En el trabajo, la semana también transcurrió sin sobresaltos. Los atracadores de las medias dieron su cuarto golpe, esta vez en una licorería de St. Paul. No tuve que realizar ninguna investigación, pero recibí una petición de ayuda de un detective de St. Paul y le envié por fax mis notas sobre los casos anteriores.
El sábado amaneció caluroso. Se esperaba que en la jornada se alcanzasen temperaturas récord y continué durmiendo hasta que el calor se hizo agobiante.
Me despertó una llamada a la puerta. Acto seguido, Marlinchen asomó la cabeza.
– ¿Tienes hambre? Abajo estamos haciendo tortitas -anunció.
– Sí, comería algo -respondí. Marlinchen asintió.
– Quería pedirte un favor, más tarde.
Me volví de costado en la cama y pregunté:
– ¿Me lo pedirás después, o el favor es para más tarde?
– Papá está muy recuperado -continuó, haciendo caso omiso de la ironía- y me gustaría que fuéramos todos a verlo. Al hospital.
– ¿Todos? En mi coche no hay espacio…
– Ya lo sé -respondió ella-› pero tenemos el de papá.
El cuatro por cuatro del garaje. Moví la cabeza:
– No -dije-. No me parece conveniente.
– ¿Por qué no? Está asegurado hasta final de agosto.
– Bueno, si está asegurado…
Tampoco esta vez captó Marlinchen el sarcasmo. Con una expresión de felicidad, vino a sentarse a los pies de la cama.
– Además, supongo que conviene ponerlo en marcha de vez en cuando, para que no acabe estropeándose del todo -continué. Recordé lo que me había contado Cicero sobre su furgoneta y los vecinos que le hacían el favor de bajar a arrancarla, y aquel pensamiento me llevó a otro-. Escucha -dije a Marlinchen-, ¿qué hace ese BMW en el garaje del fondo?
– ¡Ah, eso! -respondió-. Era de papá y mamá, hace mucho. Dejó de funcionar y papá lo guardó. Dijo que algún día lo repararía, pero nunca más lo ha tocado. Supongo que tiene un valor sentimental. No lo venderá bajo ninguna circunstancia.
– ¿Que lo repararía? Pensaba que tu padre era un inútil con las herramientas.
Marlinchen me miró, pesarosa.
– ¡Vaya si lo es! -asintió-. Pero ya sabes cómo son los hombres con su coche. Es una historia de amor. En fin… -me tendió la mano-, levanta de una vez, holgazana. Los chicos están abajo, quemando todas las tortitas.
Dejé que tirara de mí y, mientras me incorporaba, respondí:
– Se me ocurre una idea: iremos al hospital, pero harás el honor de conducir. Tienes que seguir practicando.
Como era habitual en ella, escurrió el bulto:
– No sé hacerlo. No he conducido nunca un coche de ésos.
– Tampoco habías conducido nunca mi Nova -le repliqué-. Para todo hay una primera vez.
– Ha progresado mucho en la terapia física. En el habla, no tanto.
Freddy, el plácido enfermero al que recordaba de mi primera visita al hospital para convalecientes, nos conducía de nuevo a una sala de visitas del ala de recuperación.
– No es preciso que levanten la voz; puede oírlos perfectamente. Pero es mejor que no le hagan preguntas concretas que se sienta en la obligación de responder. De momento no queremos presionarlo.
La sala de visitas, casi desierta, estaba agradablemente adornada con plantas y bañada por la luz que entraba por las grandes cristaleras. Cerca de ellas, en una mecedora acolchada y con un andador a su lado, estaba Hugh Hennessy.
La única que parecía verdaderamente cómoda en aquel ambiente era Marlinchen. Fue la primera en entrar, y los demás la seguimos. Freddy acercó una silla a la mecedora, pero Marlinchen se quedó de pie, al otro lado. Colm, Liam y Donal tomaron asiento en un sofá cercano y Aidan y yo permanecimos en pie junto a éste.
Momentos antes, en el aparcamiento del hospital, los gemelos habían mantenido un fugaz diálogo en voz baja.
– Tú puedes quedarte fuera -le había dicho Marlinchen a Aidan. Ella llevaba una maceta con una hiedra enredada en torno a un tutor con forma de corazón; de camino, nos habíamos detenido en una floristería-. Todos lo comprenderemos.
Lo mismo me sucedía a mí; me había parecido extraño que aquel hijo que llamaba a su padre por el nombre de pila quisiera acompañar a sus hermanos en aquella visita caritativa.
– No, no -había respondido Aidan-. Entraré.
– ¿Estás seguro? -Marlinchen, como siempre, quería evitar cualquier situación desagradable.
– No me da miedo verlo, Linch -declaró Aidan, y su férreo tono de voz puso de manifiesto su determinación a estar presente, a no escabullirse de la presencia del hombre que años atrás lo había exiliado.
– No me refiero a eso -había replicado ella con la mirada baja, mientras el sol se reflejaba en uno de sus pendientes. Ninguno de los dos había añadido nada más.
– Hola, papá -lo saludó Marlinchen, alegremente-. Hemos venido todos. Esto no es una visita; es una invasión.
Hugh presentaba mucho mejor aspecto que la última vez que lo había visto. Su color había mejorado, y también su postura en la mecedora. Marlinchen dejó la maceta en una mesita y se agachó junto a él.
– ¿No me das un beso? Hugh se inclinó hacia ella, apoyándose en el brazo de la silla con la mano, y se lo dio. Los médicos tenían razón; entendía claramente lo que le decían.
Pero no podía hablar, o no quería. Marlinchen llevó el peso de la conversación y Colm y Liam añadieron algún comentario esporádico. Hugh prestaba atención, era evidente, pero sus palabras surgían en un murmullo ininteligible o en frases a medias, telegráficas, que no parecían tener ningún sentido. La turbación que se advertía en sus ojos azules expresaba que era consciente de que no lograba hacerse entender.
Y otra cosa: Hugh parecía concentrado exclusivamente en Marlinchen y los tres chiquillos del sofá. Al cabo de cinco minutos, Freddy se inclinó hacia éclass="underline"
– Señor Hennessy -le dijo-, ¿recuerda lo que hablamos, de volver la cabeza para observar toda la habitación?
Estaba entrenando al enfermo a compensar la tendencia de ciertos pacientes de apoplejía a pasar por alto los estímulos procedentes del costado afectado. Hugh hizo lo que le indicaba. Volvió la cabeza, paseó la vista por el sofá y se detuvo. Por primera vez, vio a Aidan y se le disparó un músculo bajo el ojo izquierdo; ni su visión ni su memoria habían sufrido el menor daño.
La sonrisa de Marlinchen se hizo más tensa. Sin duda era consciente de lo que sucedía, pero no dijo nada respecto a la presencia de su hermano.
– He estado guardándote el suplemento literario del periódico -contó a su padre-. No falta ninguno. Te leeré los mejores artículos.
Hugh no había desviado la atención de Aidan. Todos los músculos de su rostro se habían puesto en acción y en la comisura de sus labios asomaba un hilo de saliva. Los sonidos que salían de su boca se hicieron inteligibles:
– ¿Qué es? -balbuceó-. ¿Qué es? Ella. Ella, ¿qué…?
Marlinchen me dirigió una mirada nerviosa.
– ¡Ah, ella! -exclamó-. Se llama Sarah Pribek. Es amiga nuestra.
Pero Hugh no me miraba a mí, estaba claro. Observaba a Aidan y recordé lo que había dicho Marlinchen: que su padre confundía los pronombres. Hugh no se refería a mí, sino al chico, en quien tenía fijos sus ojos azules.
A mi lado, Aidan se agitó, algo nervioso.
– Tal vez debería salir a caminar un poco -murmuró.
Marlinchen, obligada a aceptar que allí sucedía algo, lo miro con expresión contrita.