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A Marlinchen le gustó la idea. Pensaba en eso mientras preparaba los cereales del desayuno de sus hermanos, o cuando les cocinaba el almuerzo que se llevaban a la escuela, y también al fregar los platos. Aún no había cumplido ocho años.

Su padre le causaba mucha preocupación. Una vez lo oyó hablar por teléfono con alguien y comentar que tenía una úlcera. Aquello era nuevo y se sumaba al dolor de espalda, que iba y venía y que se agravaba con los esfuerzos, como bien sabía la pequeña. Desde la muerte de la madre, era el padre quien se ocupaba de hacer la compra para seis, y acompañarlos a la escuela y comprarles ropa y material escolar.

Papá solía besarla en la coronilla mientras le decía, «¿qué haría yo sin ti?». Probaba todos los platos que ella preparaba con sus ocho añitos, sus primeros pinitos en la cocina, y todos le parecían «extraordinarios», aunque no le salieran muy bien. A veces, cuando acostaba a Colm y a Donal y les leía un cuento, él se quedaba en el quicio de la puerta y ella fingía no verlo, guardándose para sí el orgullo de saber que contaba con su aprobación.

Y había otras compensaciones, como el dinero extra que le daba, o la gata blanca que le regaló para su cumpleaños. Marlinchen fue la primera chica de su clase que se perforó las orejas para ponerse pendientes, con permiso de papá, que a los nueve años la consideró madura para ello.

Perdida en el narcisismo inconsciente de la infancia, no se fijó en que hacía mucho tiempo que el padre apenas cruzaba la mirada con Aidan y que casi no se hablaban. Si Marli estaba presente, sólo le dirigía la palabra a ella. Cuando la muchacha empezó a notar lo que ocurría, pensó que se debía a que Aidan era un chico muy callado y autosuficiente, no como Colm y Liam, que siempre andaban haciéndose rasguños en las rodillas y enzarzándose en peleas en las que había que mediar, o como Donal, al que había que hacérselo todo. Aidan nunca necesitaba nada.

Entonces, un crudo día de invierno, Aidan cayó enfermo.

No fue nada grave, o no tendría que haberlo sido. Se trataba de una gripe, una de esas epidemias frecuentes en las escuelas en esa época del año. Aidan la pilló, pero siguió yendo a clase hasta que un maestro lo envió a casa.

Aquella tarde, cuando volvió del colegio, Marlinchen fue al cuarto de su hermano a ver cómo se encontraba. Le tocó la mejilla y notó que estaba ardiendo; era como un horno cubierto por una fina capa de músculo y piel. Le tomó la temperatura con el termómetro que había en el armario del baño y, cuando vio a cuánto estaba, corrió al estudio de su padre.

Papá estaba trabajando en una conferencia que iba a pronunciar en el Augsberg College y Marlinchen lo encontró intensamente concentrado en su redacción.

– ¿Papá?

– ¿Sí, cariño? -dijo él sin dejar de escribir.

– Creo que Aidan está muy enfermo.

– Es la gripe -replicó papá-. Lo único que debe hacer es quedarse en cama y descansar.

– Creo que necesita un médico -señaló Marlinchen-. Está a cuarenta de fiebre.

– ¿En serio? -preguntó el padre-. Dale un par de pastillas de antitérmico. Con eso, la fiebre le bajará. -Y continuó enfrascado en la máquina de escribir.

– Papá, me parece que necesita un médico -insistió Marlinchen, tragando saliva.

– ¿No me has oído? -Había dejado de teclear, pero no volvió la cabeza-. Que tome esas pastillas -añadió tajante-. Mañana tengo que dar esta conferencia, no me jodas.

– De acuerdo -dijo ella con voz débil.

Marlinchen había visto una película en que la que salvaban a un hombre que tenía una fiebre muy alta. Hizo que su hermano se tragara las pastillas con un vaso de agua helada y luego le dio de beber otro. A continuación le preparó un baño muy frío y le ordenó que se metiera en la bañera. Al cabo de dos horas, la temperatura le había bajado a treinta y ocho y Marlinchen tuvo la certeza de que su hermano se recuperaría.

Al cabo de tres horas, su padre salió del estudio y le dijo:

– Lo siento mucho, Marli.

Marlinchen se sintió aliviada.

– No tendría que haber dicho esa palabrota -añadió él-. Sé que no está bien. -Le puso un billete de veinte dólares en la mano-. ¿Qué tal si esta noche encargas una pizza? Así no tendrás que cocinar.

Marlinchen pensó que su mal humor tenía que deberse a que últimamente le dolía la espalda. Sí, debía de ser eso.

Pasó otro año, y otro, y ella cada vez asumía más responsabilidades en la casa. Pese a que no daba clases, papá parecía más ocupado que nunca. Se encerraba en el estudio muchas horas y trabajaba en su siguiente novela. En el resto de la casa, todos los demás hermanos recurrían a ella no sólo para que les cocinara, sino también para que los ayudara a hacerlos deberes. También era ella la que se encargaba de las reprimendas y de la disciplina.

Todos, salvo Aidan. Aidan la ayudaba. Vigilaba a Colm y a Donal -Liam ya había desarrollado su pasión por los libros- cuando ella tenía que estudiar, y jugaba con los pequeños al escondite o se los llevaba a pasear por la orilla del lago. Y con Aidan la unía una amistad que no tenía con los demás hermanos. Compartían bromas y secretos y, cuando papá se acostaba pronto porque le dolía la espalda, se quedaban levantados y miraban películas para mayores en la televisión por cable.

Aidan era el único de los hermanos del que podía decirse que era alto y, cuando tenían siete años, el chico dio un estirón. Un día, años después, mientras la familia se reunía a la mesa para la cena, Marlinchen reparó en Aidan, que se hallaba junto a la puerta abierta del frigorífico con su mano mutilada apoyada en el lateral del electrodoméstico mirando en su interior. De repente advirtió cuánto había crecido y cómo en sus brazos empezaban a formarse las ondulaciones de músculo propias de los hombres. Aparentaba más edad de los once años que tenía.

Y entonces Marlinchen se fijó en su padre, que también miraba a Aidan con sus ojos azules extrañamente entornados. No dijo nada. En realidad, estuvo callado durante toda la cena.

En aquella época, el padre hablaba cada vez menos y Marlinchen sospechó que la novela no iba bien y que, además, la úlcera lo mortificaba; no abría la boca más de lo necesario y perdía los estribos con facilidad. Fue entonces cuando ocurrió el incidente de la foto, un incidente que Marlinchen siempre consideró importante, un acontecimiento tan trascendental como los que aparecen con mayúsculas en los libros de texto de historia.

Hacía tiempo que papá había encargado a Marlinchen que se ocupara de las fotos familiares; a ella le gustaba mucho confeccionar los álbumes. Le había dado a Aidan un retrato de veinte por treinta que era demasiado grande para pegarlo en un álbum, en el que se veía a la madre con él en el regazo bajo el magnolio. Aidan nunca se había interesado mucho en decorar la mitad de la habitación que compartía con Liam, pero compró un marco para la foto y la colgó cerca del diploma que certificaba que era el corredor más rápido de su clase en la distancia de una milla.

Llevaba en su cuarto dos días cuando el padre, al pasar ante la habitación de los chicos mayores camino de la calle, reparó en ella.

– Esta foto no es tuya -le dijo a Aidan-, y no me gusta verla en ese marco barato de mercadillo.

– La foto es mía -insistió Aidan-. Me la dio Marlinchen.

Sin mediar palabra, el padre arrancó la foto de la pared.

– Es mía -repitió Aidan.

El padre sacó la foto del marco y se lo tendió.

– Toma, puedes quedártelo. Habrás comprado el marco, eso me lo creo -dijo-, pero la foto no es tuya.