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Primero fui al cuarto del niño y, cuando abrí la puerta, comprobé que respiraba normalmente gracias a la tenue luz que iluminaba su cama desde el pasillo. Entré, registré los armarios lo más silenciosamente que pude y miré debajo de las dos camas. Nada.

Eché un vistazo en todas las habitaciones del piso de arriba, sin encender la luz, y después registré la planta baja. En la cocina había una puerta que llevaba a un sótano e iluminé los rincones con la linterna. Allí guardaban muebles viejos y un par de colchones. El aire olía a polvo y a cemento. No se veía muy ordenado, pero nada sugería que hubiese entrado ningún intruso recientemente.

Cuando terminé con la casa, entré en el garaje. Allí estaba el cuatro por cuatro de Hugh. No había nadie debajo del vehículo y en los armarios sólo encontré comida enlatada, material de acampada y unas cuantas botellas de vino cubiertas de polvo.

Acto seguido, me dirigí al amplio porche trasero y me arrodillé para inspeccionar un amplio boquete entre las tablas del suelo por el que un humano podía haberse colado fácilmente. Debajo no había nada salvo una capa de polvo y algunas piedras pequeñas. Anduve hasta la valla que bordeaba la casa y la seguí, examinando los matorrales que crecían en los límites de la propiedad. Luego miré debajo del pequeño embarcadero de madera junto al lago. Nada. No encontré ramas rotas ni huellas de pisadas. La única señal de actividad reciente en el jardín era una pequeña elevación en el suelo, debajo del sauce, donde Liam había cavado el hoyo y lo había vuelto a llenar tras enterrar a Bola de Nieve.

Finalmente, me encaminé al garaje del fondo del jardín. La puerta estaba abierta y, al entrar e iluminar el recinto con la linterna, me sobresalté.

– Hijo de puta -susurré. A primera vista, me había parecido un cuerpo colgado de las vigas, pero era el saco de boxeo. A la derecha había un banco de pesas. El gimnasio de Colm, lo llamaban sus hermanos.

Un coche, un BMW de principios de los ochenta, ocupaba el resto del espacio. Bajo la capa de polvo se adivinaba una pintura de color verde botella. Las ventanillas también estaban cubiertas de polvo, empañadas como los ojos de un cadáver, y las cuatro ruedas estaban pinchadas. Salvo esto, el automóvil se hallaba intacto, aunque saltaba a la vista que llevaba años sin que lo movieran. Enfoqué la linterna hacia la ventanilla y el haz de luz que perforó la ligera capa de polvo no mostró nada fuera de lo común: unos asientos de cuero marrón claro, vacíos. Las arañas habían tejido sus telas entre las barras de los reposacabezas y en las asas del techo.

– Todo parece estar en orden -aseguré a Marlinchen cuando acudió a abrirme la puerta-. Lo más probable es que se trate de un animal.

– Quizá estoy demasiado nerviosa por lo que le ha ocurrido a Bola de Nieve -susurró la muchacha un poco avergonzada.

– Es natural -la tranquilicé-. En realidad, estaba pensando que tal vez sea conveniente que esta noche me quede a dormir aquí con vosotros, chicos.

– ¿De veras? La verdad es que no creo que sea necesario.

Sabía que mi propuesta la sobresaltaría y añadí:

– Bueno, está haciéndose tarde y mi casa queda bastante lejos.

– ¡Ah! -exclamó Marlinchen recuperando de inmediato su habitual cortesía-. Comprendo. No era mi intención…

– Claro, no te preocupes -dije-. Mira, si me quedo esta noche, tendré que pedirte otro favor. ¿ Puedo lavar mis zapatillas en la lavadora?

La lavadora y la secadora estaban en el garaje donde Hugh guardaba el cuatro por cuatro. Introduje las zapatillas y los calcetines y seleccioné el programa de lavado en agua caliente. Cuando comenzó el primer ciclo con el sonido amortiguado de la entrada de agua, me acerqué a las alacenas en las que antes había visto las botellas de vino añejo.

Al regresar a la casa, advertí que la sala familiar estaba a oscuras y la tele apagada. Los chicos ya habían subido a las habitaciones y la única luz encendida en la planta baja era la de la cocina. Me dirigí hacia allí y dejé la botella en una encimera. Entonces oí unos pasos en la escalera y deduje que Marlinchen bajaba.

– ¿Sarah? Iba a acostarme ahora mismo -dijo-, pero tengo que decirte una cosa…

– Baja un momento -la interrumpí-. Yo también tengo que preguntarte algo.

Marlinchen se asomó por encima de la barandilla y yo levanté la botella de vino para que la viese.

– He encontrado esto en el garaje. Liam me dijo que tu padre ya no bebe, por lo que supongo que estas botellas se quedaron arrinconadas. -En realidad, según constaba en la etiqueta, el vino había sido embotellado hacía ocho años-. Sería absurdo dejar que se avinagrara. ¿Te importa?

– No, en absoluto -respondió-. Escucha…

– Bien -dije-. Ven, acompáñame.

Abrí un cajón y cogí un sacacorchos.

– ¿Quieres decir que beba contigo?

Desde las escaleras, la voz de Marlinchen sonó escandalizada, pero también tentada.

– Claro. -Saqué dos vasos grandes del estante superior-. Yo no lo convertiría en una costumbre, pero estás llevando toda una casa tú sola y no creo que un vaso de vino vaya a perjudicarte.

Al otro lado de la ventana, la noche estaba oscura como la boca de un lobo a excepción de las luces de una embarcación que surcaba el lago. Apagué la luz principal de la cocina y dejé que los dos focos del techo aislasen la encimera en un estanque de luz. Luego, descorché la botella. No volví a decirle nada a Marlinchen, pero yo ya sabía que la curiosidad la impulsaría a acercarse.

No puedo decir que me sintiera del todo cómoda con lo que estaba haciendo, pero quería hablarle a la chica con total libertad y que ella también lo hiciese conmigo y, por lo que había visto hasta entonces, su coraza no caería sin una ayuda externa.

Cuando me senté con la botella, oí de nuevo sus pasos en la escalera. Se sentó en el taburete contiguo al mío y le serví vino hasta casi llenar el vaso. Al verlo, abrió mucho los ojos.

– No te preocupes -la tranquilicé-. Tratándose de vino, esto es poco. -Le pasé el vaso-. Si alguien quiere hacerte beber esta cantidad de vodka, desconfía.

Bebimos y Marlinchen respingó.

– Resulta fuerte, ya lo sé -admití-, pero sigue bebiendo. Su hechizo se hará más evidente a medida que pase el tiempo. -Alcé el vaso y contemplé la luz que atravesaba aquel líquido rubí-. Uno de los teólogos puritanos, no recuerdo si fue Cotton o Increase Mather, dijo una gran cosa sobre el vino: lo llamó «la buena creación de Dios».

– Qué bonito -observó Marlinchen.

Me lo había contado Shiloh. Shiloh y su relación de amor-odio con la fe cristiana y su ecléctico pero vasto conocimiento de sus seguidores y de las enseñanzas de éstos.

– Lo que intentaba decir antes -murmuró Marlinchen- es que la puerta del dormitorio de papá no se puede cerrar. El pomo no sirve de nada. Más de uno se ha quedado encerrado ahí dentro.

– Pues probablemente no será muy difícil de arreglar.

– Ya lo sé, pero papá nunca se ocupa de estas cosas -replicó Marlinchen-. No sólo es torpe con las herramientas sino que es del todo incapaz de ocuparse de esos asuntos. Prefiere dejar la puerta siempre abierta -añadió con una sonrisa apesadumbrada.

– Zapatero, a tus zapatos -dije, sirviéndome otro vaso de vino-. Si la memoria no me falla, ahora tendrías que estar estudiando para los exámenes finales, ¿no es cierto?

Marlinchen asintió.

– No me has contado -proseguí- si has solicitado el acceso a alguna universidad y si te han aceptado.

– En realidad, voy a dejar los estudios durante un tiempo -explicó- Pero mi caso no es el de Liam. Yo no saco notas extraordinarias, me refiero.

– Probablemente serían mucho mejores si no tuvieras que llevar una casa de cinco personas -apunté.

– Desde luego, es agotador. -Marlinchen hizo una pausa con el vaso cerca de los labios-. Con papá en el hospital, quiero decir.