– Esta noche cambiará el tiempo -pronostiqué-. Habrá tormenta y tal vez granice.
Marlinchen sorbió parte del helado.
– Cuando era pequeña, las tormentas fuertes me asustaban -contó-. Uno de mis primeros recuerdos es de cuando cayó un relámpago en casa. No lo vi, sólo recuerdo el ruido y cómo se asustó mi madre. Desde entonces, durante años, me espantaba cualquier ruido fuerte.
– ¿Tan terrible fue?
– Creo que no me habría afectado tanto si no hubiera visto a mi madre tan aterrada -explicó Marlinchen-. Entró en mi habitación llorando y me dijo que había caído un rayo en la casa, y me metió de inmediato en la cama. La vi tan alterada que me eché a llorar. Imaginé que seguirían cayendo rayos sobre la casa. Esa noche, mamá durmió conmigo.
Elisabeth Hennessy había muerto ahogada en circunstancias sospechosas y corrían rumores de que tal vez se había suicidado. Aquel recuerdo de su hija me suscitó la pregunta de si la madre de Marlinchen habría tenido una vida atormentada de joven y si sus nervios, ya alterados, habrían convertido la zozobra de las tormentas estivales en Minnesota en psicodramas aterradores.
– ¿Sucede algo? -indagó Marlinchen.
– No -respondí. No se me ocurría una manera delicada de preguntarle si Elisabeth Hennessy era una persona aprensiva o neurótica, de modo que dejé la cuestión para otro momento.
– ¿Cuántos años tenías cuando murió tu madre? -me preguntó tras una pausa.
Esperé que mi expresión no delatara la sorpresa que me habían producido sus palabras. Aquella muchacha poco menos que leía los pensamientos. Tal vez no, pero andaba cerca.
– Nueve -dije-. Casi diez.
Marlinchen se detuvo con la cuchara a medio camino de la boca.
– Me parece que el otro día decías que viniste a Minnesota cuando tenías trece años -comentó-. ¿Qué sucedió mientras tanto?
Le había contado la historia de mi emigración a Minnesota a varias personas, pero hasta entonces nadie me había hecho aquella pregunta.
– Te conté que mi padre era camionero, ¿verdad? -respondí-. Pasaba mucho tiempo en la carretera. Pero hasta que tuve trece años, viví en casa con mi hermano mayor, Buddy. Entonces se alistó en el ejército y se marchó, de modo que habría tenido que vivir sola. Fue por eso, sobre todo. Aunque también… -vacilé.
– ¿Qué?
– Ese verano, creo, desapareció una chica. Tenía mi edad, más o menos, y estas cosas, en un pueblo pequeño, provocan auténtico pánico. -Un ave acuática sobrevoló el río a baja altura-. No había pensado en eso desde hace años.
– ¿Por qué no?
– Sucedió hace mucho tiempo. Y era una cría. En cualquier caso -me encogí de hombros-, la tragedia quizás influyó en mi padre. Además, me estaba haciendo adolescente y tal vez pensó que necesitaba una influencia femenina.
– Entiendo -dijo Marlinchen, lacónica-. ¿De modo que fue la influencia femenina de tu tía lo que te llevó a entrar legalmente en los aeropuertos a practicar acrobacias en coche?
– Exacto -asentí-. Tía Ginny era la mujer más encantadora del mundo. Trabajaba por la noche y los fines de semana en un asador y, prácticamente, me dejaba a mi aire. ¿Quieres uno? -Le ofrecí un aro de cebolla y lo aceptó.
– Gracias. ¿Y tu tía sigue todavía en el pueblo? -inquirió.
– No. Murió cuando yo tenía diecinueve años, de apoplejía. Nada parecido a lo de tu padre -me apresuré a añadir, al ver un asomo de crispación en el gesto de Marlinchen-. La suya fue en el tronco cerebral, que rige gran parte de las funciones autónomas del cuerpo. Si existe un lugar del cerebro en el que es mejor que no se produzca un ataque, es ése.
Al cabo de unos minutos, cuando Marlinchen terminó el helado, me puse en pie.
– Vamos.
Volvimos juntas al coche, en silencio. Esta vez, me puse yo al volante y, al llegar al final del camino de tierra que habíamos tomado hasta nuestra atalaya, tomé la carretera hacia el norte, y no hacia el sur.
– ¿No te has equivocado de dirección? -preguntó Marlinchen mientras yo seguía acelerando.
– Sí -respondí y, de pronto, tiré del freno de mano y giré el volante a fondo. El Nova describió un giro de 180 grados, las ruedas traseras patinaron brevemente en la cuneta y, enseguida, volvimos a acelerar.
– ¿Lo ves? -respondí-. No ha sido para tanto, ¿verdad?
Capítulo 17
Hubo otro atraco en la tienda de una gasolinera; los autores eran, claramente, los dos mismos individuos. «Bienvenidos otra vez, muchachos», me dije.
Después de tomar declaración inicial a los testigos, revisé los vídeos de seguridad de las dos primeras tiendas con la esperanza de que en la cinta del día anterior al atraco aparecieran los ladrones sin las máscaras mientras estudiaban el 200 local con vistas al golpe.
Cuando salí del trabajo, se me ocurrió que quizá era una buena noche para visitar la casa del lago. Llegaría a tiempo para la cena y Marlinchen debía de ser mejor cocinera que yo. Tomé el ascensor y bajé al garaje.
– ¡Detective Pribek!
Me volví. Gray Diaz se acercaba entre dos hileras de coches aparcados. No venía solo. Lo seguía un hombre de unos cincuenta años, alto y delgado, vestido de calle con sencillez, en mangas de camisa y sin corbata. Sus ojos, tras unas gafas de montura metálica, eran gris pardo. También me resultaba conocido, pero no acabé de ubicarlo.
– Me alegro de encontrarla antes de que se marche -dijo Diaz, que traía un papel en la mano-. Conoce a Gil Hennig, ¿verdad?
Cuando dijo el nombre, caí en la cuenta: Hennig era un técnico del Gabinete de Investigación Criminal. Lo había visto a veces en las escenas del crimen, espolvoreando puertas en busca de huellas o sacando moldes de pisadas, sin llamar nunca la atención.
– ¿Qué puedo hacer por ustedes?
Noté el pequeño nudo de inquietud en la boca del estómago que siempre me provocaba Diaz.
– Gil ha bajado conmigo a inspeccionar su coche -dijo Diaz mientras me tendía el papel. Era una orden de registro-. Puede quedarse mientras realizamos el trabajo, si quiere.
Eché un vistazo al documento. Permitía analizar cabellos, fibras, huellas y sangre. El laboratorio forense del Gabinete de Investigación Criminal se encargaría de realizar las pruebas. El condado de Hennepin tenía su laboratorio propio, pero el caso no era jurisdicción de la policía del condado y el Gabinete efectuaba análisis de pruebas para otras jurisdicciones menores, como la de Diaz.
– Si necesita algo del coche, ¿por qué no lo saca ahora? -sugirió éste-. La orden de registro abarca todo el contenido, pero seremos flexibles. Sólo será preciso que el agente Hennig la observe y que inspeccione brevemente lo que usted vaya a retirar.
– No necesito nada -respondí. En el maletero llevaba las herramientas del coche, el botiquín de primeros auxilios y unos cuantos útiles de emergencia más; en la guantera, unas cintas de música y dos billetes de cincuenta dólares para la grúa en caso de avería. No dudaba de que el dinero seguiría en su sitio cuando me devolvieran el Nova.
– Entonces, necesitaré la llave -dijo Hennig.
Al cabo de todo un minuto de torpes intentos, que me pareció mucho más largo debido a la presencia de los dos hombres que me observaban, conseguí sacar la llave del coche de las dos firmes vueltas de metal del llavero.
Hennig se acerco a mi coche sin que tuviera que indicarle cuál era. Una grúa lo había enganchado en un abrir y cerrar de ojos y lo estaban subiendo al camión.
– Soy consciente de que esto supondrá un inconveniente para usted -dijo Gray Diaz-. ¿Puedo llevarla a alguna parte?