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Me volví y bajé la escalera. Ya saldría a echar una carrera mañana por la mañana, con el fresco.

Una voz de timbre grave como la de un locutor de radio hizo que me detuviera en seco a la puerta del vestuario.

– No debería permitir que la ahuyente de esta manera.

Me volví y miré a mi alrededor. Vi que estaba sola; era evidente que el agente Stone se dirigía a mí.

Jason Stone, alto y atractivo, tenía veintiséis años y, con aquella voz grave y aterciopelada, despertaba pasiones entre las solteras de la brigada. Recientemente, lo habían exonerado de una acusación de empleo excesivo de la fuerza en una detención.

– ¿Perdone? -respondí.

– Gray Díaz -dijo Stone-. Lo conozco. No permita que la ponga nerviosa.

No encontré una réplica adecuada, si es que existía alguna.

– Detective Pribek…, ¿puedo llamarla Sarah? -preguntó, solícito-. Sólo quería decirle que muchos estamos con usted.

– ¿Estar conmigo en qué?

– En lo que hizo en Blue Earth -explicó el agente.

– Yo no hice nada en Blue Earth -declaré de inmediato-. Si ha oído otra cosa, le han informado mal.

– Royce Stewart merecía su suerte -insistió. Hablaba en tono sumamente razonable-. Y que un tipo como Díaz intente promocionar su carrera a expensas de usted… ¡A muchos, eso nos subleva, Sarah!

– Me parece que no me ha oído bien -respondí-. No hice nada.

– Ya lo sé -asintió Stone con una expresión de inteligencia-. Mantenga la cabeza bien alta.

Me quedé mucho rato en la ducha y en el vestuario y, finalmente, salí del gimnasio lo más deprisa que pude. No quería encontrarme con más colegas de trabajo aquella noche.

Sin embargo, no iba a ser así.

Fui en coche a Surdyk's, una licorería en el distrito de East Hennepin, y deambulé por los pasillos hasta que me decidí por un cabernet australiano rebajado de precio. Cuando volvía al coche, Christian Kilander apareció entre dos vehículos aparcados y se llevó un sobresalto al reconocerme.

– ¡Detective Pribek! -exclamó, recuperándose enseguida de la sorpresa.

Se me ocurrió que no me lo había encontrado nunca fuera de servicio, de aquella manera. Al trabajo iba siempre con buenos trajes, y a las pistas de baloncesto con camisetas anchas y pantalones cortos, pero en esta ocasión llevaba unos vaqueros algo desteñidos y una camisa de color crema.

– ¿Cómo estás? -respondí algo cohibida.

– Bastante bien, gracias. ¿Y tú?

– Bien. El otro día te vi, ¿sabes?

– ¿Ah, sí?

– Con Gray Diaz -añadí.

No sabía muy bien por qué sacaba aquello a colación. Quizá porque me afligía un poco imaginar que Kilander tenía algún tipo de amistad con aquel hombre, que había llegado a las Ciudades Gemelas para atraparme por algo que no había hecho.

– Lo conozco -aceptó Kilander.

– ¿Sois amigos? -quise saber.

– Creo que no debemos continuar esta conversación -dijo tras levantar una mano, y empezó a apartarse de la parte trasera de su reluciente BMW en dirección a la tienda.

– ¿Qué? -respondí, desconcertada-. ¡Chris! -Se volvió a medias y me miró-. No puedes pensar en serio que intento sonsacarte información reservada, ¿verdad?

No respondió.

– ¡Por el amor de Dios, yo no recurrí a ti el otoño pasado! Fuiste tú quien vino a contarme que me consideraban sospechosa.

– Fui yo, en efecto. -La mirada de Kilander, tantas veces divertida e irónica, era muy seria en esta ocasión-. Y esperaba que negases rotundamente ser la autora de la muerte de Stewart. Pero no lo hiciste.

Me dio la espalda.

– ¡No creí que tuviera que hacerlo! -repliqué a la figura que se alejaba.

Volví a mi coche y me senté un momento, con la mirada fija en el cielo crepuscular. Sólo le había preguntado a Kilander de qué conocía a Diaz, nada más. No le habría pedido que me contara nada reservado. ¿O sí? Me di cuenta de que no estaba segura. Gray Diaz me producía más miedo de lo que estaba dispuesta a reconocer, incluso ante mí misma.

¿Cómo podía Kilander creerme responsable de la muerte de Royce Stewart? Jason Stone me dejaba indiferente, pero las palabras de Chris me habían dolido.

«Ve a casa, Sarah, tómate una copa de vino y acuéstate temprano.»En lugar de ello, revolví en el bolso, saqué el móvil y marqué el número de información.

– ¿Qué abonado, por favor?

– Cicero Ruiz.

«Sé realista. Es un tipo solitario metido hasta el cuello en actividades ilegales. No aparecerá en una lista de abonados telefónicos.»-Tengo un C. Ruiz -dijo el telefonista.

«Improbable», pensé.

– De acuerdo, deme el número -pedí. Llamaría e iniciaría una torpe conversación con un desconocido en mi español oxidado. Lo siento, lamento molestarlo…

Cicero respondió al tercer timbrazo.

– Soy yo -dije.

– Sarah, ¿Cómo estás?

– Bien. Ya estoy curada -añadí-. Me encuentro bien del oído.

– Excelente.

– Y yo… No puedo acostarme más contigo -declaré-. Es por mi marido.

– ¿Me has llamado para decirme esto? -preguntó Cicero.

– No.

– Entonces, ¿qué te pasa?

– ¿Puedo ir a verte de todas maneras?

Por la ventana abierta vi que Venus empezaba a lucir en la creciente penumbra.

– No se me ocurre por qué no -dijo Cicero.

Capítulo 15

Una hora más tarde, me encontraba en la azotea del edificio donde vivía Cicero, contemplando el cielo sobre las luces de Mineápolis. Apenas se distinguía un puñado de constelaciones; la verdadera astronomía quedaba veintiséis pisos más abajo, en el entramado de calles con farolas de luz anaranjada industrial, en la ascensión y el declive del mundo que conoce la mayoría de nosotros.

Detrás de mí, Cicero estaba tendido boca arriba sobre una manta que habíamos subido, con los brazos cruzados detrás de la cabeza en la postura tradicional del observador de estrellas, y con un vaso de vino, grande y descantillado, al alcance de la mano. Sin la silla de ruedas a la vista, parecía un excursionista fuerte y sano en un momento de descanso.

A mi llegada, había examinado el vino australiano que le traía y me había preguntado cómo me encontraba. Bien, le dije, y él me respondió que se alegraba y, enseguida, una ligera sensación de incomodidad acalló la conversación. Los dos nos dábamos cuenta, en silencio, de que por primera vez no éramos médico y paciente, ni amantes al inicio de una cita, y carecíamos de un mapa que nos guiara en aquel encuentro. Cicero rompió el silencio para proponer que subiéramos a la azotea.

Pensé que hablaba en broma, pero enseguida me explicó cómo lo haríamos. Aparcamos la silla de ruedas y le echamos el freno al pie de la escalera de emergencia que conducía a la azotea. Cuando Cicero estuvo sentado en el último peldaño, lo agarré por las pantorrillas y él despegó el cuerpo del escalón, apoyando su peso en la palma de las manos. La maniobra, observé, no era muy distinta del ejercicio de tríceps que realizaba a veces en el gimnasio, utilizando un banco de pesas. Pero Cicero subía, escalaba los peldaños a fuerza de brazos, literalmente. Aunque sostuviera sus extremidades inferiores, yo no cargaba ni siquiera una tercera parte de su peso corporal. La ascensión no debía de ser fácil para él y comprendí la importancia de las pesas de mano que había visto debajo de su cama.

– No es estético y resulta lento -comentó cuando llegamos arriba-, pero da resultado.

Serví el vino en los vasos desparejados que yo había subido previamente, con la manta.

– ¿Sabes cuál ha sido la parte más difícil? -me preguntó.

– ¿Cuál?

– Permitir que me ayudara una mujer. Con los chicos del rellano, es otra cosa.