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»Estaba trastornada, evidentemente, pero me pareció que, con ideas suicidas o sin ellas, había algo en su interior que luchaba por sobrevivir. Tenía esperanzas de que su caso saliera adelante pero, después de conseguirle una cama en el servicio de psiquiatría, no volví a saber de ella.

»Sin embargo, ella no me olvidó. Una noche, casi seis meses después, me dejo tres mensajes en el teléfono del servicio de urgencias. La llamé y descubrí que sufría otra crisis. Su marido, que se pinchaba, le confesó que era seropositivo y que no creía que pudiera seguir manteniendo a ella y a los niños. Después, había cogido algún dinero y el coche y se había marchado. Hacía dos días que no sabía nada de él. No había podido acudir a urgencias porque no tenía coche ni a nadie que se ocupara de los críos, pero necesitaba hablar con alguien enseguida, en persona, no por un teléfono de la esperanza. Me pidió si podía ir a verla.

Cicero se frotó la sien mientras revivía la escena.

– Recuerdo perfectamente cuánto me quedaba para salir de servicio. Cuarenta y dos minutos; en el rincón había un reloj digital. Le eché una mirada y le dije que estaría allí pronto.

No me gustó que la actitud de esa mujer me indignara. Debería haber canalizado mi cólera hacia Cicero. Entendía lo que éste debía de haberle parecido: un hombre alto, competente, cariñoso, guapo y comprometido por el juramento a no causar daño. A pesar de ello, sentí un chispazo de ira contra esa desconocida necesitada y anhelante que iba a arrastrar a Cicero a una trampa que le costaría el empleo, la licencia y, finalmente, la facultad de andar.

– Por el camino -continuó Cicero-, iba pensando qué le diría: que tenía que hacerse la prueba del sida, que había sitios donde podía encontrar ayuda para cuidar de los niños. Sin embargo, cuando llegué allí, no quiso que habláramos de sus problemas. Estaba tranquila, preparando un té en la cocina con aquel camisón largo blanco. No parecía loca, ni con ánimo suicida. De haberme percatado, todo habría sido muy diferente.

Cuando Cicero pronunció la palabra «suicida», comprendí cómo podía acabar su narración y sentí un escalofrío.

– Me habló de su infancia, del ballet y de Inglaterra. En medio de aquellas evocaciones, comentó que resultaba irónico que se hubiera casado para poder quedarse en Estados Unidos al expirar el visado. En ese momento, lo único que quería era regresar a Londres y temía que ya nunca lo conseguiría. Dijo que se sentía como si su vida se hubiera acabado con veintidós años.

El aire acondicionado del edificio ronroneaba, ruidoso, llenando los silencios que dejaban sus palabras.

– Me pareció lo más natural rodearla con mis brazos y estrecharla.

No añadió más. Dejó que cayera el telón en el primer acto de una obra de dos.

– Podía ser seropositiva -le recordé, como si el riesgo no hubiera pasado hacía mucho tiempo, para bien o para mal.

– Lo sabía -dijo Cicero-, ¿Has leído Hamlet?

– Una vez.

– ¿Te fijaste en el imaginario extrañamente sexual del entierro de Ofelia, en cómo la reina compara el tálamo nupcial con la sepultura?

– ¿A qué te refieres?

– A que, a veces, la proximidad de la muerte puede resultar erótica. Para mí, ella era Ofelia. Quería acostarme en su tumba y devolverle la vida.

– Así pues, a fin de cuentas yo tenía razón -señalé-. Fue compasión.

– Bueno, eso si es que se puede ser compasivo y egoísta al mismo tiempo -admitió Cicero-. Si ella necesitaba sentirse viva, yo también. Durante aquellos días, salía del trabajo tan atontado de lo que había estado haciendo toda la noche que me sentía como un muerto viviente. Eso fue antes de darme cuenta de lo afortunado que era por el mero hecho de poder andar. -Lo expresó con gran sencillez, sin asomo de autocompasión-. Por entonces yo tenía treinta y cuatro años. Me dije la misma mentira que suelen repetirse los que trabajan en urgencias: que no disponía de tiempo para una relación, que ninguna mujer aguantaría los horarios desquiciados y la tensión a la que vivía sometido. Había compañeras que pensaban lo mismo y había salido con algunas, pero sólo eran citas amistosas, lo que a veces llamábamos «desahogos». Y también había tenido relaciones de una sola noche con mujeres que conocía en bares. En el fondo, probablemente me sentía bastante solo, aunque hasta entonces no había sido consciente de ello.

Yo estaba sentada en el suelo y me acerqué a él para tomarle la mano. Cicero me lo permitió, pero me dijo:

– No me compadezcas. Tengo merecido todo lo que sucedió a continuación. Su hermana vino de Manchester y la ayudó a poner una demanda contra el hospital. En la vista salieron muchas cuestiones que yo ignoraba. Desde el intento de suicidio, venía visitándose con un psiquiatra que le había diagnosticado un trastorno bipolar. Se sentía fatal con los hombres, no podía confiar en ellos, pero al mismo tiempo mostraba fijación por hombres a los que apenas conocía, a los que consideraba posibles amantes o salvadores. En la clínica había causado algunos problemas debido a su relación con un terapeuta y la transfirieron a una psiquiatra mujer.

– Tú no sabías nada de esto -le recordé.

Su expresión me advirtió que debería cuidar más mis palabras.

– De un enfermo mental no se espera que sepa reconocerse como tal.

– Sólo me refiero a que me parece un castigo severísimo por la falta que cometiste.

– «Cada vez que entre en una casa, no lo haré sino para bien de los enfermos» -citó Cicero-. Es del juramento.

Bajé la mirada a la taza de café vacía.

– ¿Es el sentimiento de culpa, pues, lo que te obliga a seguir recibiendo pacientes bajo estas circunstancias? -inquirí a continuación, señalando la sala de consulta, pequeña y escasamente equipada, contigua al dormitorio.

Cicero reflexionó antes de responder.

– En realidad, no -respondió finalmente-. Podría decirse que es el egoísmo, casi. ¿Sabes que algunas razas de perros, como los pastores o los rescatadores, llevan inculcado el sentido del trabajo? Aunque los hayan criado como animales caseros de compañía, cuando despiertan cada mañana, se plantan ante el humano y lo miran como diciendo, «¿en qué puedo ayudar?» Lo llevan dentro. Pues bien, a determinadas personas les sucede lo mismo. Yo siento el impulso de hacer aquello para lo que me preparé. Soy de raza trabajadora. -Levantó un hombro en un gesto que no llegaba a ser un encogimiento y añadió-: Y ya no puedo cambiar. Soy como soy.

Tomé el último autobús de vuelta a casa, poco después de medianoche. Cuando subí al vehículo, una mujer joven se apeaba por la puerta trasera. En el momento en que lo hacía, nuestras miradas se cruzaron.

Ghislaine, por una vez sin Shadrick, me observó con curiosidad durante un largo instante antes de descender los escalones y desaparecer por la puerta.

Capítulo 19

Los detectives tienen la prerrogativa de poder utilizar un coche del parque móvil de la policía y, cuando yo empecé a hacerlo, nadie del trabajo se extrañó. Si había corrido la noticia de que mi coche estaba en el laboratorio, nadie lo mencionó en mi presencia, ni siquiera implícitamente. Mientras, recurrí al vehículo de la policía no sólo para asuntos de trabajo, sino también para ir a visitar a los Hennessy al caer la noche.