Aquella sonrisa me tuvo intrigada un minuto pero, de repente, comprendí: a Hugh Hennessy, chico de clase media bien educado, le habían dicho toda su vida que sonriese cuando le tomaran una fotografía y el gesto le salía automáticamente.
En algún momento de ese período, Hennessy comenzó a trabajar en Crepúsculo, para el que se inspiró en el tipo de vida que, como miembros de la clase media, llevaban sus padres en Atlanta. Al cabo de un tiempo, se sintió tan seguro de las posibilidades de la novela que regresó a su ciudad para terminarla e intentar publicarla. Elisabeth, que ya se había graduado, mantuvo económicamente a su marido mientras éste concluía su primera obra en pleno frenesí creativo y la mandaba a distintos agentes. Por entonces tenía veinticuatro años. Al cabo de un tiempo, le compraron los derechos de publicación y Crepúsculo se presentó en las librerías, siendo aclamado por los críticos como una «obra singular».
Como recordaban los amigos de los padres de Hennessy (cuando Healy hizo el reportaje ambos habían muerto ya), el libro propició que las relaciones entre éstos y el hijo se enfriaran por completo. No fue ninguna sorpresa. Lo que sí sorprendió a Hennessy fue la acogida que tuvo la novela en su ciudad natal.
«Crepúsculo fue interpretado, o tal vez malinterpretado, como una condena sin paliativos de las costumbres y prioridades del nuevo Sur -escribió Healy-. Las reseñas del libro fueron claramente más frías en la prensa del Sur. Es fácil imaginar cómo encajaron la novela los amigos y vecinos de Hennessy en Atlanta y, haciendo bueno el dicho de "nadie es profeta en su tierra", se fue a vivir lo más al norte que pudo, a Minnesota.»Mineápolis constituyó un nuevo capítulo en la vida de los Hennessy. Cuando el dinero de las ventas de Crepúsculo empezó a llegar, Elisabeth dejó de trabajar y volvió a la universidad para completar los estudios de licenciatura. La pareja compró una casa en el lago Minnetonka y Hugh comenzó a trabajar en su segundo libro.
En él utilizó de nuevo personajes de ficción, aunque se inspiró en su árbol genealógico. Los protagonistas de El canal «tienen una vida sucesivamente alegre y tormentosa, mientras que la atmósfera de Crepúsculo es asfixiante». Los inmigrantes Aidan y Maeve Hennessy tuvieron varios hijos y el escritor se entretuvo con la vida de todos, aunque los dos personajes de la familia que más le atrajeron fueron dos tíos abuelos que, en su tiempo, fueron elementos destacados del hampa de la ciudad. El mejor -o peor- momento de este par llegó cuando participaron en una audaz serie de asaltos a camiones por los que nunca llegaron a detenerlos. Si Hugh se cuestionó moralmente alguna vez tal estilo de vida o si se planteó que podían haber encontrado alternativas a aquella existencia de robos y violencia, en El canal no aparecen dichas reflexiones. Dejándose llevar por la atracción que sienten los escritores hacia los objetos del mundo de la ficción, compró dos revólveres restaurados como los que sus tíos abuelos habían utilizado. En una foto del estudio de Hugh publicada en uno de los reportajes aparecían esas armas.
El canal consolidó su fama de escritor de prestigio. Fue una de esas raras obras de la narrativa actual aplaudida por los mejores críticos y leída en los metros y en las playas. Llegó al número uno en la lista de ventas y se mantuvo en el puesto varias semanas.
Si hubiese que elegir un calificativo para el mundo de los Hennessy en esa época, el más adecuado sería «fecundo». Su familia, su riqueza y su celebridad crecían y prosperaban en las tierras septentrionales de Minnesota. Hugh y Elisabeth eran famosos en la ciudad que los había adoptado y, en las entrevistas, él afirmaba que nunca se marcharían de allí. Había encontrado lo que siempre quiso: un poco de tierra donde echar raíces y la gran familia en la que le habría gustado crecer.
La esfera familiar funcionaba a pedir de boca. Elisabeth iba a dar a luz a su cuarto hijo en cinco años. Ya tenían unos gemelos de tres años y un bebé, Liam. El dinero no era problema. Si Crepúsculo le había aportado unos beneficios considerables, con El canal ganó aún más, y a Hugh lo invitaban a dar conferencias en las escuelas de las Ciudades Gemelas. Elisabeth y él organizaban fiestas con frecuencia y uno de los invitados asiduos a su casa era J. D. Campion. Dado que escribía poesía, no había tenido tanto éxito comercial como su amigo, pero su tercera colección de poemas, Camino de las sombras, había cosechado algunos premios. Se trataba de unos poemas muy líricos y a veces intensamente eróticos y, durante un tiempo, fue el libro perfecto para los universitarios que querían ligar. Sólo tenían que sacarlo de la mochila en un café y hundir la nariz en él. Los críticos se ocuparon mucho de aquella amistad literaria: el inquieto poeta desarraigado y el hombre familiar y tradicional, felizmente casado, se complementaban a la perfección a los ojos del público.
Entonces, poco después del nacimiento de Colm, las fiestas cesaron, al igual que las entrevistas. De un modo un tanto repentino, los Hennessy cerraron las puertas de su casa a la vida pública.
Para el mundo exterior fue como si, sencillamente, hubieran decidido concentrarse por completo en la crianza de los hijos. Sin embargo, si éste era su propósito, los Hennessy llevaron su decisión hasta el exceso. También Campion quedó proscrito de su vida y no volvió a Minnesota en mucho tiempo.
Corrieron comentarios de que entre Hugh y J. D. habían surgido desavenencias, rumores de que finalmente había estallado una rivalidad que venía de lejos por el afecto de Elisabeth, hasta el punto de que la amistad que los unía había quedado irreparablemente destruida. En el reportaje de Healy había una sola frase dedicada a la breve relación de Campion y Brigitte, la hermana menor de Elisabeth, pero el periodista dejaba que fuese el lector quien sacara la conclusión de que, en el corazón de Campion, Brigitte había sido un fallido sucedáneo de la hermana mayor.
Otros sugerían que aquella perniciosa rivalidad era de carácter profesional, ya que Campion no había alcanzado cotas de fama tan altas como su amigo, pero las especulaciones no pasaron de tales. El periodista no había podido ponerse en contacto con Campion para entrevistarlo, pues siempre andaba de viaje; y Hennessy no había querido responder a sus preguntas, por lo que no había declaraciones públicas de ninguna de las dos partes.
Si Hennessy había querido intimidad, la tuvo. Pasaron años sin que otra novela siguiera a El canal y el mundo siguió su curso. Incluso los medios de comunicación de las Ciudades Gemelas se olvidaron de él, hasta el día en que se produjo la noticia de que habían encontrado el cadáver de Elisabeth en las aguas del lago Minnetonka. Dejaba cinco hijos, el más pequeño de los cuales tenía sólo once meses.
Elisabeth había pasado los años previos a su muerte recluida en casa. El marido impartía clases en los centros universitarios de la zona, pero Elisabeth no salía ni se veía con las amigas. Tal vez se debía a que tenía cinco niños menores de diez años. Si detrás de aquella reclusión se escondía algo más oscuro, una depresión posparto, por ejemplo, la prensa no se hizo eco de ello ni se especuló sobre tal posibilidad. Los medios se concentraron por entero en la tragedia que había golpeado a uno de los escritores americanos más respetados, cuyas obras trataban de los lazos familiares, el amor y la lealtad.
Transcurridos cinco años, Hugh Hennessy publicó su tercera novela, tanto tiempo esperada. Un arco iris en la noche era la historia de dos jóvenes apasionados que deciden apartarse de las directrices del mundo actual para casarse muy jóvenes y tener hijos. Era una crónica de las alegrías y las penas de esa joven unión, y de la lucha del narrador por encontrar algún sentido a la pérdida inesperada de su compañera del alma. El libro fue acogido con buenas críticas y los medios volvieron a hablar de Hugh Hennessy durante un breve periodo. Luego, se esfumó otra vez.