– Lo hice para sacar a unos niños que se habían caído al agua.
– Pensaba que la furcia con el corazón de oro sólo existía en las películas.
– No soy una furcia.
Supongo que para mí fue importante hacer aquella distinción porque, de ese modo, le revelaría a Cisco mi verdadera personalidad. No me gustaba la idea de quedarme atrapada entre identidades distintas, a mitad de camino entre una y otra.
– No lo soy -repetí al ver que él no reaccionaba.
– Tomo debida nota -dijo, risueño. No sé si me creyó.
Cuando hube bebido lo suficiente, me tumbé en la mesa de masaje. La cabeza me daba vueltas y cerré los ojos. Los abrí de nuevo y me descubrí mirando otra vez el título de medicina de Cisco. C. Agustín Ruiz. No una F, de Francisco, como habría cabido esperar. Qué extraño…
Cisco se acercó a mí. Se había atado un pañuelo azul a la cabeza y llevaba el resto del pelo recogido en una pequeña coleta en la nuca, como haría un cirujano metiéndose el pelo dentro del gorro. Traía una toalla en las manos.
– ¿Cómo estás?
– Preoperatoria -respondí.
Cisco soltó una carcajada, un sonido grave y agradable.
– Pues me parece que todavía pronuncias las erres con demasiada claridad. Bebe un poco más.
Obediente como una niña, bebí agarrando la botella con las dos manos.
– ¿Qué ocurrió con los críos a los que sacaste del canal? -inquirió.
– No te crees lo que te he contado, ¿verdad? -Cada vez me resultaba más fácil decir lo que pensaba, sin el retraso habitual de dos segundos entre los pensamientos y las palabras-. Bueno, no me importa que te burles de mí. Lo que ocurrió fue que el hermano mayor sobrevivió y el pequeño, no.
– Algo he oído en la radio. -Cisco se había puesto serio. Me creía.
– ¿Tu nombre completo es Cisco? -pregunté sin pensar lo que decía.
– No.
– ¿Cuál es, entonces?
– Cicero -dijo-. Un nombre bien sencillo, pero a mucha gente le cuesta pronunciar esa sílaba de más.
– Pues a mí me gusta -comenté.
– Mi padre era un enamorado de los clásicos. Mi hermano se llama Ulises. -Hizo una pausa-. Bien, creo que ya estás a punto. No, relájate. Primero tengo que limpiarte el oído.
El proceso de limpieza no fue doloroso, pero di un respingo al notar una presión húmeda en un punto desacostumbrado. Para distraerme, Cisco recurrió al típico monólogo de los médicos.
– En cierto modo -comentó-, has tenido mucha suerte. Hace diez años, sólo un otorrino habría podido tratar esto. Comenzaron a enseñarlo de nuevo en las facultades en los años noventa, cuando los virus y las bacterias empezaron a volverse resistentes a los antibióticos. Cada vez veíamos más niños con infecciones que no respondían al tratamiento antimicrobiano.
En su voz había algo que hacía mucho tiempo que no percibía, una tranquila ponderación que me recordó a los abuelos de los niños indios con los que me relacionaba de pequeña en Nuevo México.
Cicero se apartó. Noté frío y humedad en el oído.
– Vamos, túmbate otra vez -indicó. Me recosté con el oído izquierdo hacia arriba.
– Cierra los ojos. Voy a encender otra luz. -Tiró del cuello articulado de una lámpara y me la acercó a la cabeza. Debía de tener una bombilla de muchos vatios, halógena tal vez, porque noté calor en la mejilla y en el cuello. Cicero me sujetó la cara con sus largos dedos.
– Levanta la cabeza -ordenó. Obedecí y extendió una toalla debajo. Volví a apoyarla en la mesa. Por el rabillo del ojo vi que cogía algo. Una aguja. Irradiaba un brillo siniestro bajo la luz y era muy larga.
– Dos cosas -dijo Cisco-. No tengo aspirador, de modo que, una vez acabe, tendrás que volver la cabeza de lado para que los fluidos drenen en la toalla. Segundo: va a dolerte.
– Eso ya lo has dicho -apunté con una voz que, al menos a mí, me pareció de borracha-. No tienes por qué recrearte en ello.
– Es que necesito que estés callada mientras lo hago -explicó-. No quiero que venga la policía.
«Demasiado tarde», pensé y la carcajada que intenté reprimir se convirtió en un sonido agudo y frívolo. Cicero me miró, intrigado, y yo traté de controlarme sin conseguirlo.
– No -dije, muerta de risa-. Me parece que eso no puedo prometerlo.
– Pues si no lo tienes claro, todavía estamos a tiempo de que acudas a urgencias en cualquier hospital.
Ante aquella perspectiva, la risa se me cortó en la garganta.
– Muy bien -asintió Cicero-. Vuelve un poco la cabeza.
Hice lo que me decía y cerré los ojos.
– Ahora tienes que estar muy quieta -advirtió, poniéndome la mano libre sobre la boca.
Cuando sentí la aguja, me alegré de no haberle prometido que no chillaría. El dolor atravesó la neblina del alcohol. Noté que las manos de Cicero me volvían la cabeza, porque se me olvidó seguir sus indicaciones previas. Entonces manó de la oreja un líquido caliente que se derramó poco a poco en la toalla.
– Dios mío -murmuré con los ojos todavía cerrados-. Dios mío.
Estaba tumbada de lado y encogí las rodillas hacia el pecho en un intento de adoptar la posición fetal.
– No levantes la cabeza -dijo Cicero, tomándome de la mano.
– Voy a marearme.
– Respira hondo.
Intenté obedecerlo. Respiré hondo una vez, y luego otra.
– Quiero sentarme -pedí, pensando que así aliviaría las náuseas.
Me soltó la mano y tan pronto me incorporé, el mareo disminuyó. Repetí las inspiraciones unas cuantas veces más y me alivió descubrir que había controlado las arcadas.
– ¿Estás mejor? -me preguntó.
– Sí -contesté.
– ¿Quieres ir al baño?
– Sí, gracias.
Esperaba encontrar un baño pequeño, tipo armario, y las dimensiones del cuarto me sorprendieron. Como era de esperar, estaba adaptado a la silla de ruedas de Cicero. Tenía una barandilla de metal a lo largo de una de las paredes y también en el interior de la ducha, donde había un asiento de baldosas. No di la luz porque creí que me resultaría cegadora y me lavé con la escasa que entraba desde el pasillo.
Junto al lavamanos había colgada una sola toalla y no vi ninguna manopla. Abrí el grifo y dejé que un hilillo de agua llenara la pileta. Metí los dedos y luego me los pasé por la cara y el cuello. Después los froté con la pastilla de jabón y me los llevé de nuevo al cuello, donde se formó una pequeña capa de espuma. Volví a poner los dedos bajo el grifo y me aclaré lo mejor que pude, aunque no conseguí evitar que un reguero de agua me resbalara por el cuello. Presioné el grueso tejido de la camisa contra la piel para secarme.
Cuando salí, Cicero limpiaba la mesa de exploración. Lo miré sin saber bien qué decir.
– Me siento bastante mejor -mentí.
Sin embargo, él me observó con expresión inquisitiva, de un modo que me llamó la atención.
– ¿Qué ocurre? -pregunté.
– Que no estás en condiciones de coger el coche -respondió.
– Ya lo sé -me apresuré a replicar. Parecía que con el dolor había remitido la borrachera, pero era una percepción equivocada. Llevaba una buena cogorza.
– Tendrías que echarte a dormir -señaló Cicero.
– ¿Dónde? ¿En la mesa de exploración? -pregunté.
Cicero suspiró, se quitó el pañuelo de la cabeza y se soltó la coleta.
– No -respondió al cabo.
– ¿Dónde, entonces?
– Mira -dijo-, éste es un ofrecimiento que no suelo hacer, pero te dejaré dormir en mi cuarto.
– ¿De veras? -Advertí que la idea lo incomodaba un poco, y para ser sincera a mí también, pero sabía que tenía razón. No podía conducir hasta que se me pasara la borrachera.
Se dirigió hacia su cuarto y yo lo seguí. Abrió la puerta y encendió la luz.
Vi una estrecha cama individual cubierta con una colcha marrón canela y, en la pared, una foto del Yosemite en blanco y negro, de Ansel Adams. Medio escondido bajo la cama, guardaba un juego de pesas de mano de ocho kilos cada una. Junto a la pared había una mesa baja y estrecha, casi un estante, llena de fotos de familia. Algunas eran bastante antiguas, en blanco y negro.