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– ¿Ya habías hecho esto otras veces?

– Algunas -respondió él, aceptando el vaso-. De vez en cuando, necesito aire fresco.

Allá arriba, de pie al borde de la azotea con el vino entre las manos, su comentario me pareció chocante. ¿No le resultaba más sencillo meterse en el ascensor y bajar a la calle, si quería tomar el aire?

– Cicero -empecé a decir-, ya sé lo que dijiste la otra noche pero, ¿eres agorafóbico? A mí no me importa que lo seas…

– No, nada agorafóbico, desde luego -respondió él con una risotada.

– ¿Por qué no sales nunca, entonces? -Me arrepentí de la pregunta no bien la hube formulado-. Bueno, no tienes que explicarme…

– No, no pasa nada. No tengo secretos. -Cicero extendió un brazo para señalar la parte desocupada de la manta-. Ven, siéntate. Es una historia un poco larga.

Me acerqué y me senté en el borde de la manta con las piernas cruzadas.

– Tiene que ver con el día que me quedé paralítico. Fue a causa de un derrumbe en una mina.

– ¿Formabas parte del equipo de rescate? -pregunté. Me parecía extraño que se hubiera enviado un equipo sanitario completo a una zona de peligro; no personal auxiliar, sino un verdadero médico.

Sin embargo, Cicero movió la cabeza en un gesto de negativa.

– Trabajaba allá abajo -explicó.

– ¿De minero?

– Sí. Fue después de perder la licencia para ejercer la medicina.

Cada vez que creía que empezaba a hacerme una idea de la situación de aquel hombre, me salía con algo inesperado. Que Cicero hubiera vivido una catástrofe minera resultaba tan sorprendente que olvidé mi curiosidad por cómo había perdido la licencia, un hecho al que hasta entonces sólo había aludido de pasada. Aquello podía esperar.

– Cuéntame -le animé.

– Me va a llevar un rato -insistió, y se incorporó a tomar otro trago de vino, apoyándose en los codos-. Me crié en Colorado, en una zona minera. Mi padre había trabajado en las galerías. Aún lo veo, con su casi metro ochenta y cubierto de carbonilla, leyendo una edición de bolsillo de la Ilíada en el descanso para almorzar. De alguna manera, trabajar en esa mina era volver a mis raíces.

– ¿Trabajaste con tu padre? -lo interrumpí.

– No. -Cicero acompañó su respuesta con un gesto-. Mis padres ya habían muerto por entonces. Cuando volví, me contrataron en una empresa pequeña, familiar, donde no llegaba el sindicato. Arrebañábamos los últimos restos de una veta de carbón prácticamente agotada. Durante mi primer par de meses allí, no me hice muy popular -Cicero sonrió al recordarlo-. Mi primer día, Silas, el capataz, me preguntó a qué me dedicaba antes de trabajar en la mina. Le dije la verdad, que era médico. A decir verdad, no creo que se lo tragara. Estoy casi seguro de que pensó que me burlaba de él. Se limitó a replicar: «Bien, mi trabajo será evitar que te mates, o que mates a alguien, hasta que te canses de darte golpes en la cabeza con el techo de la galería y decidas ir a buscar otro empleo».

– Vaya tipo -comenté.

– Un buen compañero -me corrigió él-. Silas era más joven que muchos de la cuadrilla, pero llevaba bajando a las galerías desde los dieciocho y conocía el oficio. Yo le presté atención y, al cabo de un par de meses, ya sabía bastante bien lo que me hacía. Silas empezó a dirigirme la palabra para algo más que darme órdenes del estilo de «¡aparta de ahí!». Almorzábamos juntos y hablábamos. -Cicero hizo una pausa, bebió un trago y continuó-: A los dos nos inquietaba la seguridad. Por decirlo con suavidad, las minas pequeñas, no agremiadas, no son precisamente un ejemplo de seguridad en el trabajo. Sin embargo, cuando sucedió, me sorprendió lo discretamente que empezó.

– ¿Empezó? ¿Qué? -pregunté.

– Lo que la industria denomina un accidente de ignición. En una mina se oyen con frecuencia ruidos de pequeños desprendimientos y explosiones, de modo que el que oí ese día no me preocupó. Todo parecía normal. La primera impresión que tuve de que algo andaba mal fue cuando noté que el aire circulaba en dirección contraria.

Moví la cabeza para indicar que no entendía a qué se refería.

– Las minas necesitan respirar, como las personas -me explicó-. Los sistemas de ventilación se encargan de alejar la mofeta, el gas metano, del punto donde están trabajando los mineros, y de insuflar aire fresco. En ciertas minas, como la nuestra, los ventiladores crean una corriente de aire de hasta diez o doce kilómetros por hora. Suficiente para que se note, aunque al final uno se acostumbra. Llega un momento en que ni siquiera la adviertes, hasta que se detiene. Da la sensación de que el aire circula en dirección opuesta, realmente. Si sabes lo que significa, no es nada agradable. Silas lo notó al mismo tiempo que yo y los dos dejamos de trabajar y nos miramos.

»Entonces oímos los gritos, lo dejamos todo y corrimos hacia el lugar. Al llegar, vi a dos hombres caídos en el suelo, heridos. Se había desprendido una sección del techo y había saltado una chispa que había provocado una pequeña explosión y un incendio, pero nadie había resultado muerto. El capataz de aquella sección nos vio aparecer en la galería y agradeció la presencia de Silas, pero para él yo seguía siendo un novato, así que me cortó el paso. «Tú, no. Márchate de aquí», me ordenó, pero Silas replicó que le convenía que me quedara. «Es médico», le dijo.

Abajo, en la calle, ululaba una sirena. Sin pensarlo, me asomé al borde de la azotea. Era el sonido de mi trabajo y mi respuesta había sido puramente pavloviana.

– Para comprender lo que sucedió a continuación -prosiguió Cicero sin advertir que había dejado de prestarle atención momentáneamente-, debes entender un poco de accidentes mineros. Con frecuencia, la primera ignición no mata a nadie. Sin embargo, da lugar a un incendio y también compromete el sistema de ventilación. Cuando éste deja de funcionar, el nivel de gas metano aumenta, y es la deflagración posterior del gas lo que causa los muertos.

»En ese momento aún queda tiempo para evacuar, pero el problema es que no todo el mundo accede a salir. Algunos mineros, con la intención de echar una mano, se desplazan hacia el punto de la explosión, en lugar de alejarse. No sé bien si me quedé en el lugar del incidente porque creía haberme convertido en un minero de verdad o porque seguía siendo médico pero, fuera cual fuese la razón, la cuestión es que yo aún estaba allí cuando se produjo la segunda explosión.

Hizo una pausa para servirse más vino de la botella y beber un trago.

– Salí despedido y, cuando se me despejó la vista, observé que los demás empezaban a evacuar -continuó-. Sabían que la situación estaba sin control. Quisieron sacarme, pero tenía las piernas atrapadas y me dijeron que mandarían un equipo de rescate con una camilla, y si a los sanitarios les daba miedo bajar a una mina, ellos mismos se encargarían de trasladarme.

»Sin embargo, la situación era aún muy insegura, con la amenaza de más igniciones. Desde donde me encontraba, oía trabajar al personal de rescate cuando, por radio, sus superiores les dijeron que debían retirarse. Los hombres respondieron que todavía quedaba un hombre dentro, pero de todos modos los conminaron a volver. Los ruidos se hicieron cada vez más débiles y me quedé solo.

Me pareció que los nudillos de Cicero palidecían un poco más al agarrar el vaso. Fue su única muestra de emoción.

– Al principio me lo tomé bien. «Silas los obligará a volver», pensé. Pero entonces vi a Silas. Había muerto. Fue entonces cuando comprendí realmente que yo también podía morir allí abajo, pero mantuve el ánimo mientras duró la luz de la lámpara. Unas treinta horas.

– ¿Treinta? -repetí, asombrada-. ¿Cuánto tiempo pasaste allí?

– Sesenta y una horas. -Cicero apuró el resto del vaso-. Casi la mitad, en absoluta oscuridad. Para entonces, la imaginación se me había disparado por completo. Estaba absolutamente paranoico, convencido de que los rescatadores habían mentido cuando decían que volverían. Lo considerarían demasiado peligroso; la empresa se limitaría a sellar aquella parte de la mina y dirían a mi hermano que era uno de los que habían muerto en la explosión.