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Esperaba que Prewitt se mostrase perplejo y que lo negara rotundamente.

– Sí -respondió.

Mi gozo en un pozo.

– No he consultado tu expediente personal, pero sé que eres de las que nunca coge una baja por enfermedad -dijo Prewitt-. Entonces llega Gray Diaz para hablar contigo sobre tu implicación en la muerte de Royce Stewart y sales de la entrevista pálida como la cera y le dices a Van Noord que estás enferma y que te marchas. Al día siguiente, no podemos contactar contigo. -Hizo una pausa para sus palabras calaran-. La cosa no pintaba bien, ¿lo entiendes, verdad?

– ¿Y de veras llegó a pensar que me había marchado de la ciudad? -pregunté.

– Lo único que quería era confirmar tu paradero -dijo en tono conciliador-. La cuestión es que no se te acusa de nada y, mientras eso no ocurra, tu situación aquí seguirá siendo la misma de siempre. Nadie ha sugerido que debas ser apartada del servicio.

– Eso ya lo sé.

– Lo que quiero decir es que si aquí nadie habla de la investigación de Gray Diaz, quizá no sería conveniente que fueses tú la primera en sacar el tema a relucir.

– No lo he hecho.

– ¿Cómo que no? Acabas de entrar en mi oficina y ya lo has mencionado. No he sido yo quien ha ido a verte -explicó- y, por lo que respecta a mi decisión de enviar a Van Noord a tu casa, debo decirte que lo sucedido me tenía algo preocupado y obré en consecuencia. Mi curiosidad quedó satisfecha y, por mi parte, ahí se acabó todo.

– No es que ponga en tela de juicio sus decisiones, teniente, pero tenga una cosa por segura: no voy a escaparme de la ciudad en plena noche. No, lo que intentaba decir es otra cosa. -Tragué saliva-. Yo no maté a Royce Stewart.

– No sabes lo mucho que me alegra oírlo -dijo Prewitt en tono amable- ¿Algo más?

– No -respondí. Notaba un pequeño temblor en el pecho a causa de la contundencia con que me había expresado.

– Bien, entonces te veré mañana.

Cuando ya había llegado a la puerta, hice una pausa y me volví.

– Otra cuestión -dije-. Ese médico sin licencia sobre el que me pidió que investigara… He hablado con mis confidentes y no me han proporcionado ninguna pista -añadí, fingiendo despreocupación-. Me parece que esos rumores son del todo infundados.

Capítulo 13

Un año atrás, después del accidente en Blue Earth, mi marido estuvo en paradero desconocido durante siete días. En mis esfuerzos por dar con él, llegué hasta el fondo de mis conocimientos profesionales sobre la labor de búsqueda de personas desaparecidas. Fui a ver a su familia y hablé con ellos. Además, por ser su esposa, tuve acceso a todas las cuentas de Shiloh, a sus documentos y a su domicilio. Todo fue inútil. Era como si la tierra se lo hubiese tragado.

En el caso de Aidan Hennessy, me encontraba en la situación opuesta. Debería haber sido muy fácil encontrarlo. Aidan era un menor fugado de casa, no un fugitivo de la justicia. Cuanto más tiempo pasara en la calle, más probabilidades había de que lo detuvieran por vagancia o por pequeños hurtos. En resumen, no debería haber resultado tan difícil localizarlo.

Sin embargo, había dedicado tres días de trabajo a buscar en las diversas bases de datos de los cuerpos de seguridad a las que tenía acceso, sin el menor resultado. El agente Fredericks me había enviado por ordenador la foto del muchacho del anuario escolar del curso anterior, pero esto no podía considerarse un progreso. A menos que Aidan Hennessy cayera a un canal de desagüe cerca de donde yo estuviese casualmente, no creía que fuese a encontrarlo.

Fue esta frustración lo que me llevó, mi siguiente día libre, a la escuela elemental donde todos los chicos Hennessy habían recibido su educación primaria, y a la que todavía asistía Donal.

En una breve conversación telefónica que habíamos mantenido aquella misma mañana, Marlinchen había mencionado a su maestra de quinto curso, la señora Hansen. Ésta había dado clases también a Aidan, aunque no el mismo año, pues el chico había tenido que repetir cuarto curso. Según mis cálculos, debía de haber sido la última maestra de Aidan Hennessy en Minnesota y seguramente lo recordaría.

La escuela no impresionaba, teniendo en cuenta la relativa riqueza del barrio en el que se encontraba. Era un conjunto de edificios de ladrillo rojo de una planta. Los chiquillos se arremolinaban en torno a los columpios del patio; era la hora del almuerzo.

Durante la pausa, la señora Hansen se dedicaba a corregir exámenes en el aula. Entré en la clase y, de inmediato, me sentí una giganta mientras avanzaba entre los minúsculos pupitres hasta llegar a la mesa, más grande, tras la que estaba sentada la maestra. Ésta tenía unos pechos abundantes para su constitución, frágil por lo demás -calculé que apenas llegaba al metro sesenta-, y llevaba unas gafas que colgaban de una cadena de oro sobre un suéter sin mangas de un blanco mate. La melena rubia, que le llegaba a los hombros, enmarcaba su rostro con un corte muy favorecedor. Sólo si se la observaba con detenimiento se apreciaba que rondaba los cincuenta.

– ¿Puedo ayudarla? -me preguntó.

– Eso espero -respondí-. Me llamo Sarah Pribek, soy detective y querría hablar con usted de un muchacho desaparecido al que estoy buscando.

Dejé sobre la mesa la vieja foto de Aidan que me había dado Marlinchen. Hansen la tomó y arqueó las cejas; después, las juntó en un gesto de inspección algo exagerado.

– ¡Oh, cielo santo, sí! -exclamó-.Aidan Hennessy. El año pasado estuve a punto de tener en clase a su hermano pequeño, Donal, pero al final fue a la de la señora Campbell. -La maestra frunció de nuevo el entrecejo-. Aidan tenía una hermana, también. Le di clases el año antes. Eran…

Llegada a este punto, se interrumpió.

– Debería haberlos tenido como alumnos el mismo año -terminé la frase por ella-. Eran gemelos, sí, pero él tuvo que repetir curso. La familia ya me lo ha contado.

– Así fue -asintió la señora Hansen-. ¿Cómo se llamaba la chica…? Un nombre raro…

– Marlinchen -apunté.

– Los dos deben de estar en el instituto, ¿no?

– La chica, sí -le informé-. El falta de su casa desde hace seis meses.

– ¡Oh, vaya! ¡Qué lástima! -Hansen exageraba sus expresiones faciales como suelen hacer los adultos que tratan con jóvenes, pero el sentimiento que se adivinaba parecía auténtico.

– ¿Le caía bien?

– Sí. Era un chico muy dulce. No tenía una gran confianza en sí mismo. Nunca levantaba la mano ni hacía preguntas. -Tras esto, dio la impresión de que se ponía más alerta al otro lado de la mesa, como si se preparara para un intercambio formal de preguntas y respuestas-. No sé si podré ayudarla mucho. Lo tuve de alumno hace bastante tiempo. Cinco años.

No tenía dónde sentarme. En casi cualquier otra situación, la persona sentada tras una mesa dispone de un asiento al otro lado para ofrecerlo a las visitas; los maestros de escuela, no. Me apoyé en el pupitre más cercano e, inmediatamente, me lo pensé mejor, ya que empezó a ceder bajo mi peso.

– Ha vivido fuera del estado durante estos cinco años -le conté-. Usted es la última maestra de este distrito que le dio clases. Me gustaría saber qué recuerda de él.

La señora Hansen puso una expresión de disculpa.

– No gran cosa. Recuerdo a Aidan sobre todo por ese dedo que le faltaba. Me fijaba en ello cada vez que lo veía escribir, sentado en su pupitre, y siempre me producía cierto desasosiego.

– Seguro que recuerda algo más -la animé a seguir-. Ha dicho que le caía bien.

La maestra se puso a jugar con las gafas.

– A veces, algún alumno te… -efectuó un gesto vago con la mano-, te produce una sensación especial. Aidan aparentaba más años de los que tenía, aunque quizá se debía a que era mayor que sus compañeros de clase, por lo menos cuando fue alumno mío. Y también más alto. -Hizo una pausa, pensativa-. Pero a veces parecía incómodo y desplazado cuando estaba entre adultos.