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– ¿De qué murió tu tía?

– Tuvo un accidente de coche.

– Y tu padre y Pete Benjamín, ¿de qué se conocen? -pregunté.

– Se criaron juntos en Atlanta -contestó-. Pete heredó muchas tierras y se dedicó a trabajarlas. Papá fue a la universidad y el resto ya lo conoce. -Hizo una pausa para concentrarse y siguió cortando mechones-. Creo que papá pensó que Aidan aprendería mucho viviendo en una granja. Papá dejó la universidad a los veinte años y tuvo muchos trabajos distintos, muchos de ellos manuales y algunos en el campo. Dijo que había aprendido más sobre la vida trabajando por ahí que en la universidad.

Marlinchen peinó a Donal con raya en medio y estudió cómo quedaba el corte.

– ¿Lo ve igualado, detective Pribek?

– Sí. Creo que sí.

– Venga, cariño, ya está. -Marlinchen le quitó la toalla de playa.

– Por fin -dijo Donal-. ¿Puedo comerme un polo?

– Sí, supongo que sí -respondió su hermana.

Mientras Donal asaltaba el frigorífico y se marchaba, pregunté a Marlinchen:

– ¿Sabes algo de los amigos de Aidan en Georgia, o de sus aficiones? ¿Dónde puede haber ido?

– Ya me gustaría -dijo Marlinchen sacudiendo la cabeza-. Quizá el señor Benjamín pueda ayudarla en eso.

– Buena idea. Necesitaré su teléfono. Y también me convendría tener una foto de Aidan.

Arriba, la primera puerta del pasillo daba a la habitación de Marlinchen. Una vez dentro, la muchacha se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y, deslizando la mano debajo de la cama, sacó una caja de madera cubierta de polvo y abrió la tapa.

– Sólo tardaré un momento -aseguró.

Mientras Marlinchen rebuscaba en el interior de la caja, yo estudié su alcoba. Estaba limpia y ordenada; no esperaba encontrarla de otra manera. La cama estaba perfectamente hecha y cubierta con una colcha de ganchillo de color crema. El escritorio, pintado del mismo color, estaba orientado hacia la ventana y en él destacaba un juego de escritorio listo para usar, decorado con una pluma de avestruz al estilo antiguo. Era bonito pero, sin duda, en realidad trabajaba con el ordenador portátil, que, por su aspecto moderno, rompía con la estética de la mesa.

– ¿Te dedicas a escribir? -pregunté-. Aparte de los trabajos de clase, quiero decir.

– No -respondió Marlinchen, sacudiendo la cabeza y sin levantar la vista de la caja-. Es Liam quien escribe.

Sobre la cómoda había dos fotos enmarcadas. Una de ellas era una instantánea de Marlinchen entre sus compañeros de clase en lo que parecía una excursión escolar a un partido de los Twins, y en la otra aparecía con sus tres hermanos menores junto a un arroyo. Para tratarse del dormitorio de una adolescente de clase media, el número de recuerdos de valor sentimental era sorprendentemente reducido. Debido a mi trabajo en Personas Desaparecidas, había estado en unos cuantos dormitorios de chicas adolescentes y había visto exposiciones que me habían hecho desear ser accionista de la Kodak: ligues, fiestas de final de curso, excursiones escolares o fines de semana en casas de amigas, todo grabado para la posteridad en instantáneas.

La voz de Marlinchen interrumpió mis cavilaciones.

– Aquí hay una de Aidan.

La foto Polaroid mostraba a un niño de unos once años, de pie, junto a un columpio que colgaba del sauce que yo había visto en el otro extremo del jardín. Era obvio que el muchacho de la foto iba a ser muy alto, más alto que Hugh Hennessy, pensé. Y aunque era un detalle que no saltaba a la vista, si te fijabas, veías un pequeño nudo de carne rosada en el lugar donde tendría que haber estado el dedo meñique.

Por lo demás, Aidan Hennessy era guapo, rubio, con los ojos azules como su hermana, y posaba con expresión seria.

– Oye -le dije-, ¿y no tienes una foto más reciente de tu hermano?

– No. ¿Es un inconveniente?

– Sí. Entre los doce y los diecisiete años, los jóvenes cambian mucho. Se les oscurece el cabello y, al perder la grasa infantil, la forma de la cara también varía. A veces engordan, y además, se decoloran el pelo, se lo tiñen y se hacen piercings.

– No creo que Aidan haya hecho nada de eso -replicó su hermana-. Y además, es muy fácil identificarlo. No hay más que mirarle la mano.

– Sí, supongo que tienes razón -convine-. Por cierto, ¿qué sucedió?

– Le mordió un perro -respondió Marlinchen.

– ¡Huy! -exclamé-. ¿Cuántos años tenía?

– Tres, quizá cuatro -respondió Marlinchen-. No recuerdo gran cosa del incidente, salvo que estuvo mucho tiempo en el hospital y que, cuando volvió, su mano me daba miedo. Me echaba a llorar y no quería jugar con él.

– ¿De veras? -me extrañé. Sin embargo, tal vez no fuera tan raro que una niñita reaccionara así ante la terrible lesión de su hermano-. Dime una cosa más: ¿cómo descubriste que Aidan había escapado de la granja de Georgia?

– Ah, eso -asintió Marlinchen-. Por correo electrónico. Después de que papá tuviera el ataque, durante unos días pasé mucho tiempo aquí, revisando sus papeles, los informes financieros y demás. Leí los mensajes de su ordenador y entre los que guardaba en la carpeta había unos que se enviaron hace un año. Ya sabes, esos que se quedan sin borrar.

– ¿Y tienes su contraseña?

– No, la contraseña aparece automáticamente en el momento en que te conectas, en forma de asteriscos. Sabes a qué me refiero, ¿no?

– Sí -asentí.

– Lo único que tienes que hacer es darle a la tecla de «aceptar» -Marlinchen extendió la pierna que tenía cruzada bajo el otro muslo-. No es que leyera todos los mensajes, pero el asunto de éste, «Aidan», me llamó la atención. Lo abrí y vi que era una respuesta de Pete a papá, y que debajo estaba el mensaje original de mi padre.

¿Un granjero con correo electrónico? Bueno, ¿y por qué no?

– Los mensajes trataban sobre la fuga de Aidan. Me parece que hubo un malentendido con respecto a quién debía informar a la policía y, temiendo que ninguno de los dos lo hubiera hecho, me decidí a llamar al agente Fredericks, de Georgia.

Por lo que me había contado Fredericks, la comunicación entre Pete Benjamín y Hugh Hennessy no dejaba lugar a malentendidos: quedaba muy claro que Hugh se haría cargo del asunto de la fuga de su hijo. Sin embargo, no quise sacar el asunto a colación.

– Marlinchen -apunté, en cambio-, el agente Fredericks me dijo que Aidan ya había huido en otra ocasión y había regresado a Minnesota.

La chica asintió.

– Y tu padre lo mandó de vuelta, ¿verdad?

Marlinchen asintió de nuevo, con la vista fija en el suelo.

– ¿Sabes si se fugó por algún motivo concreto? -quise saber.

Respondió que no con la cabeza.

– ¿Estás segura? -la presioné.

– Supongo que nos echaba de menos. Se presentó en casa y papá lo envió de vuelta a Georgia, eso es todo. -Se mordió el labio inferior-. Detective Pribek, antes le he dicho que no sé nada de la vida que lleva Aidan y que no tengo noticias suyas… Soy consciente de que tal vez le parezca extraño que a Aidan lo enviaran lejos de casa y que hayamos tenido tan poco contacto con él, pero después de la muerte de mamá… Cambian tantas cosas en una familia después de que suceda algo así… A la gente le cuesta comprenderlo y creo que yo no consigo explicarme muy bien.

– No, no es tan difícil de comprender como crees -comenté-. Mi madre murió cuando yo era pequeña y después, al cumplir los trece años, mi padre me envió a Minnesota a casa de una tía abuela a la que no había visto nunca. Quizá suene muy triste, pero al final a mí me fue bien.

– Entonces, lo comprende -concluyó Marlinchen con un tono casi de alivio en la voz-. Veo que tenía razón cuando decidí que podía confiar en que usted me ayudaría.