Los reportajes, por buenos que sean, siempre dejan preguntas sin respuesta. Una de las relaciones literarias más famosas del país, ¿había sido durante mucho tiempo un triángulo amoroso que había acabado por envenenar a sus integrantes? ¿Habían tenido demasiados hijos en poco tiempo y él había pasado por alto las primeras señales de una depresión posparto en su mujer? Eran cuestiones que Healy y los demás periodistas no podían abordar de una manera explícita porque nadie respondía a sus preguntas. Hennessy se había encerrado en el mutismo, Campion se hallaba en paradero desconocido y Elisabeth había muerto.
Camino de casa, al salir de la universidad, caí en la cuenta de que habían transcurrido cuarenta y ocho horas desde la punción en el oído. Cicero había dicho que debía examinar su estado y que pasara a verlo. Tuve la tentación de saltarme la visita. El oído no me dolía en absoluto y lo que menos me apetecía en el mundo era prolongar mi relación con Cicero Ruiz, al que había visto por última vez mientras intentaba largarme de su cuarto sin que me oyera.
Sin embargo, también recordé cuánto me había ayudado cuando lo había necesitado desesperadamente. Lo mínimo que podía hacer era respetar su criterio profesional. A buen seguro, tenía tan pocas ganas como yo de hablar de lo ocurrido en mi última visita. Ninguno de los dos lo mencionaría y todo iría bien.
Cuando había acudido a que me hiciera la punción, me dolía tanto el oído que me había pasado por alto el largo trayecto hasta el apartamento en el viejo y decrépito ascensor. En esta ocasión, sí que me fijé: el cable que chirriaba al otro lado del techo, la luz vacilante, la lentitud con la que iban cambiando los números iluminados que indicaban los pisos… Me obligué a quitarme de la cabeza la paranoia; el aparato era lento, pero eso no significaba que fuera a…
Oí un crujido en el exterior y la cabina se detuvo bruscamente. El número catorce se iluminó largo rato, quizá un minuto. Quería creer que alguien en esa planta había llamado el ascensor, pero sabía que no era así. Según mis estimaciones, me encontraba entre los pisos decimocuarto y decimoquinto y, de momento, parecía que no iba a moverme de allí.
– Perfecto -suspiré.
Cuando llegué por fin al piso veintiséis, enseguida vi a Cicero sentado en la silla ante la puerta abierta de su apartamento, hablando con una joven negra que estaba en la puerta del apartamento de enfrente. Era una veinteañera impresionante, con un conjunto bronce y dorado, una camisa sin mangas y unos pantalones anchos de los que asomaban unas botas de tacón bajo. Sostenía las llaves en una mano y en la otra una bolsa de comida para llevar, como si hubiera salido tarde de la oficina y la hubiese comprado por el camino. Cuando me acerqué, me miró expectante.
– Sarah, ésta es Soleil, mi vecina -nos presentó Cicero-. Soleil, ésta es Sarah.
– Hola -saludé.
– Encantada -dijo Soleil. Puso la llave en el cerrojo y, volviéndose a Cicero, añadió-: Será mejor que entre.
Cicero impulsó hacia atrás las ruedas de la silla y retrocedió cruzando el umbral pero, mientras lo hacía y Soleil entraba en su apartamento, oí un extraño ruido a mi espalda. Parecían unas garras arañando el suelo. Me volví y vi un perrazo negro y marrón, con un cuerpo como una boca de riego, que había salido corriendo a recibir a Soleil. La muchacha se había agachado para acariciarlo y el perro le lamía la cara con un frenesí por el reencuentro como el que sólo experimentan los perros.
– Éste es mi chico -dijo la joven, con acento caribeño.
Cicero cerró la puerta dejando fuera el espectáculo.
– Eso sí que es un perro -comenté.
– Sí que lo es.
– Y no uno cualquiera -dije-. Es un rottweiler.
– Exacto. Se llama Fidelio. -Cicero se dirigió al centro de la sala.
– ¿Está permitido tener perros en este edificio? -inquirí.
– No -respondió-. ¿Te molesta?
– No, no -me apresuré a decir-. Me gustan los perros. Lo que me sorprende es que no la descubran. Me parece difícil esconder un animal tan grande. Tendrá que sacarlo a pasear y todo eso…
– Sí -asintió Cicero-. Y un día la pescarán, pero no por mi culpa, ni por la de ningún vecino de esta planta. Fidelio es un perro bien educado y la gente del bloque vive y deja vivir -explicó Cicero-. Lo único que he tenido que decirle es que en mi casa no puede entrar.
– ¿Por qué no?
– Por razones sanitarias. En una consulta médica no pueden entrar los perros.
– Claro -asentí. Por unos instantes reinó el silencio. Saqué el billetero y dije-: Bien, ¿y cuánto te debo por la visita de esta noche?
– Cuarenta -respondió Cicero-. Ahora mismo estoy contigo.
Se dirigió al fregadero de la cocina y yo deje dos billetes de veinte en la estantería. Me incomodaba su casa porque había tan pocos efectos personales que no podía fingir que los observaba. Cicero lo estaba haciendo muy bien en cuanto a no dar señales de recordar que hacía dos noches habíamos dormido juntos. A mí me costaba un poco más. Ojos que no ven, corazón que no siente, me dije, pensando en Shiloh, pero era una excusa barata que no me proporcionaba ningún consuelo.
Respiré hondo para serenarme. Cicero, que se lavaba las manos en el fregadero, me malinterpretó.
– No te pongas nerviosa -dijo por encima del sonido del chorro del agua-. Espero que lo que voy a hacerte no te duela.
– Todos los médicos dicen lo mismo -repliqué.
– No, lo que dicen es que no dolerá en absoluto -me corrigió.
– Por cierto -me reí-, siento haberme retrasado. Me he quedado colgada en el ascensor.
Me proponía entretenerlo contándole que el timbre de alarma no funcionaba y que dos adolescentes habían tenido que rescatarme forzando la puerta con una palanca hasta abrir un espacio del tamaño de la puerta de la caseta de un perro, y cómo había tenido que estrujarme para pasar y salir al descansillo del piso decimocuarto. Sin embargo, Cicero se volvió tan de repente que me quedé con la palabra en la boca.
– ¿De veras? -preguntó.
– Sí, ¿qué ocurre?
Cicero sacudió la cabeza y volvió a la sala.
– Ese ascensor es un peligro, maldita sea -dijo con vehemencia-. Por lo que sé, eres la tercera persona que se ha quedado colgada. -Rebuscó en la arqueta, sacó un termómetro y lo sacudió-. Bien, póntelo debajo de la lengua.
– No tengo fiebre.
– Sarah, no hagas mi trabajo. -En su voz había cierta ironía y obedecí con expresión sumisa.
Cicero procedió a explorarme el oído con calma. Luego me sacó el termómetro de la boca y lo leyó en silencio. Cuando habló, fue para preguntarme por los síntomas que había experimentado en las últimas cuarenta y ocho horas. ¿Me había sentido mareada? ¿Me había dolido o había tenido dificultades para oír? Respondí que no a todas las preguntas. Y sí, había tomado los antibióticos.
Guardó el termómetro y el otoscopio.
– Bueno, estás a treinta y siete, el oído tiene muy buen aspecto y me parece que te encuentras bien -dijo-. Te recuperas muy deprisa.
Sacó el bloc y escribió algo.
– ¿Qué apuntas? -quise saber.
– Nada, tomo unas notas -explicó-. Aunque dices que nunca estás enferma, quizá tengas que venir a verme otra vez, dada tu aversión a los médicos tradicionales.
– Espero que no -dije-. Y no te lo tomes a mal.
– De todos modos, si no te importa, te haré unas cuantas preguntas para el historial médico, por si hemos de vernos en otra ocasión.
En aquella petición había algo que me ponía nerviosa y Cicero lo notó.