Pero saber que era una táctica no mermaba su fuerza. Si Diaz disponía de más pruebas, ya las habría sacado, me dije en el baño, donde acababa de engullir dos analgésicos y me había enjugado la cara, con buen cuidado de que no me entrara agua en el oído.
Cuando levanté la cabeza y me miré en el espejo, vi mis pálidas facciones brillantes de sudor y de agua. Me había mojado los mechones de cabello más cercanos a la cara. Salvo por la ropa de trabajo y la pistolera en el hombro, parecía una tísica del siglo xix salida de una sala de hospital de caridad. Contemplé mi propia imagen y me enfrenté a la peor decisión que tendría que tomar en todo aquel día: debía acudir a la consulta de un médico.
Los expertos de aviación insisten en que estás más seguro en el aire que si te quedas en tierra. Las estadísticas lo confirman, pero en cualquier terminal de aeropuerto verás a algún pobre desgraciado sentado en una silla de plástico con los codos en las rodillas, las manos colgando, los pies plantados en el suelo y la cabeza gacha. Es casi una postura de plegaria, como si el tipo se dispusiera a hacer lo más peligroso que se conciba. Y, en la cabeza del que tiene fobia a volar, no cabe duda de que lo es.
Las fobias son así. No importa que el miedo sea irracional. En ocasiones, el instinto del peligro atenaza la mente sin una razón concreta y se niega a sosegarse a pesar de las estadísticas más tranquilizadoras o de las seguridades que pueda ofrecer cualquiera. Para mí, el equivalente de la terminal de aeropuerto es la sala de espera de la consulta de un médico. A las cinco menos cinco entré en la recepción de la clínica, di mis datos y asumí la postura que antes describía. Notaba los brazos y las piernas pesados y sin fuerzas, como si tuviera agua en el depósito de carburante. A mi izquierda, un hombre corpulento vestido con un mono de trabajo y que llevaba un móvil salpicado de pintura en el cinturón contemplaba el tráfico por la ventana.
La puerta que conducía a las consultas se abrió y apareció una enfermera.
– ¿Washington? -preguntó.
El pintor se puso en pie y avanzó hacia la puerta. Suspiré de alivio, como si me hubieran concedido un aplazamiento de la condena.
Miré por la ventana. En los boletines de noticias de la radio anunciaban un tiempo cargado y tras los cristales ya se apreciaban las nubes amarillentas en el horizonte. Todavía estaban lejos.
Volvió a abrirse la puerta.
– ¿Pribek? -preguntó la enfermera.
No levanté la cabeza. Me limité a observarla tras la cortina de cabellos que me ocultaba el rostro y la mujer no estuvo segura de si la miraba o no.
«Por el amor de Dios, ¿qué estás haciendo? Levántate.»-¿Sarah Pribek? -repitió la enfermera.
Me levanté. Las piernas apenas me sostenían cuando, sin llegar a cruzar una mirada con ella, me volví hacia la puerta de salida, la que llevaba al mundo exterior. Pisé el rodapié de goma y la puerta se abrió automáticamente. Creí que las rodillas iban a fallarme en cualquier momento y casi esperé que se produjera algún intento de retenerme: que la enfermera se pusiera a gritar, «¡por ahí va!», y que apareciesen refuerzos para reducirme y devolverme a la consulta.
Sin embargo, no sucedió nada de eso y pronto me encontré de nuevo bajo los rayos del sol de media tarde. Mis piernas recuperaron cierta firmeza y empecé a caminar más deprisa, hasta llegar al coche.
Pasé dos horas en casa, calentando toallas en la secadora y aplicándomelas en el oído.
Entonces, se me ocurrió una idea.
Capítulo 8
– ¡Que aspecto tan distinto traes! -exclamó Cisco.
Me había puesto los vaqueros más viejos, unos que de tan gastados parecían casi terciopelo, el jersey de rayas azul y naranja de Shiloh y unas zapatillas de baloncesto con calcetines gruesos. Cisco me estudiaba desde el otro lado de la puerta, abierta sólo lo que la cadena daba de sí, y tan pronto hubo hablado, advirtió que tal vez la situación no era para tomarla a la ligera.
– ¿Te encuentras bien? -preguntó.
– No -respondí-. ¿Puedo entrar?
Lo mismo que la vez anterior: Cisco cerró la puerta, desenganchó la cadena y retrocedió con la silla de ruedas para que entrase. Entonces preguntó:
– ¿Qué te ocurre?
– El oído me está matando -le expliqué-. Dijiste que a lo mejor empezaría a dolerme y así ha sido, hace un par de días. Lo que ocurre es que no estoy segura de que sólo se deba al resfriado, porque la semana pasada me metí en un canal de desagüe. Sumergí la cabeza, quiero decir. Era agua sucia.
Me extendí en explicaciones porque tenía mucho miedo de que me despachase sin visitarme y quería ofrecerle todo tipo de información que pudiera serle útil.
– ¿Podrías echarle un vistazo? -concluí.
– Vamos, siéntate en la mesa de exploración.
Lo hice mientras él buscaba mi historial en el archivador, se lavaba las manos y sacaba el equipo. No comprendía por qué en el apartamento de Cisco no pasaba tanto miedo como en una clínica, pero allí, aunque no estaba del todo relajada, al menos controlaba los nervios.
Cisco me tomó la tensión como la vez anterior y dijo:
– La tienes un poco alta. -Me puso un dedo en la muñeca, buscando el pulso radial, y anotó algo en su bloc amarillo. Después, sacó el otoscopio de la arqueta-. ¿Qué oído? -preguntó.
– El izquierdo -respondí.
Cuando introdujo la pequeña punta roma del instrumento en la oreja, di un pequeño respingo.
– Tranquila -dijo.
Cerré los ojos y traté de relajarme. El aliento de Cisco movía las mechas sueltas de cabello que me caían en el hombro.
Cisco retiró el instrumento, retrocedió un poco y vi que su expresión había cambiado.
– Si mal no recuerdo, te dije que si empezaba a molestarte debías ir a que te viera un médico.
– Lo sé.
– ¿Por qué no lo has hecho?
– Pensaba que se me pasaría solo -respondí sin convicción.
– Pues ya has visto que no -replicó Cisco-. Llegado este punto, hay que hacer una punción en el tímpano.
– Y eso puedes hacerlo aquí, ¿verdad? -Me dolía tanto que no asimilé la idea de que fuera a pincharme el oído con una aguja.
– Sé hacerlo, pero no dispongo del material adecuado.
– Aquí tienes trescientos dólares -dije, hurgando en el bolso-. De camino, he pasado por un cajero automático.
Dejé el dinero en la estantería donde había puesto los cuarenta dólares la última vez.
– No es cuestión de dinero -replicó-. Para eso debes ir a una clínica.
– No puedo -repliqué.
– ¿Por qué no, maldita sea? -Cisco tamborileó impacientemente con los dedos en la silla de ruedas.
– No me gustan esos sitios. Me… me dan miedo.
– ¿Por qué?
– No lo sé -repliqué. El miedo me impedía explicarme mejor-. Ayúdame, por favor. No puedo ir a ningún otro sitio.
Pensé que iba a negarse. Cisco tenía sus principios, ya me lo había contado la primera vez. Sin embargo, en sus ojos había un brillo que no había visto hasta entonces. Tal vez fuese compasión.
– Te dolerá mucho -advirtió Cisco.
– Vengo preparada. -Hurgué en el bolso y saqué una botella de whisky que había comprado en el camino.
– ¡Jesús! -Cisco agachó la cabeza, se frotó el puente de la nariz con dos dedos y suspiró-. ¿Quieres un vaso?
– No -respondí.
– Bien, pues dale un buen trago -indicó Cisco-. Voy a disponerlo todo.
Se alejó en la silla de ruedas y bebí. Cerré los ojos y oí sus movimientos mientras se preparaba para la intervención. Me pareció oír un perro que ladraba al otro lado de la pared. Por la intensidad del sonido, debía tratarse de un perro grande, pero aquello resultaba extraño. ¿Qué hacía un perro allí?
– Bien -indicó Cisco, de espaldas a mí-. Mientras esperamos, podrías contarme por qué decidiste tirarte a un canal de desagüe.