetros.

– ¿A pie?

– No; en coche o camión. Que no se haya presentado nadie a declarar que lo recogió cuando hacía auto estop no significa que no lo hiciera.

– Aunque exista ese periodo de nueve horas -apunté- también están esos siete días entre el intento de Shiloh de arrollar a Royce Stewart y el momento de su aparición en Masón City. Es difícil basar un caso en…

Callé a media frase. Me había dado cuenta de algo.

– ¿Qué decía? -Diaz me instó a continuar. Aquel hombre probaba un juego y yo, aunque debería haber sabido que me convenía abstenerme, empezaba a jugarlo también.

– ¿Ha hablado ya con Shiloh, en la cárcel? -le pregunté.

– No estoy dispuesto a compartir todos los detalles de mi investigación, en este momento -fue su respuesta.

– Es decir, que no lo ha visto. Porque no es Shiloh quien le interesa, ¿me equivoco? Me busca a mí. Ha desviado mi atención fingiendo que sospecha de Shiloh. Quiere que salte a defenderlo y discuta los extremos del caso con usted, hasta que revele algún detalle que no podría saber a menos que hubiese matado a Shorty. -Este era el apodo de Stewart, como constaba en la vanidosa matricula personalizada de su coche-. Éste es el segundo detalle que ha omitido en la historia: ha evitado cualquier referencia a que yo estuviera en la zona y a que hablara con Stewart la noche de su muerte. Si ha preguntado a los clientes del bar, ya sabrá que estuve allí, lo cual me convierte en la sospechosa perfecta. Pero en lugar de preguntarme directamente, finge que quiere hablar conmigo como «colega investigador».

Era una táctica que a veces funciona con los delincuentes de la calle. Cuando se habla con un sospechoso con antecedentes, el detective le pide que imagine cómo se podía haber cometido un delito, qué habría hecho él de haber participado. Si da resultado, el criminal bajará la guardia y revelará un detalle crítico que no debería conocer.

– Permita que responda a la pegunta que se calla -continué-. Yo no maté a Royce Stewart. Estuve allí, en Blue Earth, y fui al bar. Hablé con él. Pero no lo maté.

– Detective Pribek, no he venido a ofenderla -replicó Diaz-. Estoy aquí para cumplir mi deber.

Tenía razón; me había ido de la lengua más de lo que me proponía. El dolor de oído me tenía frenética.

– Lo siento -me disculpé-. Ya lo sé. He pasado un resfriado y ahora mismo me molesta mucho un oído. ¿Me permite un minuto, a ver si encuentro una aspirina?

– En realidad -replicó Diaz-, me gustaría que siguiéramos con esto, ahora que estamos a media conversación.

Otro punto clave en un interrogatorio: una vez empiezan a calentarse las cosas, no des ocasión de recapacitar al sospechoso.

– Hablemos de la noche que fue a Blue Earth. ¿Qué la condujo allí?

– Acababa de enterarme de que Shiloh había robado la furgoneta y había tenido un accidente en la autopista. Entendía sus motivos, que quisiera acabar con Shorty, pero comprobé que no lo había hecho, pues Royce Stewart seguía vivo. De hecho, Royce era el sospechoso del robo de la furgoneta, puesto que las huellas dactilares lo colocaban en la escena del accidente. Lo que no acababa de entender era qué había sido de Shiloh desde ese momento.

– De modo que viajó hasta allí.

– Sí. Para hablar con Shorty. -El oído me latía al ritmo del corazón, un poco más acelerado de lo habitual.

– ¿Cómo sabía que lo encontraría en el bar? -preguntó Diaz.

– No lo sabía… ¡Ay!

Esta vez había notado algo nuevo, la sensación de que algo estallaba, seguido de una crepitación o algo parecido a unas interferencias. Había oído hablar a la gente de las sensaciones en los oídos durante el ascenso y el descenso en avión, pero no me pareció que tuviera nada que ver. Imaginé más bien que se me habían formado ampollas como burbujas en el tímpano y que una de ella había reventado.

– ¿El oído? -preguntó Diaz.

– Sí -respondí, y me froté la oreja, inútilmente.

– Terminaremos esto cuanto antes -me prometió Diaz-. ¿Qué decía usted?

– Decía que no sabía con certeza si estaría en el bar, pero había oído que pasaba muchas horas allí.

– Y, por suerte para usted, lo encontró en ese local -comentó el hombre-. ¿De qué hablaron?

– Quería que me dijera lo que supiese de la desaparición de Shiloh -le expliqué-. Pero se negó a hablar conmigo.

– ¿Qué hizo usted, entonces?

– Volverme por donde había venido. Me dirigí a Mankato, donde vivía mi compañera, Genevieve, con su hermana y su cuñado. Sabía que allí tendría una cama.

En segundo curso habíamos estudiado el oído. Procuré no recordar la ilustración del tímpano, ni imaginarme el mío como un globo rosa intenso, hinchado de líquido, más y más distendido con cada hora que pasaba.

– ¿No fue a la casa de Stewart antes de marcharse de Blue Earth?

Allí había una posible trampa. Hasta aquel momento, le había contado a Diaz la verdad, aunque con omisiones. No había sido preciso mentir. Llegados a este punto, no me quedaba más remedio que salirme del carril.

– No -declaré-. No fui.

– De Mineápolis a Blue Earth hay casi tres horas en coche -apuntó Diaz-. ¿Y usted hace todo este camino, encuentra a Stewart en el bar y, cuando se niega a hablar de su marido, se limita a meterse otra vez en el coche y a marcharse? Me parece que se dio por vencida muy fácilmente.

El oído me crepitó otra vez, produciendo un ruido como de interferencias.

– Shorty, cito sus palabras, me dijo que no sabía «una puta mierda». Yo no podía demostrar lo contrario. Después de eso, poco más podía hacer.

– De modo que mantiene su historia: fue en coche a Blue Earth, se vio un momento con Shorty en el bar y continuó hasta Mankato…

– En efecto -asentí. La mayor parte de lo que le había contado era verdad. La mentira era por omisión. Había permitido que Genevieve, que me había seguido a Blue Earth, fuese y viniese a su gusto, sin que nadie la viera, como una sombra malévola.

Diaz movió la cabeza como si estuviera decepcionado con un alumno que no rindiera como esperaba. Revolvió unos papeles de la carpeta y murmuró:

– Creo que esto es todo, por ahora.

Cuando me puse en pie, una pátina rojo grisácea me nubló la vista y el oído me dolió más que nunca.

– ¡Ah!, olvidaba una cosa -añadió él-. ¿Sabe de algún motivo por el que alguien pueda afirmar que la vio con su coche delante de la casa de Stewart la noche en cuestión?

Yo me había detenido, tratando de aclarar la visión. La pregunta de Diaz no contribuyó a calmarme. «Domínate -me dije-. Respira.»-Debe de haber bastantes mujeres parecidas a mí que conducen un Nova de 1970 -aduje. La neblina rojiza se desvaneció y los colores del mundo reaparecieron.

– Ya -comentó Diaz-. Gracias por su ayuda, detective Pribek.

Esta pregunta, la de «¿Sabe de algún motivo…?», es un clásico de los investigadores. Da a entender que existen testigos, pero no llega a afirmarlo abiertamente. Se espera que el sujeto interrogado caiga en la trampa y empiece a ofrecer excusas fáciles y manifiestas falsedades que confirmen lo que el investigador sólo sospechaba.