– Sí que lo es -insistió Aidan, pero su padre no le hizo caso y se marchó.
El día siguiente era el aniversario de la muerte de la madre. Siempre iban a llevar flores a su tumba, cada año. Era una tradición familiar.
En esa ocasión, cuando Aidan fue al garaje con todos los demás y se dispuso a subir al coche, el padre sacudió la cabeza.
– Tú te quedas en casa -anunció.
– ¿Qué? -preguntó Aidan, como si no lo hubiera oído bien.
– ¿Sabes que probablemente perderás un año y tendrás que repetir quinto curso? -le dijo el padre-. Tu profesora me sugirió que te limitara las salidas y los viajes familiares hasta que tu rendimiento escolar mejore. Creo que tiene razón.
Marlinchen conocía bien las expresiones de su hermano gemelo y sabía lo mucho que significaba para él el recuerdo de la madre. Aidan esperó unos instantes para ver si su padre cambiaba de idea. Luego, con las mejillas ruborizadas, regresó a la casa.
El padre tardó dos días en descubrir lo que había hecho Aidan mientras estuvo solo en la casa. Aquella tarde, salió de su estudio y fue en busca de Aidan, que estaba haciendo los deberes.
– ¿Dónde está? -le preguntó gritando.
– ¿Dónde está, qué? -preguntó Aidan a su vez.
Aidan había cogido la foto del estudio de su padre y la había escondido. Pese a que buscó por todas partes, Hugh no logró encontrarla. Revolvió la mitad del dormitorio del chico, registró el cuarto de baño y todos los escondites habitúales del jardín, pero la foto no apareció. El padre ya no volvió a preguntarle por ella, pero su mal humor se cernió como un nubarrón sobre la casa. Impertérrito, Aidan apenas abrió la boca, pero Marlinchen se asustó muchísimo.
– ¿No puedes devolverle la foto? -lo instó.
– No -le dijo Aidan-. La foto ya no está aquí.
– Lo estás provocando.
– Me quitó una cosa que me pertenecía -replicó Aidan. Le estaba cambiando la voz y, por un momento, su hermana oyó en ella el timbre de un hombre, su futura voz.
– Si se la devuelves, todo se arreglará -dijo ella.
Marlinchen sacaba mejores notas que Aidan y lo ayudaba con los deberes, pero en aquel momento su hermano la miró como si supiera algo que ella no alcanzaba a comprender.
– No, no se arreglará nada. La foto no tiene nada que ver.
Cuando se iniciaron las palizas, Marlinchen y los hermanos pequeños las afrontaron fingiendo que no sucedían. Tampoco resultaba tan difícil, porque casi todas las hostilidades tenían lugar lejos de sus miradas. Cuando oían algo a través de las paredes, Colm subía el volumen de la tele, Liam se ponía los auriculares del walkman y se refugiaba en la lectura y Marlinchen se llevaba a Donal al jardín, a pasear por la orilla del lago. El propio Aidan nunca hablaba del asunto con los demás y ocultaba los cardenales ante ellos y ante sus maestros.
Los pequeños estaban cambiando y Marlinchen lo percibió enseguida. Empezaron a apartarse de Aidan como si temieran que el rayo que lo golpeaba regularmente fuera a fulminarlos a ellos también. Colm, que antes seguía a Aidan a todas partes como si fuera su sombra, empezó a mostrarse desagradable y violento con él. En la mesa, se sentaba lo más lejos que podía de su hermano y se hacía eco de las ideas y opiniones de su padre. Liam se volvió callado y nervioso, abstrayéndose en las historias que empezaba a escribir.
Un día de finales de primavera estaban todos fuera, en el jardín, disfrutando de la bonanza del tiempo. Colm y Donal se entretenían con una pelota de béisbol. Marlinchen terminaba de leer un libro sobre el que tenía que redactar un trabajo. Aidan trabajaba en la bicicleta de su hermana, una de color naranja metalizado que acababan de regalarle y a la que todavía se estaba acostumbrando. Le había sacado el manillar y lo había vuelto a poner del revés, y andaba preocupado por la tensión del freno.
Colm lanzó un tiro largo a Donal, que se hallaba cerca de las escaleras de la terraza con su guante de béisbol. La pelota salió muy desviada y dio en la barandilla del porche, a un metro y medio de Aidan. Éste alzó la mano para detenerla, pero llegó un segundo tarde. La pelota rebotó en el pasamanos y golpeó el cristal de la ventana de la cocina, que se rompió.
Todos se quedaron petrificados. Sabían que papá estaba en el piso de arriba y que lo habría oído.
– Mierda -dijo Aidan. Se puso en pie y se acercó a la ventana. Todos se apiñaron a su alrededor justo a tiempo de ver que el padre entraba en la cocina y observaba los cristales rotos y la pelota de béisbol, que se había detenido junto a la nevera.
– ¿Quién ha sido? -preguntó Hugh cuando salió a la terraza, mirándolos a todos. Por unos instantes, reinó el silencio. Al cabo, Colm dijo:
– Ha sido Aidan.
– ¿Qué? -protestó Marlinchen-. ¡Colm!
– Ha sido Aidan -insistió el niño con una osada expresión de desafío en la cara.
Aidan lo miró sin comprender nada, igual que su hermana, pero Colm sólo miraba a su padre.
– Ve arriba -le dijo Hugh a Aidan, sin preguntar si lo que Colm decía era verdad. Marlinchen sabía que no lo haría, ni allí ni cuando estuvieran dentro.
– ¿Por qué lo has hecho, Colm? -le preguntó a éste cuando su hermano gemelo abandonó la terraza-. No ha sido culpa de Aidan.
– ¿Cómo lo sabes? -replicó Colm, obstinado-. Pero si tú estabas leyendo y no has visto nada…
Entró en la cocina en busca de la pelota.
Marlinchen lo siguió con la mirada y, mientras lo hacía, advirtió que un veneno estaba corrompiendo la vida familiar. Colm repetiría lo que acababa de hacer porque ya le había funcionado. Marlinchen temió que las cosas cambiasen mucho a partir de ese momento, pero jamás habría imaginado lo que ocurrió a continuación.
Había transcurrido un mes, quizá, cuando el padre llamó a los gemelos a su estudio.
– He hablado con vuestra tía Brigitte -anunció-, la hermana de vuestra madre, y me ha ofrecido generosamente su casa para que Aidan se vaya a vivir con ella.
Marlinchen quiso preguntar por qué. A tía Brigitte ni siquiera la conocían. Nunca había estado en Minnesota y la familia tampoco había ido a visitarla a Illinois.
– Pero, ¿por cuánto tiempo? -preguntó en cambio. El verano estaba al llegar y eso debía ser lo que su padre se proponía: que pasara el verano fuera.
– Ya veremos -respondió Hugh mientras daba unos golpecitos sobre un folleto con el logotipo de una compañía de aviación que tenía en la mesa-. Te marcharás tan pronto acabe la escuela -le dijo a Aidan, que tragó saliva y se marchó.
– Papá… -susurró Marlinchen, pero no supo cómo proseguir.
– Ayúdale a hacer la maleta, ¿quieres? -le pidió su padre-. Los chicos son un desastre para estas cosas. Y, cariño -añadió, volviéndose a mirarla después de poner en marcha el ordenador-, ocúpate de contárselo a tus hermanos, por favor.
Aidan estaba en su cuarto y no necesitó ayuda para recoger sus pertenencias. A diferencia de su hermana, que no asimilaba la idea, él parecía haberla aceptado.
– No te preocupes -le dijo, sacando la maleta del armario-. Estaré bien.
– Pero si a tía Brigitte ni siquiera la conocemos -protestó Marlinchen.
– Sí, sí que la conocemos -aseguró Aidan-. Estuvimos una vez en su casa, en Illinois.
– No me acuerdo -protestó Marlinchen, quien lo miró intrigada-. Además, a papá no le cae bien.
– Entonces, probablemente sea una excelente persona -replicó Aidan con amargura.
– Supongo que sólo será durante el verano…
– No te preocupes. Me da lo mismo vivir aquí que allí -comentó Aidan.
– Pero…
– Ya basta, por favor -dijo Aidan con acritud-. Y aparta tu gata de mi maleta.
Marlinchen vio que Bola de Nieve clavaba alegremente las uñas en la ropa que Aidan había metido en la maleta. Se levantó de la cama de Liam, en la que se había sentado, y replicó: