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También me fijé en la construcción, separada de la casa, que al principio había tomado por una cochera del siglo xix. Debía de ser lo que Colm, cuando había hablado del lugar donde guardaba su equipo deportivo, había llamado el «garaje del fondo»: Marlinchen y yo nos hallábamos cerca del árbol que se alzaba solitario a orillas del lago. En esta zona crecían por doquier los arces, además de unos abetos más pequeños y unos fuertes y resistentes pinos de corta altura, y las lilas, muchas de ellas todavía en flor, eran los arbustos más lucidos. Aquel árbol, sin embargo, era muy distinto. Perteneciente a una especie ornamental, era evidente que había sido plantado a propósito en aquel lugar solitario. No recordaba haber visto ninguno parecido, aunque sus flores de color crema, similares a las orquídeas, me resultaron vagamente familiares.

– ¿Qué árbol es ése? -inquirí.

– Un magnolio -respondió Marlinchen.

– ¿De veras? No sabía que crecieran tan al norte -comenté.

– Cuando los de la agencia inmobiliaria enseñaron la casa a mis padres, ya estaba aquí. -Marlinchen se había vuelto hacia el árbol-. Fue lo que convenció a mi madre de que ésta era «la» casa. -Oí una sonrisa en la voz de Marlinchen-. Mis padres se conocieron en Georgia. Mamá pensó que era cosa del destino.

Capítulo 11

«Pequeño. Era pequeño. Era demasiado pequeño para acordarme.»Éste era el estribillo que obtenía de los niños Hennessy y, para ser justa, probablemente era cierto. Ya era hora de conocer el punto de vista de algún adulto sobre la situación de los Hennessy pero, dado que Hugh estaba incapacitado y la madre había muerto, no encontraba ninguno.

Hugh Hennessy, sin embargo, no era un ciudadano corriente. Era un escritor famoso. Por lo menos, tenían que existir crónicas de su vida a las que yo pudiera acceder. Para eso, lo mejor era dirigirme a la biblioteca de la Universidad de Minnesota.

Empecé haciendo una búsqueda de su nombre en Internet. Descubrí que había escrito tres libros y que habían transcurrido varios años entre sus respectivas publicaciones. Se consideraba que los tres eran, en buena parte, autobiográficos. El primero, Crepúsculo, era una denuncia del matrimonio de sus padres, una pareja que se había marchitado lentamente en un barrio periférico de Atlanta. El segundo, El canal, era la historia de sus antepasados en Nueva Orleans y se llamaba así en honor del barrio del Canal Irlandés de la ciudad. Cuando Marlinchen lo había mencionado, el título me había sonado vagamente familiar y por fin averigüé por qué: había sido su libro más famoso, alabado por muchos críticos por ser romántico sin caer en sentimentalismos y porque afrontaba decididamente los prejuicios americanos sin caer en la autocompasión.

El tercer libro de Hennessy, Un arco iris en la noche, fue considerado por muchos una recreación narrativa de su propio matrimonio, que había terminado con la muerte de su esposa a la edad de treinta y un años. El título procedía de un pensamiento del protagonista, que expresaba hacia el final del libro, y decía que en otro tiempo había tenido «un sueño de amor muy hermoso pero, en última instancia, imposible, como un arco iris en la noche».

En una de las reseñas que encontré en la red había una foto. En ella vi una imagen más joven del inválido que había encontrado durmiendo en el hospital Park Christian. Mostraba a un hombre delgado con un fino cabello color arena y los ojos azul muy pálido. Si bien no parecía tenso, se notaba que no estaba cómodo. En el sitio web de su editorial también encontré su biografía, sacada de la solapa de Un arco iris.

Con su primera novela, Crepúsculo, publicada a los veinticinco años, Hugh Hennessy brinda a los americanos un relato admonitorio sobre los peligros de la asimilación y de la movilidad en la escala social, ambientado en un barrio a las afueras de su Atlanta natal. Su novela siguiente, cuyos protagonistas son sus antepasados irlandeses, recibió elogios de la crítica, tuvo millones de lectores entusiastas y fue adaptada al cine. Hennessy ha sido profesor invitado y escritor residente de varias universidades americanas. Vive con sus cuatro hijos en Mineápolis, Minnesota.

Sin embargo, me equivocaba al suponer que, entre los documentos que obtuve tras la búsqueda, encontraría entrevistas. Una frase frecuente en los reportajes y reseñas decía poco más o menos: «Hennesy, que prefiere que su literatura hable por él…» Aquí y allá aparecían referencias a «una entrevista de 1987» o a «una entrevista de 1989». Según toda la información que consulté, Hugh había concedido su última entrevista en 1990. Descubrí, sin embargo, referencias a artículos en revistas y éstas las encontré en los estantes.

El artículo más largo, «Un arco iris en la penumbra», lo había escrito un antiguo periodista de la Pioneer Press, llamado Patrick Healy, para el dominical del New York Times coincidiendo con la publicación de Un arco iris en la noche. Empecé por aquí y luego leí otros dos artículos aparecidos en revistas de difusión nacional.

He aquí la historia que hilé con todo aquello:

Hugh Hennessy nació en 1960 en un barrio acomodado de Atlanta. Su padre era un cardiocirujano que había jugado a fútbol americano en la universidad y cuyas aficiones de adulto habían sido la caza y la pesca. Su madre nunca trabajó fuera de casa. Si el matrimonio pasaba por dificultades, como Hugh dio a entender más tarde en Crepúsculo, no se trataba del tipo de problemas que implican una visita de la policía. Durante su juventud, Hugh tampoco fue conflictivo, al menos no tenía antecedentes policiales ni constaba nada al respecto en su expediente académico. Hugh destacó en todos sus estudios. Aunque su constitución delgada no le permitió formar parte del equipo de fútbol, fue un luchador agresivo que logró buenas marcas en su categoría de peso.

A pesar de la posición acomodada de sus padres, el Emory College le concedió una beca académica parcial. Fue en el Emory donde Hugh Hennessy conoció a los que se convertirían en sus más fieles compañeros. Uno era J. D. Campion, un muchacho medio indio lakota de Dakota del Sur y también estudiante de literatura. La otra era Elisabeth Baumann, alemana de nacimiento, que estudiaba antropología y folclore.

Durante los dos primeros cursos formaron un terceto inseparable. Después, Campion y Hennessy dejaron los estudios, para consternación de los padres de Hugh, y ambos decidieron recorrer el país, como habían hecho los jóvenes literatos de la generación anterior.

La víspera de su partida, Hennessy se casó con Elisabeth Baumann. Ambos tenían diecinueve años y aquellas prisas dieron origen a una serie de rumores acerca de que ella estaba embarazada, unas habladurías que con el tiempo se demostraron infundadas. Al parecer, la prisa de la boda se debía a motivos emocionales, no físicos. Ella continuó asistiendo a clase, con una sencilla alianza de plata en el dedo y sin que le creciera la tripa, mientras Hennessy se embarcaba en un viaje de descubrimiento de sí mismo en compañía de Campion.

Refinaron taconita en las montañas de Minnesota; cosecharon trigo en Dakota del Sur; trabajaron en los astilleros de Duluth, otrora ciudad fronteriza sin ley; viajaron al sur para conocer Nueva Orleans, donde los bisabuelos de Hennessy se habían establecido al llegar a América, y trabajaron en los muelles. Allí, fueron arrestados en una pelea que estalló en un bar de clase obrera. Juzgándolos con benevolencia, se habría dicho que se dedicaban a recoger material para sus futuros libros, pero si se contemplaba la situación con algo más de cinismo, lo que hacían era crearse una leyenda.

En el reportaje de Healy había fotos tamaño carnet de su estancia en Nueva Orleans. Campion, moreno y delgado, aparecía resignado y huraño, pero Hennessy sonreía.