– Estaba por el barrio -dije cuando Cicero abrió la puerta-. Pero si interrumpo algo, me marcho.
– ¿Y los zapatos?
– Ahí, en la escalera -respondí.
– Comprendo -murmuró Cicero como si mi explicación fuese de lo más razonable-. Cada vez que me decido a preguntarte más cosas de tu vida personal, ocurre algo así. Entonces advierto que es mucho más fascinante no saber. -Retrocedió en la silla de ruedas para dejarme pasar.
Me preguntó si quería comer algo y decliné la invitación, pero Cicero preparó un té y entramos en su habitación.
– ¿Quién es éste? -inquirí.
– ¿Quién?
Me había puesto a mirar las fotos de la estantería del dormitorio.
– Éste -respondí, señalando la foto más antigua de todas, una imagen en blanco y negro.
Se trataba de un joven a caballo, un adolescente tocado con un sombrero de ala ancha y ataviado con lo que debían de ser sus mejores ropas, unos pantalones oscuros y una camisa color crema sin cuello. El caballo tenía una planta espléndida, casi tan lozana como la del muchacho, con un pelaje marrón oscuro o negro que brillaba incuso en aquella foto antigua, con el cuello arqueado de impaciencia porque lo sujetaban por las riendas el tiempo necesario para sacar la foto.
– Es mi abuelo -dijo Cicero-. En Guatemala.
– ¿Cuántos años tenía, en la foto?
– Dieciocho -respondió Cicero-. En realidad, no llegué a conocerlo. Murió al poco de nacer yo, pero me han contado que quería mucho a ese caballo. En aquella época, un caballo veloz era como un cinco litros de ahora. Me parece que no era suyo sino de la familia, pero lo consideraba de su propiedad, hasta que un día llegó a casa y descubrió que su padre lo había vendido para comprar el vestido de boda de su hermana.
– No fastidies -dije, divertida.
– En serio. Se puso como loco -explicó Cicero-. Al menos eso es lo que me han contado.
– Y tú, ¿naciste allí?
– ¿Dónde? ¿En Guatemala? No -respondió Cicero-. Nací aquí, en Estados Unidos. A mi hermano Ulises y a mí, nuestros padres no nos dejaron aprender español hasta que tuvimos una buena base de inglés.
– Por cierto, me dijiste que un día me contarías la historia de tu hermano y nunca lo has hecho -le recordé.
Cicero tomó en las manos otra foto de la estantería, en la que aparecía de excursión con una amiga, y volvió a dejarla en su sitio.
– No hay mucho que contar -murmuró.
Su innecesario gesto con la foto me indicó que no era cierto y esperé a que siguiera hablando.
– Ulises se instaló a vivir aquí con una amiga -prosiguió-. Más adelante, ella lo dejó, pero a él le gustaba el sitio y se quedó. Cuando terminé la rehabilitación, hace cuatro años, me enviaron aquí a vivir con él y, al cabo de un año, murió.
Aquél no era el final de la historia; en realidad se trataba del prólogo.
– Ulises era panadero -explicó Cicero-. Tenía unos horarios muy jodidos. Entraba a trabajar a las dos de la madrugada, en una pequeña panadería de Saint Paul.
Supe de inmediato que conocía la historia que Cicero iba a contarme.
– Estaba en un barrio conflictivo, donde abundaba el trapicheo de drogas y esas cosas -dijo-. Una noche, Ulises iba al trabajo. El condado de Ramsey había emitido una orden de captura de un sospechoso que había disparado contra la policía y Ulises conducía un coche similar al del hombre que andaban buscando. Dos policías de paisano de la brigada de narcóticos lo vieron aparcar detrás de la panadería y, cuando salió del coche, lo abordaron.
– Y le dispararon -intervine. No era necesario ser policía para deducir lo que había ocurrido.
– Sí -asintió Cicero-. Después dijeron que no había hecho caso de la orden de poner las manos arriba y que, en lugar de hacerlo, había hecho ademán de sacar una pistola. Los dos polis abrieron fuego, lo alcanzaron siete veces y lo mataron.
– Lo recuerdo -susurré-. Fue horrible.
– Les creo cuando dicen que Ulises se llevó la mano al bolsillo. Probablemente quería sacar la cartera. Los polis iban de paisano, estaba en un barrio peligroso, eran las dos de la madrugada y lo apuntaban con sus pistolas. Sin duda creyó que querían atracarlo. Un periodista apuntó tal teoría, pero la policía no le dio ninguna credibilidad.
«Sí, sí que se la dio -pensé-, aunque nunca en foros públicos.» Recordé los acalorados debates que el incidente había suscitado en los vestuarios, en los campos de prácticas de tiro y en todos los lugares donde los policías hablaban entre ellos.
– Al principio, también sugirieron que Ulises no había levantado las manos porque no comprendía bien el inglés, pero en eso tuvieron que echarse atrás. El inglés era su lengua materna y todos los que lo conocían lo corroboraron. -Hizo una pausa-. Y, como era de esperar, el comité interno que investigó el caso no encontró ningún fallo en la conducta de los policías. Volvieron al trabajo y al cabo de una semana, tuve que mudarme aquí.
– Lo siento mucho -murmuré.
– No tienes por qué -dijo Cicero-. No es culpa tuya.
– Cicero, creo que debería decirte una cosa.
Mi mentira por omisión, el no haberle dicho que era policía, cada vez me pesaba más. Miré las fotos y encontré una de Cicero con su hermano. En la expresión de Ulises se advertía una cierta alegría. La de Cicero poseía la gravedad de un facultativo incluso cuando no trabajaba. En cambio, Ulises parecía más despreocupado.
– Te escucho.
«Vamos, Sarah, no es tan difícil. Sólo dos palabritas: soy policía.»Entonces ambos oímos el sonido amortiguado de un timbre. Era mi móvil, que llevaba en las profundidades del bolso. Dejé la foto en la estantería, miré a Cicero como pidiéndole disculpas y saqué el teléfono.
– ¿Sarah? -era Marlinchen-. Siento mucho molestarte pero…
– ¿Qué ocurre? -pregunté, desplegando la antena.
– Creo que alguien anda merodeando alrededor de la casa. Hace un rato, Liam salió al jardín para hacer una pausa en los deberes y oyó ruidos, y yo ahora he vuelto a oírlos en la ventana del baño, mientras me lavaba los dientes. Y no me parecen ruidos de animales.
Podría haberle dicho que llamara a la policía de la zona, pero unos ruidos en un jardín no serían considerados una prioridad y, a las diez de la noche, las comisarías pequeñas tienen muy pocos agentes de servicio. Con un poco de suerte, alguien haría una visita de diez minutos a los Hennessy en las próximas dos horas.
No podía conformarme con eso. Los hermanos Hennessy eran responsabilidad mía.
– Voy hacia allí -le dije.
A pesar de su comentario -«no me parecen ruidos de animales»-, supuse que lo que Marlinchen había oído era probablemente el animal que había matado a Bola de Nieve. Si ya había cazado en aquel jardín, no había ninguna razón para que no regresara pero, cuando llegué a la casa, ya casi era de noche y me pareció comprensible que la muchacha tuviera miedo.
Salió a recibirme a la puerta, seguida por Colm y Liam a poca distancia.
– Gracias por venir -se apresuró a decir.
– De nada. Voy a hacer un registro rápido de la casa y luego saldré al jardín -le dije.
– ¿La casa? -preguntó Marlinchen sobresaltada-. Los ruidos proceden de fuera.
– ¿Estás segura de que has dejado las puertas bien cerradas toda la noche?
– Creo que… Bueno, supongo que sí. -Marlinchen intentó contestar a mi pregunta, pero no estaba muy segura y sus hermanos guardaron silencio.
– Será mejor comprobarlo -dije-. Y, por cierto, ¿dónde está Donal?
– Durmiendo -respondió Marlinchen-. Lo mandé a la cama hace una media hora.