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– Pero ahí he sido yo el que te tocaba, y no al revés -objetó-. No es lo mismo. ¿Te molesta que sea paralítico?

– Estoy casada -susurré.

– Comprendo -asintió Cicero-. No llevas anillo de boda y tienes libertad para llegar a casa de madrugada pero, cuando me insinúo, de repente sales con que estás casada.

– Mi marido está en la cárcel -expliqué.

No me creyó, era evidente.

– Lo condenaron por el robo de un vehículo -añadí-. Está en prisión, en Wisconsin.

Su expresión no cambió pero, al cabo de unos instantes, dijo:

– Entonces, supongo que debes irte.

– No se trata de que seas paralítico -susurré. No sé por qué, pero quería dejarle claro aquel punto, así que apoyé una mano en su muslo. Fue una estupidez, un intento ridículo de corregir las cosas.

– No noto tu mano -dijo Cicero-, y no es preciso que hagas nada para demostrarme que eres una chica de mentalidad abierta, aunque si vas a tocarme, hazlo en algún sitio donde lo sienta. -Me agarró por la muñeca-. Voy a enseñarte algo.

Se levantó la camisa con la otra mano y dijo:

– Mucha gente piensa que el cuerpo de un parapléjico está dividido por una línea que separa la zona donde hay sensaciones de la zona donde no las hay, como la línea que divide la luz y la oscuridad en la luna, pero es más como el crepúsculo cayendo sobre la tierra.

Me llevó la mano a sus costillas.

– Aquí tengo sensibilidad normal -dijo. Deslizó su mano y la mía más abajo y añadió-: Aquí sólo noto la temperatura, pero no la presión. Y aquí… -continuó, llevando mi mano más abajo todavía-. Aquí, oscuridad total.

Sin dejar de mirarlo a los ojos, alcé la mano izquierda hasta el otro costado de su caja torácica y él me agarró de las caderas, atrayéndome hacia sí. No había más sitio adonde ir que la silla de ruedas y, con cuidado, puse mis rodillas a cada lado de sus muslos, en el borde de la silla, hasta quedar sentada a horcajadas encima de él.

Tener que alzar la cabeza para besar a una mujer no le creaba inseguridad y, cuando lo hizo, se sumergió en mi boca casi inmediatamente, explorándola con la lengua. Me sorprendió. Aquel beso profundo, invasor, procedente de alguien que era prácticamente un desconocido, resultaba inquietante y excitante a la vez, y sentí que algo se me arremolinaba en lo más hondo del estómago, como si fueran nervios, aunque en realidad se trataba de algo más cálido.

Nuestro tenue reflejo en el espejo del armario mostraba a un hombre, una mujer y una silla: un retablo sexual del que nunca había esperado formar parte. Hasta entonces, los hombres me habían llevado a su casa y a su cama, pero al subir a la silla de ruedas de Cicero me encontré en el mismísimo centro de su vida, casi de su cuerpo, y la situación me suscitó la pregunta de si Cicero tenía una percepción especial de lo que se sentía al ser penetrado.

La tercera vez que desperté, las llamas de las velas se habían hundido casi por completo en unos profundos pozos de cera. Ya no importaba. Al otro lado de la ventana, el cielo empezaba a encenderse con las luces que preceden al amanecer. Cicero dormía tan pegado a mí que sentía el calor de su piel. Fue una sensación reconfortante hasta que vi el viejo jersey de Shiloh colgado del respaldo de la silla de ruedas. Entonces sentí frío en el estómago, como si estuviera examinando un mapa en el que nada me resultase familiar.

Me deslicé de la cama despacio y me vestí en silencio. Guardé la receta e hice girar el pomo de la puerta despacio, como hace la gente que entra o sale a hurtadillas de un dormitorio.

Cuando habló, Cicero ni siquiera abrió los ojos. Tenía la voz pastosa de sueño.

– No ha sido más que un poco de compasión entre humanos, Sarah -dijo-. No permitas que te estropee la semana.

Capítulo 9

Después de ocho horas ininterrumpidas de sueño en casa, me desperté en mi dormitorio, caluroso y sofocante, deseando varias cosas a la vez: agua helada, una ducha muy caliente y algo de comer, aunque no sabía exactamente qué. Tras satisfacer mis dos primeras necesidades recreándome en la ducha, me sorprendió descubrir que tenía el oído mucho mejor. Ni siquiera me dolía. Sentía en él esa pesadez vacía que a veces sustituye al dolor, como cuando una jaqueca particularmente terrible se diluye y te libera por fin de la opresión a la que te tenía sometida.

Como hacía calor, me puse unos pantalones con las perneras cortadas por los muslos y una camiseta sin mangas, y fui a la cocina a echar un vistazo al mal aprovisionado frigorífico y a los armarios. No me apeteció nada de lo que vi. Fuera lo que fuese aquel extraño anhelo, no se trataba de los habituales antojos de café, azúcar, sal o carne roja. Salí al jardín por la puerta trasera.

La tormenta de la noche anterior había dejado el cielo limpio, a excepción de unas pocas nubes blancas hacia el oeste. El sol estaba ya muy alto, pero los olmos tamizaban la luz y sólo dejaban pasar unos pocos rayos. El gato siamés desnutrido del vecino recorría el césped, excesivamente crecido, de nuestro pequeño y descuidado patio trasero. Se detuvo, comprobó que yo no constituía ninguna amenaza y continuó su camino. Yo también seguí el mío hasta la puerta del sótano y descendí a la oscura estancia llena de telarañas.

Allí abajo, Shiloh guardaba lo que llamaba «las provisiones para el Juicio Final»: comida enlatada para ser consumida en caso de catástrofe natural, disturbios, ley marcial o ataque nuclear. Yo siempre había pensado que la comida que se conserva bien para casos de emergencia -los platos preparados, las sopas bajas en sodio, la leche en polvo y la fruta en almíbar- eran algo demasiado deprimente para tomarlo mientras el mundo se desmoronaba. Sin embargo, por extraño que resultase, fue allí donde encontré algo que calmó mi antojo: un frasco de compota de manzana y una lata de peras.

Cuando salía, en la penumbra, estuve a punto de tropezar con algo. Era una caja de trastos vieja y destartalada. Contenía las herramientas que, a diferencia de la llave inglesa o los alicates, no se utilizaban con asiduidad. No necesitaba abrirla para saber que contenía algo más: una pistola del calibre 25 sin registrar, chapada en plata barata.

Me la había entregado Deb, la hermana de Genevieve, hacía tanto tiempo que parecía que habían transcurrido cien años. Deb me había dado una explicación de lo más inocente: la pistola era una reliquia de la época que había vivido en un barrio conflictivo del este de Sant Louis. Hacía mucho que quería librarse del arma y yo le había prometido que me ocuparía de ello pero, inmediatamente después, la desaparición de Shiloh y nuestros problemas subsiguientes habían borrado de mi mente la promesa. Había escondido el arma en el sótano y allí se había quedado. En vista de las sospechas que había despertado en el caso de Royce Stewart, pensé que no podía llevarla al trabajo y entregársela a los técnicos de pruebas para que la destruyeran, y mucho menos ahora que Gray Díaz estaba en la ciudad.

Aparté la caja con el pie y decidí que debía ocuparme de la pistola cuanto antes, pero no ese día.

De vuelta en la cocina, me comí toda la lata de peras con un poco de queso rallado encima. Ya había empezado la compota de manzana cuando oí que llamaban a la puerta.

Los visillos de la mitad superior de la puerta eran muy finos y a través de ellos divisé un ancho torso masculino. Los aparté un poco y vi que se trataba del detective Van Noord, a quien había pedido disculpas el día anterior al marcharme apresuradamente del trabajo.

– ¿Qué sucede? -pregunté, abriendo la puerta.

– Me ha enviado Prewitt para ver si estabas aquí -respondió-. No podíamos contactar contigo.

– Es mi día libre -repliqué-. ¿Ocurre algo?

Me refería a alguna emergencia o peligro para la seguridad pública, situaciones en las que se necesita a todos los agentes, pero era una tarde tranquila y no se oían sirenas en la distancia.