Выбрать главу

– Con mucho cuidado -le dije, secamente-, busca el freno de mano y bájalo, como has hecho antes. Bien. Ahora, con el pie en el freno, entra la marcha. El pie derecho. No utilices nunca el izquierdo.

Marlinchen avanzó hasta el arcén y se detuvo allí, mirando a un lado y otro. Transcurrieron unos segundos; luego, unos cuantos más. No se veía ningún vehículo en ninguna dirección. Me pregunté qué estaría buscando.

¿La estaba forzando demasiado? Me había propuesto que la chica se relajara un poco, por una vez, e hiciera algo divertido, pero no parecía disfrutar en absoluto.

– No hay más coches a la vista -apunté-. Las condiciones no pueden ser mejores.

Marlinchen levantó el pie del freno y se incorporó a la calzada. La aguja del indicador de velocidad empezó a subir con penosa lentitud hasta marcar los 45 por hora, luego los 60 y, finalmente, los 70.

– El límite de velocidad es 90 -le recordé.

– Ya lo sé -replicó ella.

– Esto significa que todo el mundo circula a 100 -expliqué-. Acelera.

El ruido del motor se hizo más agudo y el cuentakilómetros volvió a subir, muy despacio. Cuando marcó 90, Marlinchen levantó el pie del acelerador, visiblemente aliviada, y se mantuvo a aquella velocidad.

– ¿Te sientes mejor? -le pregunté.

– Sí -respondió, y en su voz había un leve tono de sorpresa. Relajó las manos en el volante-. ¿Adónde vamos?

– A ninguna parte. La carretera continúa un buen trecho. Se trata de que te vayas acostumbrando a conducir.

En el retrovisor derecho apareció un vehículo. Parecía del tamaño de una mosca, pero se acercaba deprisa. La mosca resultó ser un gran camión Ford que se nos echaba encima.

– Mira por el retrovisor -le indique a Marlinchen. Lo hizo y, al instante, se aferró de nuevo al volante-. No sucede nada -le aseguré-. Va a adelantarnos.

– ¿Qué tengo que hacer?

– Nada. Él lo hará todo. Obsérvalo mientras tanto.

El camión nos alcanzó y se quedó detrás de nosotras unos veinte segundos. Marlinchen lo observó por el retrovisor durante diecinueve de los veinte.

– No te quedes mirándolo todo el rato -indiqué-. Tienes que estar atenta a lo que tienes delante; es ahí adonde vas.

Después de pedirnos que acelerásemos sin obtener respuesta, el camión dejó una distancia de cortesía con el Nova y, acto seguido, el gran morro negro se asomó ligeramente al otro carril. No había tráfico en dirección contraria, sólo una línea discontinua en el centro de la carretera. El camionero invadió ágilmente el carril contrario, nos adelantó a 130 y volvió a la derecha.

– ¡Vaya! -exclamó Marlinchen.

– ¿Ves? No pasa nada. Si apareciera alguien de frente, podrías reducir un poco la velocidad para asegurarte de que el camión tiene espacio suficiente para reincorporarse al carril. O podrías hacerle luces, cuando te hubiera sobrepasado; significa que le facilitarás la maniobra.

– ¿Existe un código de conducta? -se extrañó ella-. ¡Bien!

Continuamos por la carretera diez minutos más hasta que apareció un vehículo delante de nosotros, en el mismo sentido de la marcha. Era una máquina agrícola, un tractor. Nos echábamos rápidamente encima de él y pronto quedó claro que el vehículo avanzaba a 30 por hora.

– Adelántalo -le dije.

– ¿Qué?

– Adelántalo. Ese tractor va a paso de tortuga. Si no lo haces, nos moriremos de aburrimiento detrás de él.

– ¡No puedo! -exclamó ella.

– Claro que sí. El coche tiene potencia y te lo permite. Pero cuando inicies la maniobra, no te vuelvas atrás. La indecisión es la causa de muchos accidentes.

Nos pegamos al tractor y miré para comprobar que no venía nadie.

– Despejado -anuncié-. ¡Adelante!

El motor vibró mientras Marlinchen salía al carril opuesto. La aguja del cuentarrevoluciones dio un brinco y el indicador de velocidad empezó a subir: 100, 110, 120… Transcurrió aquel momento interminable, aquel instante en que crees que no terminarás nunca de pasar al vehículo que estás adelantando, por muy despacio que pareciera ir un minuto antes. Avanzamos lentamente. En el horizonte apareció una forma indefinida, blanca. Un vehículo se aproximaba.

Marlinchen hizo lo que yo esperaba. Quitó el pie del acelerador y el motor bajó de revoluciones. Se proponía abortar el adelantamiento.

– ¡No! -exclamé enérgicamente-. Ya estás en plena maniobra, ¿recuerdas?

El ruido del motor volvió a hacerse más agudo al subir de revoluciones otra vez y el cuentakilómetros marcó 130, 140… Superamos el morro del tractor y Marlinchen continuó pisando a fondo. En ese momento circulábamos a 150 kilómetros por hora. Volvió la cabeza para observar el tractor.

– Ya está -dije-. Vuelve a tu carril.

Así lo hizo, con visible alivio. Momentos después, nos cruzamos con una furgoneta blanca. En realidad, la maniobra no había sido peligrosa.

– ¡Oh, vaya! -exclamó Marlinchen. Inspiró profundamente y soltó el aire. Después, echó un vistazo por el retrovisor y agitó la mano en un alegre saludo al tractorista, como si éste le hubiera hecho un gran favor-. Ha sido emocionante.

– Desde luego, no te diviertes muy a menudo, ¿verdad? ¿Quieres parar a poner la cabeza entre las rodillas hasta que se te pase la sensación?

– ¡Oh, calla! -replicó ella, y estalló en una risita nerviosa ante su propia audacia. Yo también me reí.

– Ahora te creerás muy atrevida, ¿verdad? -le dije-. Pues esto no es nada. Cuando tenía tu edad…

– Ya empezamos… -comentó ella, de buen humor.

– … mi amiga Garnet Pike y yo estábamos aprendiendo a dar una coleada de 180 grados, lo que llamábamos «el giro del contrabandista».

– No sé qué significa ninguna de las dos cosas.

– Es un giro para dar media vuelta en seco, usando el freno de mano al tiempo que giras el volante a tope. Con muchos de los coches actuales no se puede hacer, porque tienen el centro de gravedad demasiado alto. Garnet había leído cómo se hacía y quería probarlo. Me convenció para que tomáramos prestado el coche de mi tía, un sedán con un buen motor, y fuimos al aeropuerto.

– ¿Al aeropuerto? -se extrañó Marlinchen.

– Olvida el aeropuerto de Mineápolis/Saint Paul. Era un aeródromo rural, una pista nada más, sin torre. Y por la noche, cuando fuimos, no había despegues ni aterrizajes.

– Llegado ese punto, contuve un poco mi entusiasmo-: No digo que lo que hicimos sea correcto. Fue una invasión de la propiedad privada.

– En otras palabras: «No probéis a hacerlo en vuestra casa» -comentó ella con sarcasmo.

– Exacto. En cualquier caso, la pista era el sitio perfecto para practicar: espacioso y sin obstáculos. Después de dos intentos nulos, Garnet reunió el coraje necesario y lo consiguió. Y yo, en aquella época, me sentía obligada a hacer todo lo que hiciera ella. Así pues, cambiamos de asiento y probé.

Por un instante, me hallé de nuevo en ese coche, volví a oír mi propia voz exaltada y aliviada, vi nuevamente el pequeño aromatizador en forma de pino danzando sin control en el espejo retrovisor del coche de tía Ginny. Hasta el día de hoy, es el recuerdo que evoca en mí ese olor sintético a pino.

– Déjame adivinar -apuntó Marlinchen-. ¿Quieres enseñarme el truco?

– No, todavía no estás preparada para eso. -Acompañé mis palabras con un gesto de cabeza-. Pero te haré una demostración.

– No, gracias -replicó ella firmemente-. Vomitaría las galletas.

– No, nada de eso -insistí-. Habré terminado antes de que te enteres. De hecho…

– Mira, una cafetería -me interrumpió Marlinchen, encantada de ver el establecimiento al lado de la carretera-. ¿Podemos parar?

– Tú conduces…

Poco después nos hallábamos sentadas a la sombra, contemplando el río St. Croix. Marlinchen había conducido hasta allí mientras yo sostenía su pedido, un gran helado, y el mío, unos aros de cebolla. Delante de nosotras, el sol se reflejaba en el río, pero a nuestra espalda unas nubes de color plomizo cubrían el cielo. El contraste era tan marcado que casi me pareció como si alguien hubiera añadido las nubes de tormenta al paisaje con un programa de dibujo de ordenador.