– No sé adónde quiere ir a parar -por fin, Marlinchen volvió a levantar la voz-, ni a qué viene ese interés por psicoanalizar a mi familia. ¡Debería dedicarse a buscar a Aidan, pero hasta ahora no ha hecho más que traerme una simple foto y soltar insinuaciones sobre el carácter de mi hermano y sobre el de mi padre!
Me eché ligeramente hacia atrás en mi asiento. Desde que la conocía, la muchacha se había mostrado cortés y educada casi en exceso; ahora, la Marlinchen que aparecía tras aquella máscara no era la que yo esperaba, sino una princesa arrogante que daba órdenes a un miembro de la casta de los sirvientes.
– ¿Sabes una cosa? -le repliqué-. He hecho más de lo que habría hecho cualquiera, teniendo en cuenta las limitaciones que me has impuesto. Te empeñas en contarme medias verdades y pretendes que eso no ponga trabas a mi búsqueda de Aidan. Estás tan interesada en dar con Aidan como en proteger la imagen de tu padre. Tienes un pie en el estribo de cada caballo e intentas fingir que los dos corren en la misma dirección.
Temí que Marlinchen diera rienda suelta a su cólera, pero no sucedió tal cosa. Hay mujeres, sobre todo las menudas, que aprenden a blandir como arma una cortesía exquisita. De repente, la chica pareció recurrir a una reserva interior de aplomo y, cuando habló, oí en su voz mil y una puertas cerradas.
– Se que ha hecho cuanto estaba en su mano, detective Pribek, y que ha dedicado al caso más tiempo del que disponía. Estoy segura de que mi padre querrá darle las gracias, cuando se haya recuperado del todo.
– Marlinchen, no estoy diciendo que… -Lo siento -me interrumpió ella-. Ya va siendo hora de que guarde las compras.
Y, al momento, se puso en pie y desapareció tras la puerta corredera, cerrándola enérgicamente a sus espaldas.
Capítulo 14
Marlinchen, apenas una chiquilla, no debería haber sido rival para mí en un interrogatorio; sin embargo, en mi fuero interno la consideraba superior a mí. Ese era el problema. Aunque ostentaba la autoridad de detective de la policía del condado, cuando el trabajo me llevaba a las casas elegantes de las clases altas y medias, a sus mundos, seguía siendo muy consciente de mis orígenes humildes. Lo era, sobre todo, cuando trataba con gente como Marlinchen, que hacía gala de la inteligencia que había heredado de su padre con la misma tranquilidad con la que habría lucido las joyas de la familia. La muchacha era la princesa que vivía en el viejo castillo junto al lago y yo, una funcionaría, era la plebeya que se sentía obligada a ayudarla, por razones que no acababa de entender.
Muchos policías profesan una preocupación especial y un marcado sentido protector hacia los jóvenes. Si les pides que lo expliquen, te dirán: «Los agentes también somos padres y madres». No era mi caso. En la brigada de detectives, yo era la única que no tenía hijos. Si acaso, me sentía demasiado apegada a mi propia juventud. Cuando Colm había hecho la bromita sobre las mujeres y las armas, yo había respondido con mi malintencionado comentario sobre el mando de la tele. Cuando Marlinchen me había atacado respecto a mi capacidad profesional, yo le había replicado con más acritud todavía. Más que como una madre adoptiva, me había comportado como una hermana ofendida.
A mis veintinueve años, aunque intentaba disimularlo, con frecuencia me sentía vulgar, sin pulir. Psicológicamente desmañada. Todavía me resultaba demasiado fácil volver a experimentar los sentimientos de la adolescencia.
Cuando tenía trece años, la tía de mi madre, Virginia, que trabajaba de camarera y tenía los ojos de mi madre y sus mismos cabellos largos veteados de canas, se presentó a recogerme en la estación de autobuses de Mineápolis y me llevó, en un viaje de tres horas y media, hasta el pueblo minero del Iron Range donde vivía. Mis recuerdos de gran parte del año siguiente son muy borrosos.
Dormía mal y tenía pesadillas. Todas ellas sucedían en mi Nuevo México natal, aunque al despertar no conseguía recordar los detalles. Todo aquel año, la memoria fue un problema; era tan olvidadiza que, en una reunión con los profesores, tía Ginny accedió a que el psicólogo de la escuela me sometiera a un test para ver si me sucedía algo grave.
Al parecer, los resultados no fueron concluyentes, pero mi memoria no mejoró de inmediato. Me castigaron varias veces por no terminar mis deberes, no porque me resistiera a hacerlos, sino porque me olvidaba de llevar el libro de texto a casa o de apuntar el número de la ficha que debía contestar. Continuamente me dejaba el almuerzo en casa, en el frigorífico. Esto sucedía durante el estirón de la pubertad que me llevó finalmente a medir casi un metro ochenta, y los retortijones de hambre que experimentaba cuando olvidaba la comida iban más allá de la incomodidad y resultaban dolorosos. Un día, después de tomar dos chicles por todo almuerzo, me desmayé en clase de educación física y terminé en la enfermería.
Mi padre telefoneaba un par de veces por semana, al principio, pero a mediados de otoño la frecuencia de sus llamadas se redujo a una por semana. Yo me acostumbré a decirle que todo iba bien.
A principios de diciembre, papá me preguntó qué tal llevaba el cambio de clima. Yo ya conocía la nieve de las montañas de Nuevo México, pero no estaba preparada en absoluto para la meteorología del norte de Minnesota en enero: la noche cerrada antes de las cinco de la tarde, el desfile casi militar de los vehículos quitanieves después de cada nevada, las calles desiertas y fantasmagóricas de una mañana a treinta bajo cero. Un día, mientras me envolvía en una bufanda para regresar a casa después de cumplir un castigo, con un frío glacial, comenté con un bedel la posibilidad de que más tarde nevara.
– Para que nevase, tendría que subir la temperatura -respondió el hombre mientras observaba el cielo despejado. Fue la primera vez que oí que el frío podía ser tan intenso que impidiera la precipitación. Aquella noche, me asomé a la ventana a ver la luna de color de hielo que brillaba en las alturas enrarecidas y me pregunté cómo era posible que hubiese ido a parar a un lugar donde hacía demasiado frío para que nevase.
Fue el baloncesto, más que cualquier otra cosa, lo que me ayudó a superar todo aquello durante mi primer año en el instituto. Nunca había sentido afición por aquel deporte; como máximo, había lanzado algún balón a un aro desvencijado y sin red en Nuevo México. Sin embargo, tía Ginny sugirió que lo intentara y, demasiado apática para decirle que no a nada, así lo hice.
Procuro no explicarle a nadie lo que significó el baloncesto para mí; parecería uno de esos tópicos documentales de promoción del deporte. No sólo fue mi primera experiencia como miembro de un grupo numeroso, que después incorporaría a mi trabajo policial; se trató ante todo de algo tan sencillo como esto: después de un año de entumecimiento, durante el cual no había sentido ninguno de los típicos anhelos de adolescente, el baloncesto me proporcionó algo que desear.
Mediada la temporada, empecé a presentarme temprano a los entrenamientos, a saltar a la comba para fortalecer los músculos de las pantorrillas, a hacer ejercicios combinados para adquirir agilidad y a correr a la salida de clases para aumentar mi resistencia. Y mientras me dedicaba a ello, notaba que en mi pecho se relajaba una tensión que llevaba allí tanto tiempo que ni siquiera me había percatado de su existencia.
– Este año pasado me has tenido preocupada -me comentó un día tía Ginny.
– Ya lo sé -respondí-. Ya me encuentro bien.
He mantenido la costumbre de llevarme mis ansiedades al gimnasio hasta el día de hoy. Allí me dirigí, contenta de llevar la vieja camiseta y unos pantalones cortos en el portaequipajes del Nova. Sin embargo, después de cambiarme en el vestuario de mujeres y de subir la escalera, me detuve a la puerta de la sala de cardiovasculares al ver a una figura familiar. Gray Diaz estaba corriendo en la cinta a bastante buen ritmo. Experimenté un estremecimiento, pero él estaba concentrado en la pantalla de la máquina. Todavía no me había visto.