– Va reponiéndose lentamente -le informó la asistente social-. Lo han trasladado de cuidados intensivos del hospital a una casa de convalecencia y su pronóstico es bueno. El problema más importante, ahora mismo, es la persistencia de los problemas de habla. La hija solicita la administración del patrimonio familiar.
El juez Henderson asintió con la cabeza.
– A través de un abogado, supongo -señaló.
– Efectivamente -asintió Lorraine.
Eché una mirada a los números romanos del reloj de pulsera del juez. Eran las tres y media. Todavía no estaba segura de mi papel en la reunión. Imaginaba que me necesitaban para que declarase lo que conocía de la situación familiar de los Hennessy, ya que había sido la autora del informe a los servicios de protección de niños en situación de riesgo. Sin embargo, hasta aquel momento, no me habían hecho una sola pregunta.
– Bien, parece que ha sido usted muy minuciosa, como siempre. -El juez se recostó en el respaldo de su asiento y se echó tan atrás que su coronilla casi calva desapareció prácticamente bajo una planta de un verde lustroso que estaba colocada en una estantería a su espalda-. Y aquí es donde entra en escena usted, detective Pribek.
Lorraine también se volvió hacia mí:
– Tenemos un programa piloto para situaciones en las que los menores que solicitan la emancipación son encomendados a la supervisión de un adulto adecuado durante un periodo de prueba. Por supuesto, sólo se aplica en casos en los que el menor es considerado un buen candidato y no existen parientes adultos que puedan desempeñar este papel.
– ¿Quiere que sea custodia de los menores Hennessy? -pregunté.
– No se trata exactamente de una función de custodia. Más bien sería una observadora vigilante -me corrigió Lorraine.
– No tengo formación de asistente social.
– Pero es una profesional de la seguridad ciudadana, una persona responsable, y parece que ha tenido más contacto con esos jóvenes que ninguna otra persona. -Tras una pausa, Lorraine prosiguió-: Marlinchen Hennessy es una candidata excelente para el programa y apenas quedan unas semanas para que alcance la mayoría de edad. No nos agrada del todo que los menores vivan por su cuenta durante este periodo, pero enviarlos a instituciones de acogida parece…, en fin, parece ridículo.
– No estoy muy segura de que Marlinchen acepte lo que proponen -respondí, eludiendo el compromiso. Pensaba en cómo habíamos terminado nuestro último encuentro.
– Al contrario -dijo la asistente social-. Cuando visité la casa, la hija mayor habló excelentemente de usted.
– La única hija -rectifiqué sus palabras. Marlinchen Hennessy no tenía hermanas.
Lorraine sonrió y me di cuenta de que había caído en una trampa, poniendo en evidencia que había invertido tiempo y energía en conocer a aquella joven familia. Con un resoplido, continué:
– No me opongo rotundamente a la custodia, pero creo que el problema va un poco más allá. Marlinchen no sólo aspira a obtener la custodia de sus hermanos menores, sino también la administración de los bienes de su padre. ¿No les parece que es demasiado?
Lorraine se mordió el labio y fue el juez quien tomó la palabra.
– Detective Pribek -dijo-, la familia sigue siendo la unidad sagrada y fundamental de la vida norteamericana. Para que las instituciones públicas disuelvan la unidad familiar, debe existir una buena razón para ello. Si hubiera otros parientes que pudieran hacerse cargo de los menores, o incluso un amigo íntimo de la familia, seguiríamos esa vía. Pero no hay ninguno y, en vista de ello, creo que ésta es la mejor solución para los chicos.
– ¿Y qué me correspondería hacer, exactamente? -pregunté, dándome por vencida.
– Supervisarlos un poco -explicó Lorraine-. Comprobar que se hace la colada y que cenan algo más que cereales fríos cada noche. Desde luego, no es necesario que viva con ellos, pero debería pasar algunos ratos en la casa. -Hizo una pausa y añadió-: También debo mencionar que recibirá un estipendio por la labor.
– Pero la cantidad no contaría para el cálculo de su plan de jubilación -añadió el juez Henderson con cierta sequedad, y me sorprendí riéndome con él.
– ¿Y bien, está dispuesta? -inquirió la asistente social.
Lo que me pedían iba mucho más allá del trabajo que desarrollaba para el condado. No tenía hijos y no había crecido rodeada de hermanos y hermanas. Sin embargo, comprendí que ya era tarde para intentar mantenerme al margen. A pesar de lo sucedido en nuestro último encuentro, Marlinchen me caía bien. Y si pasaba más tiempo con ella, tal vez sería capaz de terminar lo que tenía entre manos: localizar a Aidan Hennessy.
– Está bien -dije, pues-. Lo haré.
No me lo habían dicho, pero Marlinchen Hennessy aguardaba en otra sala durante la reunión. En cuanto accedí a llevar a cabo la supervisión de los hermanos Hennessy, Lorraine le indicó que entrara y le expuso la propuesta. Como era de prever, Marlinchen aceptó.
Bajamos juntas en el ascensor y aproveché para decirle que, cuando terminara el trabajo, pasaría por la casa y explicaríamos la situación a sus hermanos. Marlinchen se apresuró a asentir, pero no dijo nada más. La dejé en una mesita en la segunda planta del centro comercial Pillsbury, tomando una cola y repasando los deberes escolares.
Mientras volvía al trabajo, reflexioné que, evidentemente, Marlinchen seguía considerándome una figura de autoridad. Si tenía que dedicar las siguientes semanas a ocuparme con regularidad de ella y de sus hermanos, quería que al menos la muchacha se relajara un poco.
Lo que necesitaba era pasar un rato con Marlinchen sin hurgar en incómodos asuntos de familia, sin que ninguna de las dos mencionara a Hugh ni a Aidan, sin hacer referencias a la economía familiar o a los límites jurisdiccionales. Lo que necesitábamos era algo completamente diferente. Algo divertido.
Cuando llegué a la brigada, le dije a Van Noord que saldría un poco antes.
– Van a detenernos -anunció Marlinchen llanamente.
A las seis, la luz de la tarde empezaba a declinar. Marlinchen y yo nos hallábamos en una carretera rural. Habíamos dejado atrás las Ciudades Gemelas y estábamos en las proximidades del río St. Croix.
Acababa de detener el Nova junto a la cuneta para cambiarme de asiento con ella. Marlinchen lo había hecho muy bien un rato antes, en el aparcamiento vacío de una iglesia, cuando le había enseñado los fundamentos de la conducción en un coche automático. Había realizado un circuito por el aparcamiento vacío de una iglesia, a 25 kilómetros por hora, y había aprendido a frenar y a conducir marcha atrás. «No es tan difícil», había comentado. Y, a medida que crecía su confianza, había aumentado también el placer que encontraba al volante.
Esta vez, sin embargo, las cosas eran distintas.
– ¿Tengo que hacerlo aquí, en una carretera? -protestó con un punto zalamero en la voz-. ¿No debería empezar en una calle tranquila, a 40 por hora?
– Las calles están llenas de cruces, de tráfico nervioso y de niños en bicicleta -le respondí-. Aquí, en cambio, lo único que tienes es una calzada despejada y recta.
Un camión articulado nos adelantó con un rugido a 110 por hora. Al verlo, Marlinchen me lanzó una mirada reprobadora.
– Tienes que llevar una casa y ni siquiera puedes ir a la tienda en coche -repliqué. Era un argumento que ya había utilizado cuando le había sugerido que le daría lecciones de conducción-. Tienes que aprender.
– ¿Y si voy demasiado lenta? -preguntó ella.
– Te adelantarán -respondí-. A los conductores de carretera les encanta adelantar; eso rompe la monotonía.
Para evitar más protestas, me apeé del vehículo. Mientras rodeaba el coche, vi que Marlinchen me imitaba, a regañadientes.
Cuando hubimos cambiado de asiento, le di indicaciones.