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Después de acabarse el vino, se volvió a tender boca arriba.

– Por supuesto, no fue así. Regresaron a buscarme -continuó-. En el hospital, me dije una y otra vez que la médula espinal estaba bien, que volvería a caminar. Tardé bastante en aceptar que no sería así. Lo asimilé durante la rehabilitación, cuya parte más difícil fue pagar la cuenta, cuando terminé. La mina se declaró en quiebra después del accidente y todos perdimos nuestra cobertura médica.

– Típico -comenté.

– Se ha interpuesto una querella colectiva en nombre de todos los afectados y yo la he suscrito, pero el caso se retrasa en los tribunales. Mientras tanto, calificar de «enormes» mis deudas médicas sería quedarme muy corto, y ahora presento un riesgo preexistente que ninguna aseguradora querrá cubrir.

– Pero estás bien de salud, ¿verdad?

– De momento, sí -respondió-. Pero la vida de un parapléjico, aunque esté sano, no es barata. Además, mi estado te hace vulnerable a otros problemas de salud, más adelante. Estos problemas pueden prevenirse con atenciones y terapias físicas…

– … que las aseguradoras no querrán cubrir porque son parte de una afección preexistente -terminé la frase.

– Exacto. Ahora mismo, disfruto de cierta asistencia médica básica para indigentes. Si consigo un empleo, ya no podré optar a ella y, entonces, los gastos en cuidados sanitarios no cubiertos se llevarán una gran parte del sueldo. Estoy en esa extraña situación en la que tener empleo no haría sino hundirme más todavía, en lugar de sacarme de la miseria.

Aunque había previsto que Cicero me contaría una historia de aquel cariz, nunca habría imaginado que estuviese atrapado hasta tal extremo.

– Aparte de la medicina, que tengo prohibido ejercer, no cuento con otros conocimientos que me permitan obtener los ingresos que preciso para sobrevivir sin los seguros médicos adecuados. Y si encontrara empleo, hay un hospital, un par de clínicas y determinado número de profesionales de la medicina con reclamaciones sobre mis futuras ganancias. Ahora mismo, freno a mis acreedores con un precedente legal, el caso Blood contra Turnip.

Respondí con un comentario inadecuado, que consideré necesario:

– Tiene que haber algún modo de saltarse las leyes. Alguien tiene que darse cuenta de que esta situación es ridícula. Estas cosas no deberían suceder.

Cicero soltó una carcajada.

– No deberían, tienes razón -asintió-. Son consecuencia de una serie de calamidades encadenadas. Si no me hubieran expulsado de la única profesión con la que podía conseguir suficientes ingresos… Si no hubiese escogido aquella mina en particular para trabajar… Si no…

»Todo el mundo ve que la situación es, en efecto, ridícula. Pero encontrar la manera de remediarla es otra cosa. El asistente social sanitario de la clínica de rehabilitación de Colorado decidió que debía venir a Mineápolis porque mi hermano Ulises vivía aquí. Ya instalado, asignaron mi caso a una asistente social de veintitrés años que no sabía qué hacer conmigo. Me consiguió unos cheques por invalidez y eso fue todo. No es culpa suya. El sistema no está organizado para tener en cuenta las circunstancias personales. Nadie está autorizado a cambiar las normas o a interpretar las sutilezas. A todo el mundo le gustaría ayudarte, pero nadie puede hacerlo de verdad.

– Pero las cosas no pueden quedar así -respondí, levantando las palmas con los dedos extendidos.

Cicero me miró fijamente.

– A veces no te entiendo -dijo-. En apariencia, se diría que estás cansada de la vida, pero luego sales con esos ramalazos de fe infantil en el sistema. -Se encogió de hombros y continuó-: Bien, te he contado bastante más de lo que pretendía al principio, y aún no he contestado a tu primera pregunta.

– ¿Qué primera pregunta? -Con sinceridad, no me acordaba.

– Exacto -asintió Cicero-. Te contaba del accidente en la mina. Lo que quizá no he dejado claro es que pasé sesenta y una horas atrapado en un espacio casi tan reducido como una tumba. Desde entonces, lo paso muy mal en los lugares cerrados. -Hizo una pausa-. No soy agorafóbico, sino claustrofóbico. Por eso apenas salgo.

– El ascensor… -murmuré, comprensiva.

– El condenado ascensor -corroboró él-. No me dan miedo los seis minutos de la bajada; resultaría dura, pero sería capaz de hacerla. Pero si quedara atrapado, no estoy seguro de que pudiera soportarlo. -Desvió la mirada, avergonzado-. Ya sé que es una estupidez…

– Los miedos son irracionales -respondí-. Yo soy una prueba viviente de eso.

Cicero no respondió. Ladeó la cabeza y siguió las luces de un avión. El aeropuerto de Mineápolis quedaba al sur de donde estábamos y los reactores ascendían sobre el espacio aéreo de la ciudad con la regularidad de una cadena de producción. En el plazo de veinte horas, sus pasajeros podían estar en cualquier lugar del mundo. Y allí abajo estaba Cicero, cuyo mundo se había hecho tan pequeño que, para él, ascender un tramo de escaleras para ver el cielo nocturno era todo un viaje.

– Pero si no sales nunca, ¿de dónde te llega la comida y lo que necesitas?

– De mis pacientes -explicó-. No siempre cobro en metálico; también intercambio favores y servicios.

– ¿No vas a ver a nadie?

– Vienen a verme los demás. Chorreando sangre o tosiendo, pero los acepto como llegan.

– Mujeres, me refiero.

– ¡Ah, sí, mujeres! -exclamó-. La idea de salir con un parapléjico sin blanca las enloquece.

– ¡Cicero! -le reprendí.

– ¡Sarah, no intentes cambiarme! -Su tono de voz indicaba que no había más que hablar. Bajé la mirada y acepté su reprimenda-. Las cosas iban mejor cuando llegué a Mineápolis -continuó tras un silencio-. El apartamento de Ulises estaba en la planta baja, de modo que no necesitaba ascensores, y yo disponía de una furgoneta. Nada extraordinario, pero tenía los mandos adaptados y funcionaba. -Hizo una pausa-. En realidad, todavía la tengo, pero más me convendría venderla. Ya no la empleo para nada y uno de los muchachos del rellano tiene que ir una vez por semana a ponerla en marcha, para que no quede inservible por falta de uso.

Aquella parte de la narración llevó a una pregunta obvia:

– Cicero -le dije-, ¿y tu hermano? ¿Dónde está ahora? ¿No has dicho que viniste a Mineápolis a vivir con él?

Los ojos castaños de Cicero parecían más serenos que apenas un momento antes.

– Y estuve con él, sí. Pero eso ya te lo contaré en otra ocasión.

– Pensaba que no tenías secretos -le recordé.

– No los tengo -aseguró él-, pero no creo que te guste oír esa historia, después de la que acabo de contarte.

– ¿Está muerto? -insistí.

– Sí, murió.

Moví la cabeza, bajé la vista y musité:

– ¡Dios mío!

– No pongas esa cara -dijo él.

– ¡Dios mío, Cicero!

– No me compadezcas, Sarah.

– No es eso -respondí, pero no estoy segura de que no lo hiciera.

Capítulo 16

En el despacho del juez Henderson celebrábamos una reunión tres personas: el propio juez, un hombre negro que peinaba canas y que apenas abría la boca; Lorraine, la asistente social, y yo.

– No es una situación típica -estaba exponiendo Lorraine-. He visitado su domicilio y es tal como lo ha descrito la detective Pribek. La casa está limpia y los niños van a la escuela. No hay niños en edad preescolar. El menor tiene once años y los demás, catorce, dieciséis y diecisiete. Cuando estuve allí, la hermana se mostró amigable y cooperadora.

– ¿Y el padre? -preguntó el juez. Tenía una voz grave y agradable, como el rumor de un trueno en la lejanía.